Revista con la A

26 de julio de 2021
Número coordinado por:
Dolors López Alarcón
76

Hablemos del suicidio

Pedagogía(s) feminista(s)

Consol Aguilar Ródenas

Cuando hablamos de pedagogía feminista no podemos olvidar que las dos palabras visibilizan dos conceptos imbricados

En algunas publicaciones y foros se muestra la pedagogía feminista como un hallazgo reciente que, además, se identifica exclusivamente con posicionamientos feministas concretos.

Como pedagoga feminista discrepo de esta afirmación y de algunas identificaciones que lleva asociadas. Cuando hablamos de pedagogía feminista no podemos olvidar que las dos palabras visibilizan dos conceptos imbricados. El primero, la pedagogía, una ciencia social centrada desde la teoría, la práctica y la investigación en la educación formal e informal, que está interrelacionada con muchas otras disciplinas necesarias en el análisis y la reflexión sobre la educación en todas las etapas de la vida. El segundo, el/los feminismo(s) (porque existen diversos posicionamientos), un movimiento político y social centrado en la toma de conciencia colectiva de las desigualdades de todo tipo que afectan a las mujeres, así como en las alternativas para poderlas transformar desde lo que las mujeres, con voz protagonista, consideran que necesitan, que desean, desde diversos contextos, algo que frecuentemente se olvida en la interlocución política. Todo esto forma parte del ideario colectivo feminista. Es decir, en educación la pedagogía feminista va mucho más allá de la paridad y de la coeducación. Algo que las pedagogas feministas también compartimos.

En educación esta necesidad de transformación social se identifica con la(s) pedagogía(s) crítica(s) (también existen diversos posicionamientos), íntimamente ligada a una ciudadanía comprometida y responsable, necesaria para generar ciudadanía ética, una democracia que no deje a nadie atrás, que incluye corresponsabilidad, reciprocidad, cuidado mutuo, tejido social, frente al modelo neoliberal. Desde este posicionamiento defendemos que la teoría que defendemos debe guardar relación con las acciones educativas que implementamos, tener claro como señalaba Paulo Freire (2002) en “Cartas a quien pretende enseñar”, a favor de qué y de quién trabajamos y, consecuentemente, en contra de quién y de qué.

La conexión de la pedagogía crítica con la pedagogía feminista es muy clara. Algunas autoras señalan que en la pedagogía crítica el sujeto emancipado presupone una identidad fija, unificada y homogénea. No es así en toda la(s) pedagogía(s) crítica(s) puesto que la pedagogía crítica radical lo es porque no omite, excluye o niega a nadie, se trabaja desde identidades hibridas, generando cuestionamiento y contrahegemonía, relacionando tres conceptos: conocimiento, autoridad y poder. Desde este posicionamiento se generan acciones educativas informadas y articuladas conceptualmente, ligadas a la sensibilización y la formación educativa en todo el sistema educativo, no dejando a nadie atrás, acciones que deben favorecer, además de un aprendizaje y un pensamiento crítico, el desarrollo de una conciencia crítica, de un compromiso crítico unido a la participación y al compromiso social, desde el protagonismo del estudiantado, que es sujeto de la acción y no objeto de la acción. Como destaca Giroux (2019) en “La guerra del neoliberalismo contra la educación superior”, desde este posicionamiento debemos educar relacionando “los problemas privados con cuestiones públicas más amplias, lo que forma parte de un discurso general de indagación, crítica, diálogo y compromiso”.

