Revista con la A

25 de septiembre de 2019
Número coordinado por:
Violeta Doval
65

Mujeres mauritanas. Feministas en un país profundamente patriarcal

Roma o la ciudad de las mujeres

Octava película del director Alfonso Cuarón (Ciudad de México, 1961), Roma (2018) ha sido ganadora del León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia, el Premio Goya de parte de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España y ha sido nominada a diez categorías en los premios Óscar del 2019. Fue la primera película en español y mexicana en competir por el premio a mejor película, ganando los premios de mejor fotografía, mejor director y mejor película extranjera.

Roma es una visita al mundo de las mujeres, el hogar, la infancia y la cotidianidad de la vida diaria. Ambientada en la colonia Roma de la ciudad de México en los años setenta, narra la historia paralela de dos mujeres: Cleo (Yalitza Aparicio) y Sofía (Marina de Tavira). La casa es el espacio que convoca y reúne a Cleo y Sofía, encargadas de cuidar a las y los niños y de las necesidades básicas: cocina, limpieza, afecto. Sin embargo, hay una marcada diferencia entre estas dos mujeres. Cleo pertenece a la cultura indígena mixteca y habla su idioma, sus rasgos dan cuenta de esa procedencia cultural que ha sido marginada por la cultura dominante, la occidental, que se impuso con la llegada de los españoles a América. Sofía pertenece a la clase dominante, tiene una casa amplia, lujos y formación (Licenciada en química) que la diferencian de Cleo. La misma presencia de Cleo es uno de esos indicios de superioridad económica y de clase que permiten a Sofía tener dos personas cama adentro para que se ocupen de las cotidianas, constantes y extenuantes labores del hogar, especialmente en una casa con cuatro criaturas y un perro que atender. En los primeros minutos de la película se deja ver la jerarquía que diferencia a Cleo de Sofía y las condiciones de trabajo en las que se desenvuelve Cleo, que podrían llegar a parecer una explotación, puesto que sin duda se exceden en la demanda de un servicio que mantiene a Cleo ocupada de sol a sol.

El blanco y negro de la película no sólo responde al velo de la nostalgia con que se recuenta el pasado sino a una multiplicidad de dicotomías que la película convoca. Una de ellas la del mundo indígena y la del mundo occidental, como las mismas protagonistas caracterizan respectivamente. Pero, a su vez, una dicotomía aún más marcada en la historia y el discurso cinematográfico, la de lo femenino y lo masculino. El polo oscuro, misterioso, esquivo está representado por el esposo de Sofía, Antonio (Fernando Grediaga), quien nos llega fragmentado por los símbolos de su autonomía e importancia: el cigarrillo, el auto, su gafete de médico. Todos los rasgos de Antonio redundan en una masculinidad que se define por su ausencia del hogar y por el rechazo de lo cotidiano, de la dimensión rutinaria de la vida diaria, los afectos y la responsabilidad que toda familia implica. Los momentos de Antonio en la casa son breves y fugaces, como un regalo, una sorpresa, no como un espacio que demanda su autoridad y su presencia; es como si él no viviera ahí. La casa es el mundo de Sofía, de Cleo, de Adela (la otra empleada doméstica), la abuela Teresa, y la niña y los niños: Sofi, Toño, Paco, Pepe. Antonio está siempre fuera, siempre de viaje, siempre ausente. Antonio se presenta más como un invitado que como un residente de ese universo infantil y del cuidado, demandando que todo esté perfecto, que todo esté pendiente de su aparición: de ahí la bocina del auto que toca insistentemente -molesto- y la recriminación por la caca de perro que pisa por descuido en el patio y lo incomoda al recordarle la vulnerabilidad, la incomodidad, la banalidad de la existencia.

De igual manera, el otro personaje masculino de la película, Fermín (Jorge Antonio Guerrero), también se define por su paso efímero y su rechazo a ese mundo doméstico y cotidiano que el embarazo de Cleo avisora. Tanto Fermín como Antonio definen su masculinidad por el rechazo a la paternidad, entendida como la responsabilidad de cuidar y velar por las y los hijos, mientras que su capacidad sexual está siempre en primer plano, lo que se evidencia por la nueva relación que empieza Antonio (con una mujer más joven) y por el culto al cuerpo de Fermín que lo lleva a practicar las artes marciales pero a rechazar su ética no violentista, especialmente al involucrarse en atentados criminales que se llevan la vida de al menos un hombre y podríamos asumir que también la de su propia hija. Es en este sentido que Roma representa el mundo de las mujeres, puesto que las mujeres están entre mujeres, solas, con las y los niños, como las únicas encargadas y responsables de su existencia. Ese mundo que si bien necesario parece estorbar las ocupaciones, los deseos, los emprendimientos masculinos, como si ellos no estuvieran sujetos a los designios de la subsistencia.

