Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Sobre el exilio español

Julia Tagüeña

Julia Tagüeña

Me pareció una gran idea escribir algo sobre el exilio español, después de todo es parte de mi historia. Mis padres se hubieran casado aun sin la guerra civil

Llegué a México buscando la paz que no había encontrado ni en España -de la revolución-, ni en Europa -de la terrible contienda-, para mí era imposible pintar entre tanta inquietud. 

Remedios Varo (1908-1963)

Frente a la pantalla de mi computadora, que no es una página en blanco, pero como si lo fuera, me pregunté: ¿Soy la persona adecuada para este texto? Me asaltaron las dudas si debí de aceptar participar. Por supuesto que soy feminista, llevo muchos años siéndolo, sin saberlo. Me pareció una gran idea escribir algo sobre el exilio español, después de todo es parte de mi historia. Mis padres se hubieran casado aun sin la guerra civil. Se conocieron en la Universidad de Madrid, hoy la llamada Complutense de Madrid. Mi padre estudiaba Física y como había pocas chicas en su facultad (sigue siendo cierto que faltan mujeres en ciencias exactas) él y sus amigos rondaban la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudiaba mi madre. Ella era una española moderna, de pelo suelto, que jugaba basquetbol con unos pantaloncitos cortos. Los unió, además del amor, su posición política de izquierda. Después de la guerra, pasaron muchos años de franquismo, antes de que las mujeres regresaran a usar pantalones cortos y a llevar el pelo suelto. Mis padres se hubieran casado sí, pero muy difícilmente la combinación espermatozoide-óvulo única, que da origen a cada ser humano, que tenemos mi hermana y yo, se hubiera dado, pues planearon a sus hijas alrededor de las guerras. Mi hermana Carmen nació en Rusia, después de la guerra española, y yo en Checoslovaquia, después de la segunda guerra mundial. Sin la guerra, ella y yo no seríamos quienes somos, quién sabe cuántos hijos hubieran tenido, tampoco seríamos mexicanas, ni tendríamos esos maravillosos descendientes que tenemos hoy. El azar y la historia definen quienes somos. Pero regreso al punto, me pareció una gran idea escribir este breve artículo y ahora no estoy segura de qué decir.

Foto de documento de entrada a México de Julia Tagüeña, sus padres y su hermana Carmen. Ella es la pequeña.

Aunque sé que las emociones se originan en realidad en el cerebro, me parten el corazón las imágenes de tantos exiliados por el mundo. Le escuché a un gran neurocientífico decir que Aristóteles, unos 350 años AC, se dio cuenta que el cerebro y el corazón eran los únicos órganos que conectaban a todo el cuerpo, pero pensó que el corazón era más estético y ahí puso nuestras emociones y nuestro pensamiento… ¿se imaginan un cerebro de chocolate el día de San Valentín? bromeó el conferencista. Así, siguiendo la tradición, siento la pena en el corazón y la empatía emocional que dan no solo los derechos humanos, sino la experiencia propia. Pienso en mi familia perdiendo todo, además de la guerra, y saliendo de España hacia el exilio, por muy diversos caminos. Pienso, hoy que soy abuela, en las mías. Una se fue de España, sin querer dejar Galicia, que era su única referencia territorial y nunca volvió a su querida Coruña. La otra nunca conoció a sus nietas y vio a mi padre, un poco antes de morir, unos 20 años más tarde.

Mucho de lo que sé de la guerra civil española y del exilio es gracias a los sendos libros que escribieron mi madre y mi padre [1]. Aunque claro que se hablaba de eso en la casa y convivíamos con muchas familias de exiliados como la nuestra, ellos pensaban que debían dejar que tuviéramos nuestra propia vida. Max Aub, una figura importante del exilio español, había nacido en París, hijo de alemán y francesa, ambos judíos laicos, pero se declaró español con la frase “eres de donde hiciste el bachillerato”. Yo hice en México la primaria y el bachillerato y ya era mexicana, pero entrar a la Universidad Nacional Autónoma de México fue el parteaguas de mi vida. Ser puma me hizo completamente mexicana. Otro argumento es el de Chavela Vargas, que ¡los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana!

