Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Editorial

Alguna vez que otra, en reuniones con colegas, hemos reflexionado sobre cómo habría sido este país, España, de no haber triunfado el golpe de estado franquista y de haberse desarrollado el gobierno republicano. También, a solas, ha sido una idea recurrente a lo largo de mi vida, cuya infancia y juventud estuvo marcada por la ideología franquista, de Falange y de las Jons, que nos imponían en la escuela y en el instituto, segregado por sexos, centrando sus esfuerzos pedagógicos -a todas las que tuvimos la fortuna de que nuestras familias se esforzaran o pudieran permitirse darnos estudios- en convencernos de que el destino de las mujeres era formar una familia cristiana, vertebrada en torno a los valores del nacional-catolicismo, con la misión de gestar y parir criaturas para la patria, cuya población -diezmada por la guerra y por los crímenes, persecuciones, encarcelamientos, y malas condiciones de vida de la posguerra, sembrada de hambre, mala salud, y miseria que padeció el pueblo (también las clases desfavorecidas afines a los vencedores. “Entre los vencidos el pueblo llano pasaba hambre, entre los vencedores el pueblo llano la pasó también”, cantaba el grupo “Aguaviva”, adaptando un poema de Bertolt Brecht)- perdiendo la vida más de un millón y medio de personas, sin contar a «las y los ausentes», aquellos y aquellas que tuvieron que salir del país para salvaguardar su vida y la de sus familias. En ese contexto, la educación que recibíamos las mujeres tenía como finalidad fundamental reproducir el ideario fascista, inculcándonos que nuestro destino en lo universal era someternos a la voluntad de nuestros maridos, para lo que adecuaron el marco legislativo convirtiéndonos en menores de edad permanentes, de manera que pasábamos de la dependencia del padre a la del marido, sin cuya autorización expresa no podíamos tener un empleo, conducir, viajar, ser las titulares de propiedades o de una cuenta corriente, además de tener que aguantar sus malos humores, ceder a sus deseos sexuales obligadas por el denominado débito conyugal, someternos, en definitiva, a todos sus actos y decisiones entre los que figuraban los malos tratos de cualquier grado, respondiendo con sumisión, obediencia y sobre todo silencio Para aquellas que se quedaban solteras el destino no era mejor, ya que, si eran decentes y no querían ser expulsadas del hogar familiar, debían permanecer encerradas en sus casas (la asistencia a la Iglesia era una manera de socializarse) a expensas de lo que el padre decidiera sobre sus vidas y sufriendo la compasión de la sociedad que soportaban en silencio, gran virtud inculcada a las mujeres decentes. La Sección Femenina, creada por Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange española, cuya aspiración era convertirse en el representante del fascismo en España, fue la encargada de elaborar el ideario educativo femenino en el que primaba, como virtud, el silencio: «Todos los días deberíamos dar gracias a Dios por habernos privado a la mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quién sabe si caeríamos en la vanidad de exhibirlo en las plazas. Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles. La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”. Muchas familias enviaban a sus hijas a estudiar en la idea de que si éstas tenían una buena formación conseguirían un marido mejor posicionado socialmente… Así crecimos, teniendo solo como símbolos femeninos en los que mirarnos, además de la Virgen María, múltiples santas, algunas nobles e Isabel la católica, Agustina de Aragón, Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, pero de tapadillo, sin explicarnos sus verdaderas biografías (de Rosalía obviaban su carácter independentista galego, camuflándolo con que padecía “saudade” por su tierra, y hoy sabemos que Pardo Bazán era liberal y feminista), en un desierto intelectual ante el que algunas se rebelaron, nos rebelamos, aunque sin referentes, teniendo que “buscarse la vida por su cuenta”, porque los avances de las mujeres republicanas habían quedado ocultos, silenciados, apenas conocidos por las historias contadas en voz baja por las abuelas que habían tenido la fortuna de habitar en una sociedad más libre. Incluso en las librerías, en cuya trastienda se podían encontrar libros prohibidos, o en los textos ciclostilados que circulaban por la universidad, no había referencia al pensamiento femenino, a las aportaciones de las mujeres en las diferente disciplinas del conocimiento. Ni siquiera tras la muerte del dictador, Franco, con la llegada de la democracia y el regreso de aquellos intelectuales que tuvieron que “salir de naja”, a excepción de alguna mujer -estoy pensando en Dolores Ibarruri y en Rosa Chacel, que pudieron regresar a su país, o en Carmen Conde, primera mujer en ser aceptada en la real Academia española, en 1978, y alguna más-, las intelectuales y artistas españolas exiladas no fueron reivindicadas como se merecían, ni se hizo público el papel de las mujeres durante la República hasta que, a partir de 1975 -señalado como Año Internacional de la Mujer, por Naciones Unidas-, pero sobre todo a partir de los ochenta, las investigadoras feministas comenzaron a recuperar y hacer públicos, a divulgar, sus nombres, sus vidas, sus obras, dando visibilidad a las que regresaron, poniendo en su lugar a pensadoras como María Zambrano, valga el ejemplo, y recuperando textos de autoras feministas extranjeras, en colaboración con editoras y editores bien pensantes. Sin embargo, poco sabemos del papel que jugaron las españolas exiliadas que permanecieron en sus países de acogida. Por fortuna, en este número de con la A, coordinado por Lucía Melgar, las articulistas dan luz a algunas de estas mujeres que cruzaron los mares huyendo de la barbarie y que tenemos que recuperar para la memoria de este país, porque a pesar del maltrato al que fueron sometidas, del olvido, nunca dejaron de reivindicar su lugar de origen ni de trasladar su experiencia, sus saberes, para mejorar la vida de las mujeres y de los hombres que las recibieron con los brazos abiertos. A todas ellas y a sus descendientes, gracias en nombre de todas las mujeres de aquí y de allá, porque donde quiera que estuvieran sembraron la simiente de la libertad que hoy aún estamos recogiendo.

Alicia Gil Gómez

 

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