Revista con la A

25 de julio de 2019
Número coordinado por:
Ainara Machain
64

Visibilidad y diversidades lésbicas: nuestra identidad es política

Regina Gómez: lucha, cárcel y silencio

Regina Gómez

Regina Gómez Poyatos fue una de las muchas mujeres encarceladas por el franquismo, por luchar por la libertad y oponerse al golpe fascista que acabó con la II República española, que permaneció en España tras su salida de la cárcel siendo condenada al silencio, a la resignación de saberse vencida… Nació en Madrid, un 24 de mayo de 1916, y falleció a los 80 años, el 23 de junio de 1996. Para rememorar su vida hemos tenido que desplazarnos hasta Segovia, una histórica ciudad castellana, donde desde hace un año reside su hija, Paz Izquierdo Gómez, obligada a trasladarse huyendo de los ruidos y la contaminación de Madrid. Nos recibe en un pequeño salón. Mientras ella prepara la merienda, nos asomamos al balcón del edificio ubicado en una pequeña y silenciosa plaza desde donde se divisan las copas de los árboles de un pequeño parque, a la derecha se pueden ver algunas arcadas del acueducto y de frente las fachadas de la ciudad vieja coronadas por la cúpula de la catedral…

con la A.- ¡Menudo cambio! -le comentamos, refiriéndonos a la ciudad, mientras deposita sobre la mesita del salón las tazas con el café con leche y unas porción de ponche segoviano, un dulce exquisito típico de esa tierra-.

Paz Izquierdo Gómez.- Sí, no me quedó más remedio: o salía de Madrid o me asfixiaba…

clA.- Tu madre hablaba mucho contigo de aquellos tiempos…

PI.- En casa tanto mi padre como mi madre hablaban de ello sobre todo cuando mi hermano y yo éramos pequeños, pero según fuimos creciendo mi padre dejó de hablar y mi madre solo hablaba conmigo de vez en cuando.

clA.- ¿Sólo sois dos?

PI.- Fuimos tres, la primera fue una niña que se murió de meningitis, con solo 24 meses, antes de nacer yo… Si la guerra fue dura, la posguerra fue peor. Se murió porque no había penicilina, y la que había sólo se vendía en el estraperlo a unos precios imposibles, buscaron el dinero para poder comprar el medicamento pero no llegaron a tiempo…

Regina Gómez con su hija Paz

clA.- Háblanos de tu madre, ¿de dónde le venía ese espíritu luchador?

PI.- De familia. Mi abuelo, Basilio Gómez, fue un activo sindicalista que dejó a su familia de la burguesía rural, de un pueblo de la provincia de Cuenca, para unirse al partido socialista. Se metió a trabajar en el ferrocarril y allí se afilió a la UGT, que lo liberó para que instituyera las Casas del Pueblo por las poblaciones de las dos Castillas y para que en los tajos defendiera la jornada laboral de ocho horas y mejoras laborales… Imagina la cantidad de problemas que tuvo que vivir la familia.

clA.- ¿Y tu abuela?

PI.- Ella le seguía a todas las partes desde que se casaron. Era la fuerte de la familia. Llegaron a tener doce hijos, diez mujeres y dos hombres, aunque cuatro chicas murieron a poco de nacer, porque mi abuelo era partidario del método natural, es decir que mi abuela se tiró pariendo toda su vida… Todavía vive una tía, la más pequeña, que tiene 91 años. Él era un intelectual, autodidacta, humanista e idealista que luchaba por conseguir un mundo mejor, más justo e igualitario; ella, sin embargo, era analfabeta pero partidaria de sus creencias, apenas mi abuelo pudo enseñarle a firmar con su nombre y apellidos, porque además de parir y criar a la prole se tenía que ocupar de la intendencia ya que mi abuelo repartía lo poco que tenía con quienes tenían menos que él, aunque ello supusiera que su familia pasara necesidades… Mi abuela, en cuanto llegaban a un pueblo, buscaba trabajo de bracera y se hacía con gallinas y conejos para asegurar el sustento de la familia…

clA.- ¿Y quién cuidaba de las criaturas?