Yo viví el movimiento del 68 recién entrada en la UNAM. Mi padre, antiguo combatiente comunista, me iba adelantando qué podría pasar y me aconsejaba prudencia. Sin dejar nunca de creer en la igualdad y la libertad del pensamiento, se había alejado del estalinismo. De hecho, pudimos llegar a México porque tras la muerte de Stalin se abrió un poco la cortina de hierro y nuestra familia en México logró nuestra entrada desde Checoslovaquia. Yo tenía seis años. La edad de mi nieta menor. La escucho y, a través de ella, pienso lo que fue para mí llegar a este gran país, qué pensaba, qué preguntaba. Mi padre siempre se quedó con el remordimiento de que no me dejó traer mi oso preferido porque “íbamos muy cargados”. Lo refiere en su libro “Testimonio de dos Guerras”, en medio de decisiones realmente importantes, se preocupa por el oso de su hija. Yo, por supuesto, nunca le guardé rencor por eso ni por nada, ni lo culpé por morirse demasiado joven, a los 58 años, cuando yo todavía lo necesitaba tanto. Él, además, recompensó la falla del oso ayudándome a hacer las tareas de mecánica, cuando estudié física.

La única riqueza que puedes llevar contigo cuando pierdes tu país es tu preparación, lo que sabes y tu capacidad de trabajo

La UNAM fue la casa de gran parte del exilio español. Ha habido diferentes homenajes a la enorme riqueza académica y científica que trajo el exilio español a México. No solo a la UNAM. También al Instituto Politécnico Nacional, la creación del Colegio de México, del Fondo de Cultura Económica y del Ateneo Español. La Academia Mexicana de Ciencias hace un recuento de todas estas aportaciones a la academia en su texto “Científicos y humanistas del Exilio Español en México, en 2006”. La guerra civil española produjo uno de los exilios más numerosos de intelectuales y México los recibió con los brazos abiertos. La única riqueza que puedes llevar contigo cuando pierdes tu país es tu preparación, lo que sabes y tu capacidad de trabajo. Las y los descendientes de aquellas y aquellos exiliados hemos aprovechado la gran oportunidad de educación pública que da México. Así, las instituciones de educación superior mexicanas acogieron a las y los exiliados y después a sus descendientes. En mi caso, no solo estudié en la UNAM, sino que he trabajado en ella toda la vida.

La lista de los científicos que llegaron a México es básicamente masculina, había pocas mujeres en ciencia. Vino una geógrafa, Josefina Oliva de Coll, que tuve el gusto de conocer porque su hija Ninita estudiaba con mi hermana. Sin embargo, en humanidades y arte, la historia es otra. También vinieron muchas excelentes profesoras de diversos niveles escolares. Recientemente, con motivo de los 80 años del exilio, el gobierno español publicó el libro Mujeres en el exilio republicano de 1939, homenaje a Josefina Cuesta ( https://cpage.mpr.gob.es/producto/mujeres-en-el-exilio-republicano-de-1939-2/ ) con numerosos ejemplos de mujeres notables, que no debemos de olvidar. Entre ellas, resalto un testimonio de mi hermana.

Cuando fui directora de la Dirección de Divulgación de la Ciencia de la UNAM tuve el gran privilegio de coordinar una exposición en Universum, que produjo un libro fantástico “Barco en Tierra, España en México”, de Pablo Mora y Ángel Miguel (2006), curadores de la exposición, lleno de fotos originales y testimonios. Este proyecto surgió de una propuesta del entonces Rector Juan Ramón de la Fuente, en colaboración con Alfonso Guerra, y la Fundación Pablo Iglesias, a los 70 años del inicio de la guerra civil española. Una vez más, la UNAM recibió al exilio español. Una vez más se reconoció la hospitalidad de México y la aportación de las y los que llegaron. 

No puedo terminar estas líneas sin hacer un reconocimiento de lo que la República Española, proclamada el 14 de abril de 1931, propuso a favor de la democracia, de la libertad de pensamiento, de la educación y de la igualdad de género. También, quiero recordar a las muchas mujeres que lucharon por defenderla, hasta en el frente de batalla, y después, ya en el exilio, que sostuvieron a sus familias y a sus ideales. Mujeres, como mi madre, a las que quiero dedicar este pequeño texto.

 

NOTA

[1]  Antes que sea tarde, Carmen Parga, Editorial Renacimiento (2021)
        Testimonio de dos guerras, Manuel Tagüeña, Ediorial Renacimiento (2021)

 

REFERENCIA CURRICULAR

Julia Tagüeña Parga estudió física en la Facultad de Ciencias de la UNAM y obtuvo su doctorado en la Universidad de Oxford, Gran Bretaña.  Es investigadora titular C del Instituto de Energías Renovables de la UNAM y nivel III del Sistema Nacional de Investigadores. Es la Coordinadora de Comunicación del Centro de Ciencias de la Complejidad-UNAM.   Formó parte del grupo fundador del museo Universum, Directora General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM y Directora del Centro de Investigación en Energía, UNAM. Es Premio de Comunicación de la Ciencia de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe 2017, y Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia “Alejandra Jaidar” 2020. Recibió, en 2021, The Public Understanding and Popularization of Science Award 2021, TWAS-LACREP.

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