Revista con la A

25 de septiembre de 2020
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán y R. E. Toledo
71

Hispanas en Estados Unidos

Jet lag

Cristina Colmena

Me acostumbré a vivir así en una permanente cuenta atrás respecto a esas fechas del ida y vuelta, como si estar en un sitio o en otro no fuera más que una espera en la puerta de embarque para ir al otro lado

El 27 de agosto de 2019 fue la última vez que me monté en un avión para ir a Nueva York. Justo ese mismo día, nueve años antes, había aterrizado en el JFK por primera vez: era inevitable hacer flash back. Pensé en todos esos vuelos de España a Nueva York y viceversa que desde 2010 habían acotado mis calendarios en dos vidas que se iban intercalando a un lado y a otro del océano. Me acostumbré a vivir así en una permanente cuenta atrás respecto a esas fechas del ida y vuelta, como si estar en un sitio o en otro no fuera más que una espera en la puerta de embarque para ir al otro lado.

Regresar, una palabra que poco a poco empezó a parecerse a pertenecer, se convirtió en un verbo reversible que podía usar en ambas direcciones y sin embargo tanto allí como aquí me encontraba irremediablemente fuera de lugar. Desubicada, ajena. Supongo que era consecuencia de ese jet lag que en algún momento se convirtió en algo natural. Esa sensación de estar siempre en un horario equivocado entre meridianos que no son los correctos y no por la diferencia horaria, sino por la certeza de ese intervalo entre dos identidades y dos vidas completamente distintas, con geografías y tiempos incompatibles. La conciencia de, a un lado y a otro, siempre estar perdiéndome algo.

Aprender otro idioma, hacer nuevas amistades y echar algunas raíces -aunque quizás no demasiadas para poder volver- se hace complicado si a la vez pretendes mantener una “presencia virtual”, siempre insuficiente, en el lugar que dejas atrás. Supongo que esta experiencia de desdoblamiento es común a todas y todos los expatriados que ejercen los afectos a través de llamadas de Skype y que no dejan nunca de sentirse extranjeros, extranjeras, aquí y allí, porque el lugar del que se fueron también acaba siendo un poco extraño.

Recuerdo estos últimos nueve años como un vuelo interminable que nunca aterriza del todo, sin estar muy segura tampoco de a dónde me dirijo o de dónde me voy, ni saber a cuál de esos lugares puedo llamar “casa”, flotando de aquí para allá, siempre con esa sensación de cansancio y desubicación del jet lag. La euforia, pero también la tristeza de estar lejos y el no saber a veces por qué te fuiste o si quieres volver.

Aun así, me siento privilegiada porque tenía un pasaporte y un visado que me permitía tantas idas y tantas vueltas cuando otras y otros emigrantes no tienen la posibilidad de regresar porque sus papeles no están en regla. A lo largo de estos años he conocido a mucha gente en esta situación, que pasan años sin ver a sus hijos, hijas o a sus padres, madres, por miedo a ser descubiertos y expulsados de por vida de Estados Unidos, y se conforman con llamadas, fotos y whasapps, esa vida virtual con la que suplen la ausencia. Me pregunto si a ellos y ellas se les quita el jet lag, o si se acaba convirtiendo en una enfermedad crónica contra la que ni se rebelan, que no les deja dormir pensando en los que allí se quedaron. Las y los hijos que dejaron con la esperanza de traerles algún día, o al menos darles una vida mejor, y las madres, los padres, a los que ya no podrán atender y cuya muerte será una llamada o un mensaje que alguien les manda, sin la posibilidad de acompañarles y despedirse antes de que se vayan.

Pienso también en la dificultad de ser madre cuando te has ido, porque un hijo es también una raíz que se echa al suelo donde ese niño empieza a crecer, el suelo donde quizás también creció su padre, o donde está el trabajo que lo alimenta. Por eso irse significa también a veces decidir no tener hijos, quizás por miedo a tener que quedarse del todo, o volverse del todo y tener que asumir la precariedad de afectos que eso conlleva. Quizás simplemente es que no se decide, porque el jet lag no te deja pensar con claridad, estás demasiado ocupada buscando pasaportes y visados, alquileres y un trabajo con el que pagar la renta. Sintiendo siempre que hay un sitio donde tienes que volver y que no hay tiempo para eso. Y de repente se pasa el tiempo.

No me arrepiento de haberme ido, ni de ese jet lag con el que he estado mareada -pero también achispada- tantos años de aquí para allá, porque también me ha permitido tener dos vidas a la vez y ser personas distintas, mirar por la ventanilla, ver lugares bonitos, conocer a otros pasajeros, pero a veces me pregunto si hubiera sido madre en una vida con menos tránsito. Si hubiera puesto un nido en algún sitio. Supongo que son decisiones que se toman o que a veces simplemente no da tiempo de tomar, porque siempre hay un avión que está a punto de salir.

Ese 27 de agosto de 2019 mientras esperaba a que abrieran el embarque compré también mi último vuelo de regreso a España para diez días después. Por la premura, me costó considerablemente más caro, pero había ido postergando esa compra con diferentes excusas porque en el fondo sabía que ese billete me devolvería a España para siempre, que no habría ya retorno. Ese billete significaba también una despedida. Supongo que también me dio cierto vértigo no tener ya un “otro lugar” al que regresar y a veces huir. Esa certeza con dirección intercambiable de “allí es donde pertenezco”.

Un año después no sé si estoy del todo curada del jet lag. Sigo viviendo un poco en Nueva York, quizás no me he ido del todo, quizás nunca pueda irme. A esta nueva vida que tengo ahora, aún en construcción, no dejan de superponerse los recuerdos de ese otro lugar al que por intervalos llamaba casa. Echo de menos la ciudad o a aquella persona que una vez fui allí. Quizás simplemente lo que añoro es tener una puerta de embarque por donde escaparme.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Cristina Colmena. Escritora y dramaturga española, algunas de sus obras teatrales se han producido en Washington, Miami, Nueva York, La Habana o Madrid. Publicó el libro de relatos La amabilidad de los extraños y sus obras teatrales Typing y Happily Ever After están incluidas en la antología New Plays from Spain. Es Doctora en literatura por la Universidad de Nueva York donde también hizo el Máster en Creative Writing in Spanish. Ha trabajado como periodista, realizadora, guionista y profesora.

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