Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Migrar maternando: florecer dos veces en tiempos de muerte

 Mariana Guadalupe Zaragoza

Mariana G. Zaragoza

Además de las maternidades transnacionales, también existen otras historias y en este artículo comparto algunas reflexiones a partir de mis experiencias sobre la maternidad cruzada con un proceso migratorio, en un contexto de pandemia, proceso histórico que ha dejado mucho dolor y un mundo cada día más complicado para cuidar la vida

La maternidad y la migración son dos procesos de los que casi siempre se escribe desde una mirada externa y por lo general siempre relacionada a la migración forzada, irregularizada y bajo una perspectiva transnacional. Y es necesario que se siga hablando de las familias y comunidades transnacionales porque rompe con la idea de la familia tradicional, pone sobre la mesa las cadenas globales de cuidados y es una realidad que viven muchas madres que luchan por la reunificación familiar. Además de las maternidades transnacionales, también existen otras historias y en este artículo comparto algunas reflexiones a partir de mis experiencias sobre la maternidad cruzada con un proceso migratorio, en un contexto de pandemia, proceso histórico que ha dejado mucho dolor y un mundo cada día más complicado para cuidar la vida, en medio de políticas de muerte que afectan principalmente a las personas desplazadas forzadas. También hablo  de migrantes en el Estado español, porque desde que comencé a reflexionar para este artículo sentí la necesidad de hablar con otras mujeres migrantes o migradas sobre lo que significa migrar, sobre lo que implica la maternidad fuera de nuestros países y la manera en que nuestra identidad y arraigo trasciende a un territorio. Aquí comparto algunas reflexiones sobre estas conversaciones tan íntimas en donde pusimos en común nuestro sentir y nos dimos cuenta de que compartimos una identidad entretejida por una constante búsqueda interna para descubrir quienes somos y responder esa pregunta que la filósofa Carolina del Olmo ya se hizo alrededor de la maternidad: ¿dónde está nuestra tribu?

Maternar es un verbo que tiene mucho significado porque es una práctica de vida, una apuesta por construir otro mundo posible a través de la crianza

Maternar es un verbo que tiene mucho significado porque es una práctica de vida, una apuesta por construir otro mundo posible a través de la crianza y el acompañamiento a las infancias. Dentro de los feminismos hay una disputa muy fuerte alrededor de la maternidad y la crianza, nadamos contra una corriente del feminismo hegemónico que en su apuesta por la liberación de la mujer (blanca y burguesa) desprecia el trabajo de cuidados, y para la cual cualquier apuesta por el trabajo del hogar junto a una crianza “más natural” es un paso atrás frente a todo lo ganado para la igualdad. Para estas corrientes feministas la terciarización de los cuidados es un modo de liberación sin entretejer en sus análisis, ni mucho menos en sus luchas, la lucha migrante y antirracista [1]. Es por ello que quiero dejar claro que, en medio de la crisis civilizatoria provocada principalmente por el capitalismo salvaje y el patriarcado, que cada vez más desprecia y precariza toda actividad relacionada con el cuidado de la vida, yo he decidido apostar por las prácticas de vida como gestar, parir, lactar y criar como una acción política que busca poner el cuidado de la vida en el centro, buscando la manera de crear comunidad y colectividad como formas de resistencia.

La maternidad es un camino complicado, lleno de ambivalencias que nos hacen sentir en un sube y baja interminable, un camino lleno de dudas e inseguridades y, sobre todo, un camino lleno de soledad. Estamos todo el tiempo acompañadas de nuestra criatura, en muchas ocasiones acompañadas de nuestra pareja, pero desde que comenzamos el trabajo de parto se entra en un viaje en el que nos vamos: parimos a nuestra bebé, pero también nosotras volvemos a nacer. Durante mi embarazo, una partera mexicana nos ayudó a prepararnos para el parto y al finalizar la sesión nos dijo que más duro que el parto es el postparto, el inicio de un cambio radical en nuestras vidas, tenía toda la razón. El parto es sólo el transporte a un nuevo lugar en el que nos tenemos que adaptar y aprender a vivir a partir del duelo de la vida que dejamos atrás. Morimos para dar vida a una nueva versión de nosotras, y este es un viaje largo, silencioso y solitario. Por esta razón me parece importante también hacer énfasis en que la maternidad debe ser siempre deseada, informada y que los estilos de crianza deben ser decisión de cada familia, y si se puede, acompañada de tramas de sostén y solidaridad de nuestra familia ampliada y de nuestra comunidad, además de que debería ser reconocida en contratos y pactos laborales. El viaje es largo y, entre más cómodas podamos hacerlo, es mejor.