Toda opción educativa es ideológica, nunca es neutral porque nos posicionamos, siempre, en un modelo educativo ligado a un modelo de sociedad

Toda opción educativa es ideológica, nunca es neutral porque nos posicionamos, siempre, en un modelo educativo ligado a un modelo de sociedad. Como defiende Giroux (2019) quienes defienden que la educación es neutral, defienden que nadie debe rendir cuentas de ella. En nuestro contexto un ejemplo muy claro lo tenemos en los valores (o contravalores) educativos que se defienden, desde la ultraderecha hasta la izquierda, en el Parlamento. Tenemos un tejido legislativo y normativo unido a la educación, al género, a la diversidad sexual. También contiene ideología. La implementación de toda esta normativa y legislación, va a depender del profesorado que debe implementarlo. No todo el profesorado es feminista o defiende los valores unidos a los derechos humanos, por ejemplo, se puede ser profesor o profesora y defender el sexismo, la homofobia o la transfobia. Tampoco la carencia de formación del profesorado en género, facilita su implementación curricular en las aulas.

He participado a lo largo de los años en muchos foros ligados a la(s) pedagogía(s) feminista(s), numerosas propuestas son magníficas y se han implementado, no se quedan en la teoría. Otras sin embargo no pueden llamarse “pedagogías”, porque carecen de rigor científico, no han sido analizadas de manera reflexiva desde esa misma pedagogía feminista que dicen defender o se articulan de manera fragmentada olvidando la coherencia que debe tener todo proyecto educativo.

Por ejemplo, las intervenciones coeducativas no pueden parchear en las escuelas este tema, deben transformar los centros escolares. Algunos patios coeducativos, siempre incluidos en estos foros, no tienen demasiado sentido si no se vincula el patio con todo lo que ocurre en el resto de espacios, cuando no se transversaliza, no aparece en el día a día más allá de las fechas conmemorativas o las acciones muy puntuales. Por tanto, debemos atender a la organización escolar, al modelo afectivo-sexual, al lenguaje, a los recursos que utilizamos, a los contenidos curriculares, al trabajo conjunto con las familias… y no debemos olvidar nunca trabajar desde el rigor científico, desde una práctica argumentada, en las acciones que se emprenden en la escuela, para lograr esa transformación. Por ejemplo, debemos cuestionar el planteamiento cuando se limitan a suprimir el futbol, en lugar de buscar otras alternativas ligadas a este deporte que, al eliminarlo de esta manera, se está legitimando como un deporte exclusivamente masculino, desde una perspectiva androcéntrica, nada feminista. Sheila Scraton (2000) en “Educación física de las niñas: un enfoque feminista” nos recuerda la potencia real de la educación física para una escolarización antisexista. Y en algunos lugares del mundo (esas evidencias las muestra la investigación), ya es hace años una herramienta contra el matrimonio infantil y la mutilación genital. Todas estas investigaciones ligadas a la pedagogía feminista, se obvian, se omiten.

Si te identificas como pedagoga feminista, que una mujer tenga poder político no debería ser el único criterio, porque el poder se utiliza con fines concretos

En muchos de estos foros de pedagogía feminista se presenta, otro ejemplo, un libro destinado a educar en la rebeldía que incluye textos biográficos de mujeres diversas que han transgredido límites. Pero entre ellas se incluye a Margaret Thatcher. Paula Martos (2018) se indigna, con razón, ante esta inclusión señalando: “¿Alguien ha leído en qué términos tan poco críticos ha sido elaborada la efigie de la Dama de Hierro, por ejemplo?”. Explico porque estoy de acuerdo con ella: si te identificas como pedagoga feminista, que una mujer tenga poder político no debería ser el único criterio, porque el poder se utiliza con fines concretos. Thatcher representa el neoliberalismo que empobrece, que destruye tejido social. Fue premiada por la FAES, presidida por el expresidente Aznar, en 2010 con el II Premio FAES a la Libertad. Si defendemos una educación humanista, mostrar como modelo a seguir por una niña rebelde a una neoliberal, que dejó un aumento de inequidad social a su paso, no parece lo más acertado. Además, como señala Iñigo Sáenz de Ugarte “Thatcher nunca pensó que tuviera alguna responsabilidad en promover a mujeres para que sean elegidas como cargos públicos. Cuando fue elegida primera ministra, había un 3% de mujeres en los Comunes. Al dejar el cargo, sólo eran el 6,3%”. Por otro lado, es pública su amistad con Pinochet, la BBC informaba: “la relación entre Thatcher y Pinochet se evidenció en octubre de 1998, cuando el general chileno fue arrestado en Londres tras una orden de captura internacional emitida por el juez español Baltasar Garzón. El magistrado español pretendía extraditar a Pinochet para juzgarlo en España por crímenes de lesa humanidad. Durante el arresto domiciliario de Pinochet, Thatcher expresó abiertamente su apoyo al militar chileno.” La investigadora inglesa Grace Livingstone (2020 ) destaca que Thatcher: “visitó la casa donde él permanecía en arresto domiciliario en Surrey. Esa visita fue televisada y ella declaró que Pinochet era un amigo de Reino Unido, que lo había ayudado durante las Guerra de las Malvinas e, incluso, aseguró que Pinochet había restaurado la democracia en Chile. Margaret Thatcher se convirtió en su pública defensora durante el arresto en Londres y, efectivamente, creía que Pinochet había devuelto la democracia a Chile al derrocar a Allende.” Defenderla como un testimonio para las niñas por parte de integrantes de la pedagogía feminista es un auténtico despropósito. Hay que tener mucho cuidado con lo que defendemos, tenemos una responsabilidad con los modelos de identificación que consideramos positivos.

