Revista con la A

25 de noviembre de 2021
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
78

La violencia vicaria: violencia contra las mujeres-madres

Reyes Arévalo

El recuerdo de un presagio, 15 de mayo de 2000

Allí estaba yo, sentada en un banco de madera del porche de aquella casa que podría haber sido un hogar de ensueño observando aquella magnífica puesta de sol. Mi perro, al que nunca deseé pero al que cuidaba con dedicación, se había subido al banco y ocupado un lugar a mi lado. Parecía saber de mi soledad y de mi necesidad de compartir ratos hermosos. Había puesto su pata izquierda sobre mi muslo derecho. Seguramente es lo máximo que puede hacer un perro para sustituir a un novio ¡Querido animal, con el que aprendí que la devoción es igual a dependencia y es triste! Y así estábamos, la conversación no tenía lugar, pero compartíamos el mismo horizonte y el mismo objeto de observación. Los cielos de Madrid en primavera y verano acostumbran a ser divinos y aquella casa tenía unas vistas estupendas al oeste y por tanto observar atardeceres se había convertido en el placer que todavía nadie me había robado. El calendario marcaba 15 de mayo del mítico año 2000, aquel sobre el que tanto se había especulado en los años anteriores. A mí, el año 2000 me había traído una gran novedad, un regalo ansiado y buscado, que estaba poniendo mi vida patas arriba. En octubre de 1999 había sido madre. Pasadas las primeras dieciséis semanas de baja de maternidad, que se entendían eran un descanso y un paréntesis necesario, me enfrentaba en el año 2000 al titánico afán de mantener intactas algunas parcelas de mi vida y a la vez cuidar, como se merecía, aquel milagro que había salido de mí, aquella niña redondita, linda, perfectamente dotada para manifestar sus necesidades y reclamar lo que por derecho natural le correspondía. 15 de mayo de 2000, aquel milagro acababa de cumplir seis meses y yo empezaba a enfrentarme a verdades que ya no se podían esconder. En aquel momento del atardecer, mi milagrito dormía plácidamente, después de haber disfrutado de su baño, su masajito postbaño, su cena, su cuento y su ración de besos y carantoñas. Yo miraba el atardecer y ajustaba cuentas con mi malestar, mi cansancio, los seis kilos de más con los que se había quedado mi cuerpo y con mis tetas que se empezaban a deshinchar y a caer después de seis meses de duro trabajo. 15 de mayo de 2000, San Isidro. En años anteriores, en un día como aquel habría estado de verbena, o pegando brincos en algún concierto de música, o dando vueltas por las terrazas de Las Vistillas, o quizá inaugurando la temporada de piscina en la Ciudad Universitaria, o incluso estudiando exámenes finales o de puente en algún lugar con playa… Y en todas esas actividades, incluida la de estudiar, me recordaba acompañada de gente. Sin embargo, el 15 de mayo de 2000 estaba sola. Tenía, eso sí, al milagrito y al perro, y también una casa bonita con vistas al atardecer. Pero, algo faltaba. Y no era difícil reconocer de qué se trataba. Faltaba un igual con quien compartir todo eso. Aunque, en teoría, ese igual existía. De hecho, el supuesto igual vivía en esa misma casa, aunque últimamente paraba poco. Aquella tarde festiva no recuerdo dónde andaba, quizá escalando con los amigos recién conocidos que yo le había presentado, o recorriendo caminos con su bici, o jugando una partida de tenis con otro amigo, que también le había presentado yo…  -arribé y me instalé en esa zona rural antes que él, por eso las amistades habían sido primero mías y luego de los dos-. Es curioso lo deportista que se había vuelto mi supuesto igual a partir de la llegada del milagrito. Había cambiado la lectura dilatada del periódico, que le solía mantener entretenido todo el finde, por las multiaventuras a las que yo había sido aficionada antes. El supuesto igual también había buscado y traído al perro, aunque lo cuidaba sólo cuando se acordaba y, aparentemente, había adquirido un compromiso con el milagrito al darle sus apellidos. Pero la sensación era de soledad absoluta. La vida que yo había conocido hasta 1999 se había esfumado y no sabía cuánto de aquello se podía recuperar y cómo hacerlo. Sin embargo, curiosamente, la vida del igual había ganado en actividad, en relaciones, en intensidad laboral… Las primeras discusiones, todavía tranquilas, habían sucedido ya. El problema era, sin duda, mi afán de tenerlo todo, mi ambición insaciable de querer siempre algo más y mi incapacidad para disfrutar de los dones recibidos. Su versión era impecable y yo no dudaba de ella. Pero, mirando aquel atardecer, asumía mi soledad y reconocía un largo camino, cuyo trazado estaba oculto, pero que conducía, sin duda, a aceptar la soledad, a luchar sola por ser quien yo quería ser, y a arrojar al igual fuera de mi vida; asunto, este último, harto complicado por mil complicaciones que ya preveía yo mientras me recreaba en la belleza de aquel cielo incendiado. Aquella toma de conciencia ocurrió allí, en aquel porche, mirando aquel atardecer junto a mi perro, nuestro perro, con su pata izquierda encima de mi muslo derecho. Mantengo un recuerdo preciso de ese momento. Lo que vino después fue sólo el desarrollo de lo allí vislumbrado. Aunque vaticinado de antemano, fue un camino duro, inundado de silencios castigadores. Como en las buenas historias, las que Vladimir Propp diseccionó, hubo encuentros y apoyos que insospechadamente aparecieron a la vera del camino, y también hubo obstáculos y dificultades. A veces perdí de vista el objetivo, a veces sentí que no había salida posible, otras veces me despisté tanto que no conseguí reconocer el camino. Tardé siete años y medio en arrojar al supuesto igual de mi lado. Para entonces, el milagrito se había convertido en una personita pensante y sintiente, con la que se podían compartir muchas cosas, pero a la que había que seguir protegiendo de las mezquindades que pueblan la vida de las personas adultas, el perro había envejecido sin perder un ápice de su devoción y la casa…, la casa en realidad no importaba mucho, pero aquella casa de ensueño comenzó a convertirse en mi hogar el día en que por fin el salió de allí y se llevó su ausencia.

 

Reyes Arévalo Royo

REFERENCIA CURRICULAR

Reyes Arévalo Royo es Periodista y Antropóloga. Trabaja como docente en el sistema público de enseñanza. Entre sus aficiones principales está escribir, tocar el saxofón y pasear por el campo. Hasta el momento cuenta con dos publicaciones literarias: “Los veranos sin Adela” (2015) y “Mentiras como puños” (2020).

 

 

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