Revista con la A

25 de julio de 2019
Número coordinado por:
Ainara Machain
64

Visibilidad y diversidades lésbicas: nuestra identidad es política

Concha de Albornoz, la voz muda

Isabel Murcia

Reconocida como una de las integrantes del grupo de mujeres que Tània Balló ha recogido bajo el rótulo de las sinsombrero, y parte de la nómina de mujeres y hombres intelectuales exiliados tras la guerra civil española, Concha de Albornoz se revela como una figura artística atípica y enigmática.

La historia del arte y de la literatura apenas le dedican atención, pues no fue escritora, ni pintora, ni dejó una obra concreta, tangible. Tampoco existen estudios monográficos sobre ella. Su legado es inmaterial, por lo que parece resistirse a ser recogido de forma concreta y específica. Según el profesor James Valender, tuvo fama de haber sido “una de las mujeres más sensibles y más inteligentes de su generación”, se codeó con los intelectuales más importantes de su tiempo y formó parte de la red de políticos, literatos, filósofos y demás artistas republicanos que se vieron obligados a abandonar el territorio español tras la guerra civil. Pero, a pesar de su juicio certero, de la incisión de sus palabras y de su capacidad para escuchar, estas cualidades no parecieron empujarla al oficio de la escritura o de la producción artística. No existe ningún libro suyo publicado, y tampoco se conservan artículos o ensayos con su firma; tan solo tenemos algunas cartas que mandó a sus amigos.

Concha de Albornoz fue una intelectual y profesora española exiliada tras la guerra civil. Hija de Álvaro de Albornoz, escritor y uno de los políticos más importantes de la Segunda República en España, estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, y se educó en la Institución Libre de Enseñanza. Estudió Filosofía y Letras en Madrid y, una vez terminada la carrera, aprobó las oposiciones a Cátedra de Lengua y Literatura Españolas. Contrajo matrimonio con el político Ángel Segovia, relación sin descendencia ni trascendencia que duró unos 15 años, tras los cuales, su vida tomó el camino de la soltería. Se dedicó a la enseñanza y, durante su largo exilio -nunca volvió a establecer su residencia en España desde que saliera del país en noviembre de 1937- estuvo dando clase en la Escuela Libre de la Habana (desde su llegada en 1939 hasta diciembre de 1940) primero y, después, en Mount Holyoke College en Massachusetts. Viajera y cultivadora de amistades, tras algunos problemas de salud, se afincó en México, donde moriría en 1972.

A pesar de tener un “espíritu muy reservado”, según Valender, Concha de Albornoz fue bastante activa tanto fuera como dentro de España. En Madrid, figuró como una de las integrantes de los círculos intelectuales más importantes de la capital, y, junto con sus amigas Concha Méndez, Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Zambrano, entre otras, eligieron participar activamente de los cambios políticos, sociales y culturales de la España de los años 30. Formó parte del Lyceum Club Femenino y el Ateneo de Madrid; creó una tertulia literaria que se celebraba en su casa, que se convirtió por aquel entonces en importante punto de encuentro de intelectuales, y ejerció de promotora de muchos de sus amigos. Fue Concha de Albornoz la que ayudó a Miguel Hernández a entrar a los círculos literarios tras su llegada a Madrid; buscó escondite para Giménez Caballero durante los primeros días de la guerra civil y, después de la guerra, empujaría a Luis Cernuda a viajar a París, con ella.

Florencia, 1952: Ramón Gaya, Clara James, Concha de Albornoz y Juan Gil-Albert

Fuera de España, su labor como profesora, protectora y promotora no cesó, y también continuó su compromiso con la libertad. Al llegar a Cuba, primer destino americano durante su exilio, dio clase de literatura española en la Escuela Libre de la Habana. Esta escuela, fundada a imagen y semejanza de la Institución Libre de Enseñanza, nació entre agosto y septiembre de 1939 ideada por profesores españoles y cubanos en colaboración. Coincidió allí con María Zambrano, quien la puso en contacto con José Lezama Lima y la introdujo en la intelectualidad cubana. México fue el país en el que se estableció su familia. Concha de Albornoz estuvo allí cuatro años, desde 1940 hasta 1944, fecha en que obtuvo su plaza de profesora en el college femenino Mount Holyoke. En México se dedicó a traducir al español el ensayo Hombres contra Hitler, de Fritz Max Cahen, y estrechó sus lazos de amistad con Máximo José Kahn, Ramón Gaya y Juan Gil-Albert. Y, después, en Nueva York, el ambiente cosmopolita de la ciudad hizo posible que se relacionara, “con el grupo de mujeres cultas e independientes, del que también formaban parte Victoria Kent y Louise Crane”, en palabras de Margarita Ibáñez. Y desde allí conseguiría salvar a Cernuda de su exilio en Inglaterra, consiguiéndole un puesto como profesor en el Mount Holyoke College de Massachusetts. También instó a Rosa Chacel a que solicitara la beca Guggenheim que le permitió trabajar en Nueva York durante dos años para terminar su Saturnal.

Para recuperar la voz muda de Concha de Albornoz, para poder reconstruir su legado inmaterial, debemos rastrear los vestigios de la red de relaciones de la que es creadora

Para recuperar la voz muda de Concha de Albornoz, para poder reconstruir su legado inmaterial, debemos rastrear los vestigios de esa red de relaciones de la que es creadora. Ella fue el común denominador de una gran parte del grupo de intelectuales, exiliados y exiliadas, que se dispersaron tras la guerra civil. Dijo de ella Mª Teresa León que no tenía talento creador sino acompañador y crítico”. Podríamos añadir que su destreza estuvo en su capacidad de inspirar y de crear lazos. Fue personaje recurrente en las obras de sus amigos y numerosos textos están dedicados a ella. Cual Aracne tejiendo sus redes, más que escritora fue auspiciadora, y la urdimbre de su influencia alentó la creación de quienes fueron sus amigos. Su nombre está detrás de personajes de novela, o como dedicatoria en numerosos poemas. Sin embargo, parece más una referencia que una presencia. Tras el estudio de su vida y su legado inmaterial, podríamos tratarla casi más como objeto literario o intelectual que como sujeto activo, creador, pensante. Sin embargo, la reconstrucción de Concha de Albornoz repele esa clasificación, las descripciones y la imagen que nos llegan de ella son las de una mujer activa, productora de pensamiento, de juicio, de conversación. Debemos, por tanto, ser capaces de escuchar su voz muda, de prestar atención a las calladas palabras que dejó escritas, para poder entender cuál fue su lugar en la historia de las y los intelectuales españoles republicanos exiliados durante el pasado siglo.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Isabel Murcia Estrada es estudiante de doctorado en la State University of New York, Stony Brook. Su investigación gira en torno a la experiencia del exilio en las intelectuales republicanas españolas tras la guerra civil. Es co-editora de la revista de poesía América Invertida y co-dirige Cavalo Morto Ediciones.

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