PI.- Con las primeras criaturas, siempre había alguna vecina que se hacía cargo mientras ella iba a segar, o a la faena que encontrara, pero según iban creciendo las hijas mayores se ocupaban de las más pequeñas y de las tareas de la casa y el cuidado de los animales, y los chicos le echaban una mano en el campo… algunas de mis tías nunca les perdonaron esa actitud, sin embargo mi madre admiraba a su padre, desde muy niña, y siguió sus pasos…

clA.- ¿No iban a la escuela?

PI.- Cuando podían, porque ya te digo que iban de un lado para otro, pero mi abuelo todas las noches les enseñaba a leer y a escribir y las cuatro reglas, que se decía entonces…

clA.- Una vida muy dura…

PI.- ¡Y tanto! Además, tenían que manejar el miedo a los matones que enviaban los terratenientes para amedrentar a mi abuelo y que cejara en su labor sindical… Y ahí entraba en juego mi abuela, que siempre se ocupaba bien acompañarle con algún chiquillo, bien enviaba a los chiquillos a buscarle a la salida de las reuniones porque más de una vez intentaron darle una paliza e incluso matarle. Mi madre, mis tíos y mis tías mayores recordaban que en una ocasión, en Ávila, habían ido a buscarle a la salida de la reunión, mi abuela con cinco de sus criaturas todavía pequeñas, cuando mi abuela observó que les seguían dos hombres mal encarados que llevaban la mano en el bolsillo de la chaqueta. Tenían que atravesar un callejón para llegar a su casa y mi abuela entendió que sería allí donde les arrinconarían… Antes de llegar, mi abuela empujó a mi abuelo a un portal, cerró la puerta y se enfrentó a los matones con las criaturas a su alrededor “Si queréis matarle, primero tenéis que acabar con todos nosotros”, les dijo… Sacaron sus pistolas, pero ante la firmeza y determinación de mi abuela y el llanto de las criaturas, que se morían de miedo, se marcharon.

clA.- ¿Y tu abuelo?

PI.- Se enteró de lo ocurrido cuando por fin pudo salir del portal… creo que en estas situaciones le decía “¡No me jodas, Antonia, no me jodas!”… ¡Esa era mi abuela! Él era pacifista y quizás se habría dejado matar, por eso mi abuela no le dejaba ni a sol ni a sombra, pues él pensaba que la palabra y la razón eran las mejores armas para convencer… Por estas situaciones, unidas a las entradas y salidas de mi abuelo de la cárcel, porque de vez en cuando le detenían por revolucionario y le llevaban a algún penal de Madrid, en cuanto les fue posible se trasladaron a la capital, haciéndose con una casita en Vallecas, en el barrio de Entrevías, allí nacieron las pequeñas y las y los mayores aprendieron un oficio como se aprendía entonces, trabajando de aprendiz en talleres de la capital donde tenían que llegar andando y en zapatillas, fuera invierno o verano, porque no había dinero ni para transporte ni para zapatos. Uno de los chicos se hizo sastre y las hermanas siguieron su estela, el otro se hizo mecánico… Mi madre trabajó de sastra hasta que se casó, alternándolo con la actividad política.

clA.- ¿Cómo se metió tu madre en política?

PI.- Por influencia de su padre, supongo. Ya en Madrid, al proclamarse la II República, en 1931, mi madre y algunas de sus hermanas y el mayor se afiliaron a las juventudes socialistas, pero fue mi madre la que tuvo una mayor incidencia en la política, de hecho formó parte de las juventudes socialistas unificadas, cuando en 1936 se unieron con las juventudes comunistas, perteneciendo al secretariado y colaborando con la agrupación de mujeres antifascistas, donde conoció a Juana Doña. Tuvo una gran actividad durante la resistencia de Madrid, luchando contra el fascismo…

La joven Regina

clA.- ¿Fue miliciana?

