Revista con la A

25 de julio de 2022
Número coordinado por:
Amarela Varela y Lucía Melgar
82

Migración, exilio y desplazamiento forzado

Mujeres, niñas y niños en desplazamiento forzado: una cadena de violencias sistémicas

Valentina Glockner/Emanuela Borzacchiello

Valentina Glockner / Emanuela Borzacchiello

Si ser mujer en México conlleva altos riesgos de violencia feminicida y machista, ser mujer y niña desplazada impone una acumulación de violencias apenas imaginable

Como explican en entrevista las investigadoras Valentina Glockner y Emanuela Borzacchiello, quienes han huido de sus lugares de origen en busca de asilo y protección internacional en Estados Unidos, vienen huyendo de la violencia, y encuentran en su camino y en la frontera norte de México una cadena de abusos que remite a una explotación sistémica y sistemática de los cuerpos, en particular de los cuerpos femeninos. En esta cadena participan redes de “polleros” (dedicados al transporte ilegal de personas a través de la frontera), redes de trata, y grupos del crimen organizado, bajo la mirada cómplice o negligente de las autoridades mexicanas que, también, violan ellas mismas los derechos humanos de las personas migrantes.

El proyecto de investigación etnográfica en que participan Glockner y Borzacchiello, “Geografías de Desplazamiento: Niños, jóvenes y familias Migrantes/Refugiadas Mexicanos en las Fronteras de México y los Estados Unidos” en la frontera Arizona- Nogales (Sonora) y en Ciudad Juárez (Chihuahua), junto con colegas investigadoras de la Universidad de Texas en Austin y el Colegio de Sonora, busca sacar a la luz aspectos particulares de un problema complejo que el gobierno mexicano ha negado por más de una década y que sigue invisibilizando: el desplazamiento forzado de personas, familias y hasta comunidades enteras. Fenómeno que suele darse en casos de guerras o de conflicto interno, como sucedió, por ejemplo, en Colombia. Las investigadoras no buscan trazar un panorama general del desplazamiento forzado sino ahondar en la experiencia de niños, niñas y mujeres que se han visto forzadas a escapar de sus lugares de origen, debido a la violencia, principalmente, y en cuyo camino se atraviesan otras formas de explotación que no cesan ni siquiera en los albergues donde se ven obligadas a esperar la posibilidad de refugiarse en Estados Unidos.

Además de los flujos migratorios de personas de otras nacionalidades y detonados por otras causas, en la frontera Nogales-Arizona y en Ciudad Juárez convergen madres de familia con hijos e hijas, niños y niñas que viajan acompañados o solos. 

Las mujeres cuya experiencia estudia Glockner en la frontera Nogales-Arizona, provienen sobre todo de Guerrero y Michoacán, dos estados arrasados por la violencia. En Guerrero, como subraya la investigadora, el asedio de la violencia estatal y la militarización es estructural e histórica. Se hizo brutalmente evidente durante el periodo de la guerra sucia en la década de los 70, pero está relacionada también con formas viejas y actuales de despojo y desposesión de tierras por parte de élites locales, industrias extractivistas (minería principalmente) y grupos del crimen organizado a partir de la introducción del cultivo de la amapola para la producción de goma de opio. Es de este Estado de donde provienen la gran mayoría de niños, jóvenes y madres jefas de familia que han sido desplazadas de manera forzada de sus hogares.

Muchas de las mujeres desplazadas internas son viudas, pues sus maridos han sido asesinados o desaparecidos por integrantes de grupos del crimen organizado

Muchas de las mujeres desplazadas internas, explica Glockner, son viudas, pues sus maridos han sido asesinados o desaparecidos por integrantes de grupos del crimen organizado. Cuando deciden irse ya han pasado por todo tipo de ultrajes: violencia feminicida, la muerte o desaparición brutal de su pareja, acoso, amenazas y violencia contra sus hijas e hijos, cobro de cuotas por parte de grupos criminales que controlan el territorio, despojo por parte de éstos o de grupos ligados a industrias extractivas, en particular la minería. A menudo lo que detona la huida es la amenaza explícita de “llevarse” a alguna de sus hijas, a quien le “echó el ojo” algún hombre con poder o que es vista como fuente de ingresos para el crimen organizado. Se desarrolla así una violencia machista, de género, también relacionada con la edad, puesto que algunas de sus manifestaciones se dirigen de manera directa contra niñas y adolescentes, con fines de explotación sexual, y otras contra niños y jóvenes, a los que se somete al reclutamiento forzado en que se les enrola como sicarios o para el transporte de mercancía, entre otros.

Al dejar atrás los peligros de casa, estas mujeres, sus hijas e hijos enfrentan nuevos riesgos en el camino al norte: muchas redes de polleros que antaño respetaban ciertas normas comunitarias hoy están coludidas o se confunden con redes de trata y de crimen organizado. Esto implica que no lucran sólo con el transporte clandestino de personas, sino que buscan maximizar su ganancia a costa de la mercantilización de los cuerpos, sobre todo femeninos: si en el camino surge la ocasión de explotar a las mujeres y niñas, se hace.