Por eso, más allá de la relación jerárquica que no se disimula entre Cleo y Sofía, el maltrato verbal, la constante demanda de cuidado y la entrega en cuerpo y alma de Cleo. En un mundo como aquel, Cleo tiene en Sofía a la única persona que le puede ayudar, respaldar u orientar sobre su vida, estableciéndose una relación interdependiente entre una y otra. Es Sofía quien le dará el apoyo emocional y la red social para dar seguimiento al embarazo. A su vez, es el constante cuidado y el afecto de Cleo el que le permitirá a Sofía reconstruir su vida y plantearse la independencia económica y afectiva de su marido. De modo que ambas mujeres salen adelante de los conflictos que se les presentan, precisamente por el soporte que tienen en la otra. Antonio abandona la casa familiar para empezar una nueva relación y deja de aportar económicamente. Fermín no acepta la paternidad que Cleo le pone delante y rechaza a la propia Cleo con una violencia y una soberbia que lidian con la misoginia.

Sin embargo, tanto Sofía como Cleo logran recrear un nuevo futuro para cada una de ellas. Sofía consigue un trabajo fuera del hogar y sincera la situación con su hija e hijos, que deben afrontar el divorcio de sus progenitores. Cleo pierde a su hija en el parto y se atreve a confesar que no deseaba esa maternidad, que era una maternidad que le producía dolor y rechazo, como es comprensible al destaparse la clase de persona que era Fermín. Primero Fermín la endulzará con un afecto y una atención que no es desinteresada sino que tiene el fin de la cópula sexual sin vínculos afectivos y sin ninguna responsabilidad y, aún más grave, posteriormente Fermín se perfilará como un asesino. La decepción amorosa, el choque con una realidad brutal y la precaria situación de Cleo que la obliga a depender totalmente de su trabajo para subsistir en la ciudad, a la que ha migrado dejando a su familia en su tierra natal, hacen de ese proyecto de maternidad difícil y doloroso. La trágica pérdida de la bebé la confrontan con la culpa pero ella decide aceptar su verdad. Ella no rechaza la maternidad en sí misma, puesto que los cuidados y el afecto profesados a la hija y los hijos de Sofía dejan clara cuenta de su naturaleza amorosa y generosa, sino que rechaza la imposición de una maternidad producto de una masculinidad violenta, misógina y egoísta. Lamentablemente, en este punto la película parece no ofrecer alternativas, puesto que si bien Sofía y Cleo logran reconstruir su entorno para seguir adelante a pesar de las adversidades, los hombres por su parte no cambian. Ellos, parece sugerir la película, seguirán siendo los mismos, definiéndose en oposición de las mujeres, del hogar y del cuidado.

El final de la película, que mira hacia el amplio cielo, promete, desde mi punto de vista, la posibilidad de mejores relaciones entre Sofía y Cleo, relaciones que reduzcan las jerarquías y se hagan más equitativas, dado que Sofía comprende el gran regalo que Cleo le da a ella y su familia: el del afecto, un afecto que implica responsabilidad, presencia y cuidados sinceros. Cleo vela por la vida, pero aquella que ella eligió y que ella cultiva en las relaciones con las criaturas, que a su vez serán la semilla de relaciones menos desiguales en la sociedad del futuro. Sofía aprende mixteco y en la niña y los niños quedará el recuerdo inborrable de un afecto y una atención que no era pagado por el dinero, sino que venía de un profundo sentimiento de entrega, necesario para la vida.

Cuarón le dedica Roma a la mujer que lo cuidó de niño, Liboria Rodríguez, reconociendo su dedicación y el propio afecto hacia ella, el que se aprecia claramente en la mirada tierna de la cámara, la cual se acerca a las mujeres con respeto y con admiración. La alianza entre las mujeres se hace una alianza indispensable para sobreponerse al patriarcado y al machismo que las limita, pero también se hace indispensable reconocer las formas jerárquicas que necesitan abordarse consciente y críticamente para que prime la solidaridad entre mujeres. Tal vez los hombres de la película no cambien, pero sí la de aquellos que fueron cuidados con afecto, abriendo las puertas para un mundo diferente.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Bethsabé Huamán Andía es Crítica de cine y crítica literaria. Escritora y Feminista. Licenciada en literatura, magister en estudios de género y estudiante del programa de doctorado en español y portugués en la Universidad de Tulane, Nueva Orleans.

 

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