Revista con la A

25 de julio de 2022
Número coordinado por:
Amarela Varela y Lucía Melgar
82

Migración, exilio y desplazamiento forzado

“Aunque tenga deuda, no voy a dejar de luchar”. Mujeres migrantes irregularizadas, endeudadas, en tránsito y en lucha por las Américas

Soledad Álvarez Velasco

Soledad Álvarez Velasco

Mujeres latinoamericanas, caribeñas, africanas y asiáticas cruzan fronteras de sur a norte, mayoritariamente con destino a EE.UU., otras van al sur a Chile, Argentina o Brasil, y otras más cruzan el mar Caribe hacia Aruba o Trinidad y Tobago

Al cierre de la segunda década del siglo XXI, los tránsitos migratorios irregularizados por las Américas se han feminizado. Mujeres latinoamericanas, caribeñas, africanas y asiáticas cruzan fronteras de sur a norte, mayoritariamente con destino a EE.UU., otras van al sur a Chile, Argentina o Brasil, y otras más cruzan el mar Caribe hacia Aruba o Trinidad y Tobago. Son mujeres con diversas orientaciones sexuales, pertenencias étnicas, edades, clases y nacionalidades. Algunas dejaron atrás a su familia, otras son madres solteras, viajan embarazadas o en familia. Estos tránsitos no pueden explicarse sin las violencias que se desbordan en la región. El incremento de la desigualdad sistémica, la pobreza, el patriarcado y el feminicidio, el racismo, la xenofobia, los conflictos territoriales derivados del extractivismo y sus devastadores impactos, junto a las violencias estatales y criminales, están forzando a miles de mujeres a migrar. Por eso sus tránsitos son una irrupción de fuerza vital por su derecho a vivir vidas libres de violencia, dignas y seguras. Si esas mujeres viajan irregularizadamente es por efecto del violento régimen de control fronterizo. En la última década se ha acrecentado la militarización, la vigilancia fronteriza y las políticas migratorias regionales que son cada vez más selectivas y racistas restringiendo la regularización, el reconocimiento de refugiadas y refugiados y la libre movilidad particularmente de personas migrantes empobrecidas de países africanos, caribeños y latinoamericanos.

En este complejo escenario debemos sumar otras violencias, menos visibilizadas, que derivan de la opresión económica y social que ejerce la deuda en las mujeres migrantes que transitan irregularizadamente a través de las Américas. En este breve texto, en base a hallazgos etnográficos (2015 – 2021), reconstruyo las trayectorias de cinco mujeres para develar la importancia analítica y política que los efectos de la deuda tienen en sus vidas.

Pensaba que, si me moría, mis hijitos, además de quedar huérfanos, quedarían endeudados y en la calle. Por eso no me dejaba ir

Empiezo con Nubia. Ella es ecuatoriana, tiene 40 años y transitó de Ecuador a EE.UU., cruzando el desierto de Arizona. Mientras rememoraba esa brutal experiencia, ella decía que estando a punto de desfallecer en ruta se preguntaba: “Si yo me muero ¿quién paga la deuda que tengo?” Esa interrogante le provocaba angustia y paradójicamente fungía como un motor de resistencia: “Pensaba que, si me moría, mis hijitos, además de quedar huérfanos, quedarían endeudados y en la calle. Por eso no me dejaba ir”. Su pregunta refleja su amor y cuidado por sus hijos y el inconmensurable peso de la deuda. La recesión en el Ecuador post-pandémico la dejo con un ingreso mensual de 160 dólares.  Sin otra opción, para emigrar, Nubia se endeudó por 15.000 dólares con un chulquero, nombre local de los prestamistas de la economía ilegalizada. Él le exigió como garantía su mediagua. Con el préstamo, pagó $3.000 a la agencia de viajes que le vendió el paquete aéreo Quito – Culiacán, con escala en CDMX, incluyendo hotel y transporte; $500 en “mordidas” a agentes migratorios mexicanos; y, los 11.500 dólares restantes fueron al coyote mexicano que organizó su internación en EE.UU. Ese monto, decía Nubia, se repartió entre el coyote, los bodegueros en Culiacán, los choferes de trocas, el guía del cruce del Río Bravo y el conductor de Uber que la llevó hasta Nueva York. Ya en destino, el tiempo de pago de la deuda corría en su contra. Se empleó como limpiadora en un restaurante, remunerada por una tercearizadora y sin protección laboral por estar irregularizada. Nubia trabaja quince horas diarias, ganando suficiente dinero para enviar a sus hijos y pagar la cuota de la deuda. En sus palabras: “Tengo alivio de estar viva y trabajando, pero soy esclava de esa deuda. Me liberaré del chulquero cuando termine el pago porque él no perdona retraso, ni siquiera perdonaría la muerte de un migrante”.

Esa dura frase de Nubia sintetiza lo que vivió Doña Julia, una indígena campesina de Girón, Ecuador. Como efecto del histórico racismo hacia la población indígena, su hija emigró a EE.UU. En ruta murió cuando el camión que la llevaba se volcó en Chiapas. Doña Julia se quedó con un irreparable dolor por la pérdida de su hija, al cuidado de sus dos nietas y con 20.000 dólares de deuda. “El chulquero llego después del entierro y me dijo que si no pagábamos nos quedábamos sin nuestro terrenito”, contaba entre lágrimas Doña Julia. El tono amenazante del chulquero es parte de las violencias patriarcales que se ejercen en contra de mujeres endeudadas o que han asumido deudas de sus familiares. Para Doña Julia era impensable quedarse sin ese terreno. Como Nubia, ella también estaba esclavizada a trabajar en las condiciones que fuesen: a sus 60 años redobló el trabajo en la chacra para vender más productos en el mercado. Trabajando más de quince horas al día, con mucha dificultad, ella ha ido pagando la deuda transferida por la muerte de su hija migrante.