Cuando se defiende que la pedagogía feminista es actual, reciente, se está invisibilizando una larga trayectoria de pedagogas, investigadoras, profesoras y científicas que no siguieron el modelo masculino

También cuando se defiende que la pedagogía feminista es actual, reciente, se está invisibilizando una larga trayectoria de pedagogas, investigadoras, profesoras y científicas que no siguieron el modelo masculino. Transgredieron ellas, y se sigue transgrediendo, en un contexto adverso en el que el poder sigue siendo mayoritariamente masculino. La pedagogía construida desde la interseccionalidad no es un invento nuevo, y enmarcarla exclusivamente desde el transfeminismo, es reduccionista. La investigación de la pedagogía feminista no se ha reducido a la coeducación, como se afirma desde algunas voces posicionadas en este feminismo, la literatura científica es mucho más amplia, por ejemplo, en el año 2000, Debbie Epstein y Richard Johnson en “ Sexualidades e institución escolar”, ya habían investigado cómo en la institución escolar se desarrollan, practican y elaboran activamente identidades sexuales, puesto que también nos sexualiza como profesorado y como estudiantado, planteando cuestiones muy relevantes. Otro ejemplo ligado a la memoria histórica es el asociacionismo de Mujeres Libres, en el que incluyeron desde el respeto la identidad sexual diversa, libertario, antifascista, autogestionado y con objetivos exclusivamente dirigidos a la educación de las mujeres obreras y campesinas, en un contexto de guerra civil y con un analfabetismo generalizado, para que desde esa formación se pudieran incorporar a la participación activa en un proceso de profunda transformación social. Ya entonces incluyeron la necesaria educación sexual con su impacto en todas las facetas de la vida de las mujeres además de muchas más acciones y logros. No se puede omitir toda esta genealogía en la pedagogía feminista.

Avanzar arrasando todo lo construido por todas estas mujeres, por todas las mujeres, con tanto esfuerzo, en contextos políticos y sociales muy diferentes al actual, no es pedagogía feminista. No todas las feministas trabajamos desde el mismo posicionamiento, pero todas intentamos transformar la sociedad. Hacerlo desde el diálogo, en lugar de desde la violencia, ha sido una constante desde hace más de tres siglos. Si de verdad somos pedagogas feministas no deberíamos olvidarlo.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Consol Aguilar Ródenas es catedrática de Escuela Universitaria del Departamento de Pedagogía y Didáctica de las CC.Sociales, la Lengua y la Literatura de la Universitat Jaume I (UJI).  Directora del Grupo de Investigación “Didáctica de la Lengua y la Literatura y Pedagogía Crítica” de la UJI. 

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