Ser madres migrando es iniciar un doble viaje del que no sabemos cómo será el camino, pero tenemos la certeza de que estamos buscando la vida

Ser madres migrando es iniciar un doble viaje del que no sabemos cómo será el camino, pero tenemos la certeza de que estamos buscando la vida. Migrar también es un proceso muy complejo, desde el momento en el que salimos de nuestra tierra y nos alejamos del núcleo familiar comienza una aventura que no tiene vuelta atrás: nosotras nos vamos y la familia se queda. Nosotras cambiamos y nos tenemos que ir abriendo camino como podemos: maternar con el instinto, maternar necesitando a nuestra madre, hermana y tías, maternar preguntándonos por nuestra tribu e invocando a nuestras ancestras y haciéndonos preguntas que sólo ellas hubieran podido responder.

Al igual que con la maternidad, cuando migramos algo cambia, ya no somos de un solo lugar y el sentido de pertenencia se diluye. El proceso de migrar implica un duelo, una añoranza por lo que dejamos y una constante comparación entre la sociedad de acogida y nuestro lugar de origen. Migrar y maternar son dos procesos permanentes que nunca terminan, tienen muchas cosas en común, principalmente porque son apuestas por la vida. Cuando migramos y cuando nos convertimos en madres nos transformamos: nos reinventamos doblemente. Dejamos atrás una vida que se entreteje con el deseo por una vida digna, segura y libre, pero la maternidad lejos de nuestra red de apoyo es complicada, implica un camino lleno de mucha soledad y añoranza, y también implica resignificar el lugar en el que habitas, aceptar una nueva identidad y construir puentes de diálogo y comunicación en sociedades profundamente individualistas y racistas.

Además de esto, nos enfrentamos a políticas migratorias que invisibilizan, infantilizan, criminalizan o victimizan a las personas migrantes como una apuesta por la contención y el exterminio de sus cuerpos y vidas racializadas. La maternidad migrando cruza por esa infantilización, invisibilidad y victimización permanente. El colonialismo y el racismo quiere controlar nuestros cuerpos y vidas y, de forma muy frecuente, se nos quiere imponer la manera en que debemos maternar, sin que se tome en cuenta nuestra opinión, nuestras luchas y los procesos de transformación que estamos viviendo como parte de nuestros procesos migratorios.

Maternar migrando significa sembrar vida en medio del exterminio y la muerte

Venir de países del sur global y habitar en el norte es un reto aún más grande: nos reinventamos en medio de las heridas abiertas provocadas por el colonialismo, el racismo y el despojo del que se alimentan sociedades blancas enriquecidas por las políticas de muerte que riegan sangre en nuestros países. Es en este contexto en el que la mayoría de la población migra: de manera forzada, buscando la vida que un sistema de muerte les arrebata. Hoy en día, migrar de forma regular, con papeles, es un derecho que al ser negado se convierte en un privilegio al que muy pocas personas pueden acceder. Yo migré de forma regular debido a que mi pareja es del norte global, y reconozco que en mí habita una incomodidad permanente que me moviliza a buscar espacios de colectividad y solidaridad. Esto me lleva a reflexiones que quiero compartir: lo primero es que maternar y migrar deben de ser una elección libre en la que se garanticen todos los derechos. Y por otro lado lo que significa para mí habitar en el autoexilio: yo me fui de México porque decidí ser madre y poder vivir segura con mi hija en el país de donde es su padre. Aun así, la violencia y el horror que se vive todos los días en México habita en mí. Migrar y maternar en el autoexilio es una apuesta por la vida en medio de la violencia generalizada que se vive en mi país.

Maternar migrando significa sembrar vida en medio del exterminio y la muerte, ya que las mujeres migrando y maternando trasgredimos el régimen de fronteras, y desde nuestros espacios y en nuestros barrios también construimos comunidad. Aquí en el norte global también hay sur, y hay un movimiento antirracista, feminista muy potente que se está metiendo por todas las grietas del sistema y cuyas luchas migrantes son cada vez más fuertes. Maternar en el autoexilio también significa amar la tierra en donde nació mi hija y por eso sueño con construir tribu migrando, crear colectividad y construir resistencias que apuesten por la vida. Ese sueño aún no lo he conseguido, pero sueño en poderlo lograr porque sé que es el deseo de muchas otras mujeres que me lo han compartido desde diferentes espacios. Sembrar las semillas para florecer dos veces en medio de políticas de muerte y exterminio.

NOTA

[1] Me parece importante no generalizar, pongo aquí el debate alrededor de las disputas sobre la maternidad dentro de los feminismos, pero no hablo a nombre de todas las mujeres, mucho menos de aquellas que no tienen otra opción que salir a trabajar o migrar de manera forzada y tienen que dejar a sus hijes al cuidado de terceras personas.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Mariana Guadalupe Zaragoza González es activista, investigadora y consultora en derechos humanos, migración forzada y género. Egresada de Relaciones Internacionales por el ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara, México, con un máster en Desarrollo y Cooperación Internacional por el Instituto Hegoa de la UPV/EHU y estudiante de doctorado en Derechos Humanos en el Instituto de Derechos Humanos Pedro Arrupe en la Universidad de Deusto, País Vasco.

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