Los “polleros” no lucran sólo con el transporte clandestino de personas, sino que buscan maximizar su ganancia a costa de la mercantilización de los cuerpos, sobre todo femeninos

Este tipo de explotación a ultranza parece concentrarse en niñas y adolescentes y explica una aparente ausencia de éstas en la frontera Ciudad Juárez-El Paso, donde Emanuela Borzacchiello observa que llegan más niños y adolescentes hombres que niñas y chicas, pese a que ambos han dejado atrás su lugar de origen. ¿Qué pasa con estas chicas que “se pierden” en el camino? ¿Dónde “se pierden” y cómo? Más que respuestas, la investigadora plantea preguntas para empezar a entender y explicar esta ausencia que, como dice, no lleva a descartar la investigación sino presenta desafíos distintos. A manera de hipótesis, sugiere que son sustraídas con fines de explotación sexual o entregadas durante el camino a redes de trata; en algunos casos aparecen muertas, en otros simplemente desaparecen en el trayecto hacia la frontera o cruzando el desierto. Apunta que, según periodistas y ONGs, las chicas son enganchadas a través de redes sociales que usan en el camino, un medio cada vez más frecuente para captar a jóvenes en redes de trata o criminales. Ante este grave problema, algunas ONG en Ciudad Juárez, como Save the Children, han emprendido campañas acerca del uso seguro de redes sociales.

Valentina Glockner, por su parte, destaca cómo los casos de mujeres provenientes de Michoacán y Guerrero dan luz acerca del reclutamiento forzado de niños y adolescentes sobre todo y de la explotación de los cuerpos femeninos. No son una o dos familias las que dejan las comunidades, son decenas, que luego se encuentran en la frontera. Hay mujeres que huyen con su familia después de que su(s) hija(s) han sufrido un intento de violación o una violación o una desaparición temporal. Pero también son muchas las que narran cómo la violencia, que las obligó a desplazarse, es una violencia que ha deteriorado a tal punto la vida en sus comunidades que ellas y sus hijas han quedado expuestas a todo tipo de riesgos dentro del ámbito familiar y comunitario: violencia doméstica, violación sexual, desaparición forzada o trata. “Se da un usufructo brutal de los cuerpos relacionado con el control territorial”, ligado a la extracción de recursos en un clima de precarización extrema.

Quienes huyen siguen siendo mercancías potenciales, fuentes de recursos ilegales, y deben enfrentar un obstáculo aún mayor: un sistema de control migratorio sesgado contra las y los mexicanos

La explotación no termina con la llegada a la frontera norte: quienes huyen siguen siendo mercancías potenciales, fuentes de recursos ilegales, y deben enfrentar un obstáculo aún mayor: un sistema de control migratorio sesgado contra las y los mexicanos, que dificulta en extremo la posibilidad de asilo, sobre todo cuando ambos países se han coaligado para limitar los cruces al máximo. En la frontera Nogales-Arizona, explica Glockner, se han ido acumulando los efectos de las restricciones a la migración y el bloqueo al asilo impuestas por Estados Unidos, como el Título 42 (que obtaculizó los cruces so pretexto de la pandemia) y el programa Remain in Mexico (Quédate en México). Los cuellos de botella son tales que hay mujeres y familias varadas por más de uno o dos años en la frontera, en condiciones de alta vulnerabilidad debido a la presencia de redes criminales. Esta situación se agrava con el escaso acceso a albergues y ayuda humanitaria.  

Lejos de contribuir a solucionar el problema, las autoridades mexicanas, según sugiere Glockner, agravan la saturación de la frontera o incluso empeoran la situación de las mujeres desplazadas puesto que obstaculizan y hasta bloquean su derecho al asilo. Múltiples testimonios de niños, mujeres y familias han narrado cómo policías municipales y agentes del Instituto Nacional de Migración desincentivan, brindan información inexacta e incluso amedrentan o amenazan a las familias y las madres para que desistan de solicitar asilo ante las autoridades estadounidenses cuando éstas se aproximan a las garitas, o bien les prohíben el paso. Aunque es imposible conocer los motivos de esta descarada violación a derechos humanos como el derecho al libre tránsito, a la protección internacional, a la seguridad, lo evidentes que se trata de conductas ilegales, que violan las leyes de asilo y el derecho internacional, así como la propia constitución y desde luego la legislación de EU. Este “trabajo sucio” favorece indirectamente al menos a las redes de trata y en todo caso aumenta la vulnerabilidad de la población desplazada.

Aunque sin duda habrá otros hallazgos muy valiosos, esta investigación ya permite percibir los efectos de la construcción sistémica de un territorio para la impunidad y la expansión criminal que daña a millones de personas, en particular a niños, niñas y mujeres desplazadas, un territorio horizontal y vertical plagado de violencia machista, abusos, y constantes violaciones de derechos humanos. El solo hecho de que mujeres y niñas ya victimizadas sean objeto directo de amenazas es una violación de derechos humanos. A esto se añaden, para mayor desgracia, la militarización de la seguridad pública, la creciente acumulación de soldados y políticas represivas, que no van a resolver los problemas sino a empeorarlos.

Entrevista realizada por: Lucía Melgar

 

REFERENCIAS CURRICULARES

Emanuela Borzacchiello es doctora en estudios feministas y de género por la Universidad Complutense de Madrid, con estudios de posgrado en la UNAM y maestría en Historia Contemporánea por la Universitá degli studi di Milano. De 2007 a 2021 ha llevado a cabo más de 15 proyectos colectivos de investigación. En la actualidad, es Research Fellow en la Universidad de Texas en Austin, EE UU.

Valentina Glockner es Antropóloga, mexicana, adscrita al Departamento de Investigaciones Educativas (DIE) del CINVESTAV. Se ha especializado en temas de infancias, migración, desplazamiento y la antropología del Estado y el humanitarismo. Actualmente co-dirige el proyecto «Geografías de Desplazamiento: Niños, jóvenes y familias Migrantes/Refugiadas Mexicanos en las Fronteras de México y los Estados Unidos.»

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