PI.- No, la familia estaba en contra de las armas, por ello siempre se mantuvo en la retaguardia, nunca fue al frente, hacía labores de intendencia pero sobre todo trabajaba en el secretariado de las juventudes unificadas, junto a Eugenio Mesón, el compañero de Juana Doña. Iniciada la guerra civil, la familia se trasladó a vivir a un piso de la calle Peñuelas, en el centro de Madrid… En mi madre se daba una duplicidad, porque intelectualmente estaba muy cercana a mi abuelo, su gran influencia, pero tenía el mismo temple y coraje que su madre. Contaban mis tías que durante los bombardeos del asedio de Madrid, cuando sonaban las alarmas por la noche, todo el mundo salía corriendo a los refugios, pero mi madre se quedaba durmiendo negándose a salir de su cama. Cuando ya de mayor le pregunté por qué, me dijo que es que no podía estar todo el día corriendo de aquí para allá, que había que vencer el miedo y que si le pillaba una bomba pues… qué iba a hacer. Yo creo que el miedo pasado en la infancia les fue curtiendo, porque mis tías, las mayores, eran también muy echadas para delante, entiendo que como estaban acostumbradas a la represión sufrida por su padre, a que a altas horas de la noche irrumpiera la policía en su casa para detenerle a punta de pistola, junto al carácter de mi abuela, aprendieron a manejarse con el miedo… en las pequeñas, sin embargo, ocurrió todo lo contrario, pero vamos, lo de mi madre de joven era por demás… Cuando finalizada la guerra, el 24 de mayo de 1939, justo la noche del día de su vigésimo tercer cumpleaños, fueron a detenerla cuatro falangistas armados, posiblemente debido a algún chivatazo, contaban mis tías que mi madre no se inmutó, ellas y mi abuela les increpaban pero mi madre se vistió y sin decir palabra se fue con ellos tras despedirse de la familia, mi abuelo y mi tío mayor estaban en la cárcel. Me contaba mi madre que la metieron en la parte de atrás de un coche, entre dos de los hombres, el que iba de copiloto se volvió hacia ella y le dijo “¿Sabes dónde te llevamos?” “¡Donde quieran, son cuatro contra una!” “¿No tienes miedo de lo que te vayamos a hacer?” “¿Y para qué me serviría?”… Mi madre no entendió nunca que no volvieran a decir palabra, ella tampoco volvió a hablar; pensaba que la llevarían a algún descampado y que después de hacerla mil fechorías, como sabía que les había pasado a otras mujeres detenidas por rojas, le pegarían cuatro tiros. Pensaba en su familia, y en su novio, a quien había conocido antes de la guerra, en la que él había luchado en el frente y que llego a ser nombrado teniente del ejército republicano, en sus compañeras y compañeros de partido y en su padre… se despidió mentalmente de todos ellos y ellas y asumió su destino para el que se había preparado al comienzo de la guerra… Después de dar vueltas por Madrid, la llevaron directamente a la cárcel de mujeres de las Ventas, sin pasar por comisaría, donde estuvo encerrada dos años.

clA.- la cárcel de las Ventas que había sido creada por Victoria Kent, en 1931, cuando fue nombrada directora de prisiones por el gobierno de la República…

PI.- Sí, en principio fue creada como cárcel modelo para acoger 400 reclusas, pero después de la guerra estuvieron encarceladas más de 4.000. Contaba mi madre que además de los malos tratos y las vejaciones que sufrían por parte de las funcionarias, el día a día era terrible: se acostaban en el suelo y a cada una le adjudicaban unos pocos azulejos del pavimento para dormir, de manera que si alguna se quería dar la vuelta, tenía que despertar a la que estaba al lado, y ésta a la otra… Eran como libros en los anaqueles. De la comida ni quería acordarse, ya que no solo era escasa sino asquerosa, incluso la mayor parte de las veces sólo les daban una ración al día y a veces llena de bichos. Menos mal que algunas compañeras recibían paquetes de la familia y lo repartían entre las reclusas. Decía mi madre que había mucho compañerismo. Ella una vez tuvo sarna, que junto con los piojos (sin hablar de las cucarachas y las ratas) y las calvas en el pelo era lo más común, además de la disentería, la tuberculosis y las bronquitis, y le vendaron las manos, una compañera de la cárcel le tenía que subir y bajar las bragas cuando quería ir al servicio, por llamarlo de algún modo porque en realidad eran letrinas a las que habían quitado las puertas… Ninguna intimidad para nada… También la ayudaban a comer, mientras tuvo el vendaje… en realidad a todo porque ella no podía manejarse. La solidaridad entre las presas fue lo que les permitió sobrevivir y no volverse locas. Al principio la cárcel estaba regida por funcionarias que aunque no las trataban bien sí les permitían moverse con libertad, ir de un pabellón a otro, hablar entre ellas, recibir clases de una reclusa que se llamaba Julita que era maestra… Pero al poco tiempo cambiaron a las funcionarias por monjas y estas impusieron unas normas peores aún, ya que separaron a aquellas reclusas que habían hecho amistad y les impedían salir del pabellón que les hubiera sido asignado. Ella aún no había sido madre por lo que lo llevó mejor, pero las reclusas que tenían hijos o hijas, tanto si los tenían dentro de la cárcel con ellas, que había muchas, como si los tenían fuera, lo pasaban aún peor emocionalmente… También tuvo suerte porque se le retiró la menstruación durante los dos años que estuvo en la cárcel. Les pasó a muchas… Mira, tengo aquí un cuaderno en el que mi madre habla sobre la visión de la cárcel de algunas compañeras, si quieres lo transcribes. Está escrito en 1981, son sus reflexiones tras asistir a unas jornadas para celebrar el 50 aniversario de la conquista del voto de las mujeres que promovió Clara Campoamor:

