Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Escoger

Mónica Lavín

Mónica Lavín

Cuando se es una niña y muy poco se puede gobernar, cuando hay un padre que ya se ha ido de avanzada y una madre con un racimo de hijos colgando de las manos a los que no se puede alimentar bien, protegerlos del frío; a los que hay que mentirles y decirles que esa guerra insensata se terminará, es extraño escuchar que hay que elegir un solo juguete

La niña se queda mirando lo que queda de su recámara, porque se han ido a vivir con los tíos apeñuscados en el barrio de Malasaña, pero ya vienen otros primos de la sierra de Navacerrada, y la tía tiene algo de demencia. Está muy enojada porque han llegado tres niños a vivir a su casa que sólo está hecha para adultos como su marido y su hermano. Debe estar enojada porque la guerra ya llegó a Madrid, porque se escuchan las sirenas de los bombardeos, porque ya no se puede salir de paseo como antes, y no sabe con quién enojarse. Entonces el problema son los niños. Y para la madre de de los niños ella resulta una amenaza. El marido se ha ido a México y no manda dinero. Es preciso que envíe los billetes de barco para poder salir así que es el momento en que le dice a sus pequeños que elijan una sola cosa. Se pueden llevar un solo juguete.

Y mi madre desde sus cinco años recorre la repisa donde está el juego de té de porcelana con tazas menuditas, una camita de latón con una colcha deshilada que hizo su madre, el juego de mesas y sillas hecho en la fábrica de lámparas de su tío, que con el metal sobrante ha construido aquel comedor en miniatura. También está el pandero con una gitana, y  ese bolsito de mano con el tubo de labios viejo de su madre para cuándo juega a ser grande y hasta se pone los tacones y se tropieza con ellos. Tal vez escoger un solo juguete es ser grande, y no sabe serlo porque no se decide. La única que tiene ojos ahí es Farina. Y entonces se miran. A esa muñeca de trapo de piel parda y  pelo hirsuto no la puede dejar. Casi oye su voz cuando se la arrima el pecho y la abraza. Nos vamos de Madrid. Mira con nostalgia el juego del comedor, y la camita donde a veces se acuesta Farina, y ve a sus hermanos intentando elegir entre sus pocos juguetes lo que puedan llevar en las manos porque la madre llevará una sola maleta para todos. Sola y con tres niños no le es posible intentar algo más. Saldrán a Valencia a donde ha prometido su marido que llegarán los billetes de barco. Y eso le hace ilusión a la madre que tiene que elegir entre sus hermanos y el marido. La guerra no le ha dejado ninguna opción. Ya dejó de decir regresa, esta es nuestra casa. La casa está en flamas, la Cibeles cubierta de piedras, el cielo azul de Madrid está roto. La guerra ha decidido por ella. Se va con sus tres criaturas y cada una con su juguete. Ella alcanza a tomar alguna cosa que la ate a la ciudad donde nació, donde nacieron sus padres, donde nacieron sus hijos y toma esa muñeca de porcelana y tela que fue de su madre. La coloca en la maleta entre los abrigos para el invierno y algo de la ropa del verano.

La guerra ha decidido por ella. Se va con sus tres criaturas y cada una con su juguete

En el viaje incierto en barco, pero con la promesa de reunirse pronto con el padre en México, mi madre se aferraba a su muñeca Farina: la única negra que conocía hasta que divisó varios en el momento en que atracaron en Cuba. Mi abuela quiso llevarse la muñeca de su propia madre cuando niña, meter Madrid en la maleta: algunos monogramas en toallas de lino, lienzos con las lecciones de costura y de bordado de su madre y las de ella, quizás porque no pesaban mucho, y se podían doblar y porque en el tiempo dedicado a aquel abecedario rojo sobre blanco, o a los deshilados como renglones de cuaderno, estaba el cielo de Madrid, las tardes en el balcón con el calor del verano y las chufas para taimarlo. Estaba su tiempo en la ciudad de su corazón.

Dentro de lo poco que se puede elegir en un exilio cuando la guerra aprieta, estaba en la maleta ese pedazo de Madrid, de familia. Todo ello se acomodó tiempo después en el baúl de la casa de nuestra familia, por el que mi madre nos podía contar aquella historia de Farina, deshecha en el tiempo, y de Manolita que aún se conservaba con su cara de porcelana. Tiempo después lavó el traje goyesco de la muñeca de la bisabuela y almidonó sus faldas para regalármela: que me siguiera contando una historia de trasterrados.  

 

REFERENCIA CURRICULAR

Mónica Lavín es escritora y periodista mexicana, integrante del Sistema Nacional de Creadores. Autora de más de veinte libros de cuento, novela y ensayo, entre ellos Yo, la peor de todas (Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska), Sor Juana en la cocina, Ruby Tuesday no ha muerto (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen). El más reciente, Últimos días de mis padres (2021).

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