Revista con la A

25 de noviembre de 2018
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
60

Acoso, abusos sexuales y violación

Editorial

La historia, la ciencia, la política y la cultura en general está plagada de héroes: hombres valientes, inteligentes, intrépidos, generosos, justicieros,… hombres, en definitiva, incluidos en el amplio catálogo que se presenta como referente en el imaginario de niños y jóvenes con el fin de que los emulen y ellos mismos se conviertan, o al menos sueñen con hacerlo, en héroes su día de mañana… Sin embargo, una vez más, las mujeres, las heroínas, tanto en la historia como en la ciencia, en la política, en la cultura, en todos los ámbitos por los que discurre la vida de las personas, antes de que las rescataran los estudios feministas, fueron olvidadas. Apenas aparecían en los libros de texto, en los catálogos culturales, en los comic, en la literatura, en la música, en la ciencia, en la pintura, en cualquier parte donde se diera cuenta del “hacer humano” o, en las contadas ocasiones que lo hacían, se referían a aquellas que bien eran  presentadas como heroínas por su capacidad de despertar las más inconfesables fantasías sexuales, de ellos, claro, o bien emulaban las gestas de los héroes masculinos, o bien se presentaban como compañeras de los héroes de verdad, de ellos, siempre de ellos, de los que dependían, o bien daban cuenta de mujeres resignadas a las órdenes del poder masculino, que dejaron al margen sus deseos y necesidades para ponerse al servicio de los deseos y las necesidades de los demás, del ser amado, de sus familias, o para entregarse en cuerpo y alma a la gente más pobre y marginada del mundo, poniendo en valor, en cualquiera de los casos, su capacidad de renuncia… Claro que estas mujeres eran, son y seguirán siendo heroínas, pero su actitud sacrificada ha sido vendida por el patriarcado como un mandato de género: ¡Así son las buenas mujeres! ¡Estas son las heroínas del silencio y la sombra! ¡Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer! Siendo la abnegación una cualidad de género adherida a la feminidad… Sin embargo, cualquier persona que mire a su alrededor y se fije bien comprobará, como señala Bethsabé Andía en su artículo, que “son incontables las heroínas que acompañan nuestro caminar por la vida, pues ellas con su esfuerzo y afecto sostienen el mundo”. De hecho, cada una de nosotras, mujeres libres -al menos de espíritu-, emancipadas, que hemos aprendido a decir no, que nos dispusimos a romper con los estereotipos que nos reducían a un lugar subsidiario, dependiente y sumiso, nos hemos construido gracias al ejemplo de las mujeres que salieron a la calle a gritar que la calle era suya, que dijeron no a lo que la sociedad esperaba de ellas, o que se rebelaron a la resignación trasmitiéndonos que nosotras no tendríamos por qué repetir su “gesta”, que nos animaron a estudiar, a trabajar, a luchar oponiéndose al poder masculno en la política, en los sindicatos, en la economía, en la cultura… o simplemente -¡simplemente!- osaron cruzar el umbral del bar del pueblo y se pidieron un tinto mientras encendían un pitillo, ante la mirada lasciva de los aldeanos, sin importantes las críticas de las buenas mujeres que iban con el cuento al cura párroco que las criticaba en el sermón de la misa dominical, o de las que no dejaron de trabajar fuera de casa después de casarse, de las que se fueron a vivir con sus novios antes de casarse, de las que tenían relaciones sexuales sin casarse y porque les daba la gana, de las que estudiaron a pesar de la oposición familiar, de la profesora de química que nos hablaba de María la judía, de las que comenzaron a ponerse pantalones pasándose “por el arco del triunfo” que las llamaran marimachos, de las médicas que nos enseñaron que teníamos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, de las campesinas que sin saber leer ni escribir nos enseñaron otra formas de cultivar la tierra para que fuera más fértil, de la profesora que dejaba su vespa aparcada a la puerta del instituto ante el alboroto del claustro en los años en que las mujeres “decentes” no conducían, de las que marcharon a ver mundo a pesar de la oposición paterna, de las guerrilleras que se subieron “al tren de la lucha” para combatir la injusticia, de quienes se enfrentaron al poder para encontrar a sus desaparecidos, de todas las mujeres: abuelas, madres, tías, primas, vecinas, profesoras, que se enfrentaron al poder de lo cotidiano y de las que se enfrentaron al Poder con mayúsculas, abriéndonos las puertas al mundo que existía más allá del hogar y nos graduaron las gafas violeta con las que hoy muchas de nosotras, cada vez más, hemos aprendido a mirar y a ver el mundo que se nos presenta otro muy distinto al que nos contaron y al que, lamentablemente, aún nos siguen contando…

 

Alicia Gil Gómez

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