“Mesa redonda de mujeres veteranas para dar a conocer a las feministas la lucha que desde los primeros tiempos por conseguir el voto, y otras reivindicaciones, ha sostenido la mujer en España:

En primer lugar, habló Juana Doña sobre el paso de las mujeres por las cárceles, conoce bien el tema porque ha estado 17 años en ellas.

Otra compañera explicó la lucha que sostuvimos para formar los sindicatos dando entrada a la mujer a los puestos de dirección.

Otra nos dijo el sufrimiento que la mujer tuvimos en las cárceles porque en muchos casos no solamente eran ellas las presas sino también sus hijos de corta edad que pasaron toda la odisea, una cifra elevada murió en las cárceles.

Fue interesante la disertación que sobre las familias de las presas informó otra camarada, cómo los familiares comían de auxilio social para enviar un pequeño paquete que muchas veces ni lo entregaban a las presas o lo que suponía la tragedia de que al ir a comunicar les entregasen el hatillo de las que habían fusilado la noche anterior, o simplemente habían muerto por los malos tratos recibidos o por falta de asistencia médica.

Todas fueron muy buenas oradoras y dieron una gran lección a las jóvenes de abarrotaban la sala, y creo que muchas comprenderían que para que ellas puedan pedir como reivindicación el aborto, el divorcio y otras cosas justas y razonables, ha habido que recorrer un largo camino tremendamente trágico.

Yo eché en falta que alguna hablara de aquellas mujeres que desde que empezó la lucha obrera por conseguir las ocho horas, tener unas casas con las mínimas condiciones higiénicas, que los hijos fueran mejor vestidos en invierno, y tantas cosas que hoy les parece a las jóvenes que no tienen importancia porque nunca carecieron de ello, aguantaron y ayudaron a sus compañeros las largas huelgas que tenían que sostener para conseguir, en su gran mayoría, lo que hoy tiene el obrero. Estas mujeres, en su gran mayoría analfabetas, se encargaban de que no faltara el cocido mientras los hombres volvían del trabajo o salían de las cárceles, a mí me parece tan importante su labor como la que realizamos todas las compañeras que, en escaso número, nos incorporamos a los partidos y sindicatos.”

clA.- ¿En la cárcel pasó miedo?

PI.- Ella no hablaba de miedo sino de sufrimiento y de llorar la pena, sin lágrimas, por haber perdido la guerra, por la incertidumbre de no saber cómo le iba a su gente, por las ausencias de compañeras que fueron asesinadas, o muertas por las penurias sufridas, o por las criaturas que nunca llegaron a ser mayores… De hecho, cuando fusilaron a las Trece Rosas, ella pensaba que iban a decir su nombre esa misma noche, porque ella también era joven y había estado mucho más comprometida con la lucha antifascista que cualquiera de las trece muchachas. Cada noche llamaban a unas cuantas que no volvían a aparecer y en los mentideros se sabía que habían sido fusiladas. Durante dos años estuvo esperando oír su nombre. Un día la llamaron para comunicarle que era libre. Nunca le hicieron un juicio, su expediente se había extraviado…

clA.- ¿Y eso?