En las trayectorias de Nadine, una camerunesa de 34 años y Fabiola, una haitiana de 43 años, fueron otras mujeres las que se endeudaron para que ellas pudiesen transitar hacia EE.UU. Nadine llegó a Brasil, pero el dinero que ahorró le quedo cortó para pagar la ruta al norte. Fue su madre quien pidió un préstamo de 5.000 dólares a una cooperativa en Yaoundé, la capital de su país. A medida que Nadine transitaba, su madre le mandaba envíos por Western Union. “Solo quiero llegar a EE.UU. y trabajar en lo que sea.  Aunque tenga deuda, no voy a dejar de luchar”, insistía esta camerunesa angustiada por el peso familiar de la deuda, reflejando a la vez la potencia de su lucha. En el caso de Fabiola, fue su tía, una inmigrante haitiana establecida hace 20 años en Florida, quien le ayudo a conseguir 4.000 dólares de un prestamista local para costear su travesía. Fabiola se arriesgó a cruzar como sea para poder empezar a trabajar y pagar la deuda a su tía.

Endeudarse también sucede después del tránsito

Endeudarse también sucede después del tránsito. Eso paso con Luz, otra mujer indígena ecuatoriana. En un esquema similar al de Nubia, ella se endeudó primero en 14.000 dólares con un chulquero para llegar a EE.UU. Salió con su hija de 7 años y embarazada de 7 meses. Después de tres riesgosas semanas, incluyendo su detención en Houston, ella y su hija llegaron a Nueva York. Porque las dos son deportables, enfrentan un juicio en la corte. Para contrarrestar la deportación, deben solicitar asilo. Luz volvió a endeudarse por 12.000 dólares para pagar al abogado que construirá su caso y lo probará ante un juez de migración. Aunque Luz no tiene certeza de que no serán deportadas, es completamente consciente de que a sus 30 años carga con una deuda de USD 26.000 que, como ella dice, tiene “que pagar viva o muerta, porque si no mis hijitas se joden para siempre”.

La deuda es otra cara de la extrema desigualdad sistémica y del racista y selectivo régimen de control fronterizo

Estos cinco casos no son ajenos a las dinámicas migratorias en las Américas. Como ellas, miles de mujeres migrantes transitan endeudadas e irregularizadas. La deuda es otra cara de la extrema desigualdad sistémica y del racista y selectivo régimen de control fronterizo. Sea que ellas adquirieron directamente la deuda, que la heredaron de un familiar después de su muerte, o porque ha sido un familiar que la adquirió para ayudar al viaje, ésta se torna en un dispositivo más de control a su movilidad que termina confinándolas a formas de opresión cada vez más complejas.

En estos casos, la deuda opera en un sistema para-estatal e informal, ejerciendo dominio sobre las vidas de mujeres endeudadas, incluidas formas patriarcales puesto que el acreedor, usualmente un chulquero, ejerce violencia simbólica, económica y sicológica contra ellas. Así, la deuda opera de manera diferencial impactando a mujeres migrantes indígenas y negras de países latinoamericanos, caribeños y africanos, atándolas en un espiral de mayor empobrecimiento. 

El miedo a las represalias, como perder una propiedad y empobrecerse más, provoca que las mujeres se arriesguen a tránsitos híper-riesgosos para empezar a trabajar en lo que sea. La deuda se convierte en pieza clave del régimen de acumulación capitalista que las “esclaviza” en empleos precarios y bajo amenaza de deportación. Así, la economía política de la deuda revela una doble función: es represiva al ejercer formas de dominio sobre los cuerpos de esas mujeres, siendo a la vez altamente rentable para las economías -legalizadas y formalizadas o ilegalizadas e informalizadas- del neoliberalismo financiero actual que opera en países de origen, tránsito y destino. La deuda contribuye la expansión de redes de coyoterismo transnacional, activando una vez más la circulación de capital vía empresas de transferencias de capital y la acumulación millonaria del sistema financiero global.

Laura Cavallero y Verónica Gago (2019) apelan por una lectura feminista del capital financiero que permita “sacar del closet a la deuda”, hacerla visible y comprender que no es un asunto individual sino social y sistémico que confina a las mujeres a un perverso espiral de híper-explotación, frente al cual, la organización y la resistencia frente a las violencias de la deuda es una lucha común. Todas debemos sumarnos a su visibilización, politización y desmantelamiento para liberar a las mujeres migrantes de las violencias que la deuda genera antes, durante y después de cada tránsito.  Recolectar sus relatos desde este enfoque es apenas un primer paso que podría contribuir en un trabajo colectivo transnacional a favor de la justicia migrante en las Américas.

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Cavallero, L y Gago, V. (2019).  Una lectura feminista de la deuda: ¡Vivas, libres y desendeudadas nos  queremos! Buenos Aires: Fundación Rosa Luxemburgo. https://rosalux-ba.org/wp-content/uploads/2019/05/lectura-feminista-deuda-PANTALLAS.pdf.  

 

REFERENCIA CURRICULAR

Soledad Ávarez Velasco es geógrafa humana y antropóloga. Investiga la intersección entre la movilidades migrantes, regímenes de control, violencias y transformaciones espaciales en las Américas, dando especial relevancia a la voz y testimonio migrante para reconstruir trayectorias de sus luchas espaciales por sostener sus vidas en movimiento. Es profesora de la Universidad de Heidelberg, Alemania, integrante del Colectivo de Geografía Crítica de Ecuador y co-coordinadora del proyecto (In)Movilidad en las Américas (https://www.inmovilidadamericas.org )

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