PI.- Hay varias versiones: mi madre sostenía que había tenido suerte y se había extraviado sin más. Mi padre decía que su jefe, que era falangista y que al terminar la guerra le había contratado como electricista de automóviles, la profesión de mi padre, porque era un buen oficial y por entonces apenas había profesionales cualificados debido a la represión política y a los muertos durante la guerra, habló por ella y la dejaron salir. Una tía mía decía que uno de los falangistas, que era “el querido” (así lo decía mi tía) de una amiga suya que era modista y que se acostaba con él para poder llevar comida a su familia, le había comentado que habían detenido a una chica joven con una entereza que le impresionó tanto que movió los papeles para que desapareciera su expediente… por los datos la amiga la identificó como mi madre y se lo contó a mi tía,… Fuera como fuese, lo cierto es que el expediente nunca apareció, mi madre salió de la cárcel, se casó con mi padre y pasaron cuarenta años tragándose la bilis que le producía la sociedad de los vencedores que hacían valer su victoria en los actos más cotidianos, por ejemplo, en el cine antes de empezar la película, les hacían cantar el Cara al Sol con el brazo en alto. Al principio mi madre se resistía a replegarse a las normas fascistas, pero mi padre la obligó por temor a las represalias… Durante unos años, soñó con que el fascismo caería, sobre todo tras finalizar la segunda guerra mundial porque las y los “vencidos” que se quedaron en el país esperaban que los países aliados lucharan  contra Franco, como habían hecho contra Mussolini y Hitler, y que ella podría retomar su sueño de estudiar en la Escuela de Mandos que el Partido Socialista tenía en Alicante y que quedó destruida por la guerra, y retomar su vida… pero los aliados decidieron dejar a España sometida al fascismo, y el silencio y la resignación se fue apoderando de ella rompiendo la esperanza de millones de vencidas y vencidos que aprendieron a callar, a hacerse invisibles. La muerte de su primera hija también la influyó mucho, así como tener que bautizarse para casarse y que mi hermano y yo tuviéramos que ser bautizados y hacer la comunión porque de no hacerlo no podíamos inscribirnos en el colegio, además de quedar señalada la familia… Los amigos y clientes de mi padre eran franquistas, porque solo los vencedores podían tener coche… También se dio la circunstancia de que su padre y su madre se hicieron mayores y tuvieron que sobrevivir con un puesto de caramelos… Además, el partido socialista quedó prácticamente aniquilado y quienes sobrevivieron marcharon al exilio… Solo el partido comunista mantuvo la resistencia al franquismo desde el final de la guerra, pero ella no era comunista… Cuando se casó dejó de trabajar fuera de casa, mi padre no lo habría consentido y entonces habría sido señalada porque estaba mal visto que las mujeres casadas decentes trabajaran fuera del hogar. Aprendió a vivir en silencio de puertas afuera, a callar, y a desear que ni su hijo ni su hija sufriéramos lo que ella había padecido, aunque nunca dejó de leer, de cultivarse y de estar al tanto de la política nacional e internacional. En 1975 celebró la muerte de Franco sin algaradas; en 1978 fue feliz y emocionada a votar de nuevo, tras el terrible paréntesis del franquismo; el 24 de febrero de 1981 se manifestó por las calles de Madrid, junto a un millón de personas más, en contra del golpe de Estado, intentado por Tejero y quién sabe quién más, y el día en que el Partido Socialista Obrero Español ganó las elecciones, en octubre de 1982, lloró de alegría… pero nunca recuperó su sueño de autonomía y tuvo que vivir como un ama de casa más, masticando en silencio el dolor de ver a su país, y a ella misma, doblegado al fascismo… Se emocionó al leer el libro de Juana Doña, Querido Eugenio, y por verse citada, con nombre y apellidos, en una de sus páginas, único reconocimiento público a su entrega en la lucha por la libertad silenciada junto con los nombres de millones de mujeres que combatieron el fascismo en España.

Entrevista realizada por: Redacción

 

REFERENCIAS

– Juventudes Socialistas Unificadas: https://es.wikipedia.org/wiki/Juventudes_Socialistas_Unificadas

– Juana Doña: https://es.wikipedia.org/wiki/Juana_Do%C3%B1a

– Cárcel de Mujeres de las Ventas: https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1rcel_de_mujeres_de_Ventas

– Victoria Kent: https://es.wikipedia.org/wiki/Victoria_Kent

– Clara Campoamor: https://es.wikipedia.org/wiki/Clara_Campoamor

 

REFERENCIA CURRICULAR

Paz Izquierdo Gómez es funcionaria jubilada. Estudió filología inglesa y fue profesora de inglés en un instituto de Enseñanza Media de Madrid.

 

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