Revista con la A

25 de mayo de 2020
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
69

Feminismo ante el coronavirus

No somos las hermanas Brontë

Soledad Murillo

Soledad Murillo

Las hermanas Brontë, Charlotte, Emily y Anne tomaron una singular decisión para escapar de un horizonte matrimonial repleto de virtudes domésticas: recluirse en su casa y seguir leyendo y escribiendo juntas. Su encierro duró 35 años

Las hermanas Brontë, Charlotte, Emily y Anne tomaron una singular decisión para escapar de un horizonte matrimonial repleto de virtudes domésticas. La mejor manera de esquivarlo fue recluirse en su casa y seguir leyendo y escribiendo juntas. Su encierro comenzó en 1825 y duró 35 años. A pesar de habitar el frio paisaje de los páramos ingleses crearon un extraordinario mundo imaginario, Cumbres Borrascosas y Jane Eyre.

Desde el 14 de marzo que se decretó el Estado de Alarma, no existe nada menos deseado que un confinamiento. Los descubrimientos son interminables, se puede padecer la enfermedad y ser asintomáticos al mismo tiempo. Otro descubrimiento sorprendente es que las mujeres embarazadas lejos de ser vulnerables, son más resistentes al contagio, según la neumóloga americana Sara Ghandehari, cuya hipótesis versa sobre la protección que procuran las hormonas sexuales femeninas. En suma, ya formamos parte de una gran “comunidad de preocupación”, como definió Zygmunt Bauman, propia de una sociedad occidental obsesivamente centrada en bloquear todo tipo de amenazas (migración, deudas públicas, conflictos geopolíticos), mientras extorsiona recursos naturales creyéndose a salvo de todo. Este coronavirus ha sido capaz de saltarse todas las barreras, ha alcanzado a la supremacía blanca que representa el 18% de los países desarrollados. En el resto del mundo, la vida vale mucho menos. La muerte está ligada a la desigualdad y se vuelve irremediable en cualquier campo de refugiados. El más grande del mundo, el Cox´s Bazar, en Bangladés, con más de un millón de personas, de las cuales más del 50% son niñas y niños, allí ni se busca el virus, ni se reclaman unidades de cuidados intensivos.

Ya lo recordaba Simone de Beauvoir: no es dando la vida, sino quitándola como se llega al poder

Recientemente los medios de comunicación han reparado en aquellos países que han adoptado estrategias precoces e inteligentes, con una presidenta al frente: Alemania, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Nueva Zelanda, Taiwán. El artículo de Forbes ha provocado explicaciones variadas, aunque cada interpretación nos lleva a caminos diferentes. La más recurrente ha sido de tipo esencialista: las mujeres somos distintas, sensibles y empáticas. Si bien tiene algo de cierto, ya lo recordaba Simone de Beauvoir: no es dando la vida, sino quitándola como se llega al poder, no es verdad. Dichos argumentos son más autocomplacientes que reales y, encima, nos perjudica sin remedio. En el momento que nos atribuyen características especiales, rápidamente somos definidas como colectivo con “especiales” necesidades, olvidándose todo el mundo de que representamos el 50,9% de la población en España (datos del INE Diciembre, 2019). No basta que un partido político elija una candidata para que ésta llegue a ser Primera Ministra, requiere ser votada por su ciudadanía. Otro argumento señala las características avanzadas de cada país, su inversión en bienestar social. Aun así, me llama la atención lo que no se ha dicho: la fuerza de sus movimientos feministas. Mencionaré algunos ejemplos. Finlandia fue el primero de Europa en incluir diputadas, ¡y estamos hablando de 1906! Una sociedad eminentemente rural, por lo que hombres y mujeres trabajaban codo con codo, compartían tareas y preocupaciones para sobrevivir, por lo que fue fácil aceptar que podrían gozar de los mismos derechos. En Taiwán su presidenta, Tsai Ing-wen, abogada y activista, sabe de los antecedentes históricos de su pequeño país: grandes manifestaciones en los años 80, donde miles de mujeres se rebelaron por negarles el derecho al trabajo, si estaban casadas y eran madres. Una vindicación que captó la atención de la opinión pública y fue tal la indignación general que, en los años 90, se incrementó la participación de mujeres en la esfera pública. En 1998 Taiwán fue el primer país de Asia en activar medidas contra la violencia doméstica, lo que provocó una valoración de la ciudadanía sobre los derechos de las mujeres. Nueva Zelanda con una joven presidenta que sorprende con su forma de entender el ejercicio del poder fue el primero del mundo en aprobar el voto femenino, en 1893. Pensemos lo que implicó a finales del siglo XIX que la población de esta ex colonia inglesa aceptará este avance. Kate Sheppard recorrió el país en busca de apoyos, palmo a palmo, para reclamar el sufragio y lo hizo con la complicidad de la líder maorí Mari Te Tai quien, a su vez, logró que las mujeres aborígenes optarán a cargos electos. Me sorprenden las escasas referencias a la importante historia de sus movimientos feministas.

Las profesiones feminizadas ya estaban en el catálogo de nuestras vindicaciones y ahora lo están en la prevalencia de riesgo de contagio

La pandemia nos ha servido para recordar nuestra agenda: Las profesiones feminizadas ya estaban en el catálogo de nuestras vindicaciones y ahora lo están en la prevalencia de riesgo de contagio. La sanidad es la más afectada por la enfermedad y, por lo mismo, sus trabajadoras las más expuestas a contraerla. El 51% son médicas, el 79% auxiliares clínicas, y en las farmacias contamos con la cifra de un 71%. Las mujeres son las más afectadas por el virus. El Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), bajo el título, “El coronavirus golpea tres veces más a las mujeres”, indica que es a causa de la violencia, los problemas de salud y las interminables jornadas de cuidados que procuran a “los demás”. El Instituto de la Mujer, por su parte, ha elaborado otro documento en el mismo sentido. Entre los problemas que destaca, el teletrabajo es uno de ellos. En el informe incluye los efectos nocivos del aislamiento en un espacio doméstico.

Y ahora nuestras preguntas: ¿no vamos a relacionar la letalidad de las residencias para ancianos, con las bondades de trabajar desde casa? Las residencias han sido trampas mortales debido a que se han convertido en un negocio. Entonces, ¿no deberíamos denunciar los procedimientos de la administración pública, que han convertido la adjudicación de un servicio en una subasta de precios? La precariedad de las cuidadoras está vinculada a la degradación de la puja por la oferta más económica. Es decir, lo mismo ocurre con los diferentes discursos sobre el cuidado. ¿Estaremos dispuestas, además de contabilizar las horas de cuidado, y exhortar a compartir las tareas, no solo a los hombres, sino también a hijos e hijas, a vindicar una modificación del certificado de últimas voluntades? Cambiaremos los criterios del testamento.

Desde la CEDAW siempre -y para los países menos desarrollados- se ha reclamado que las mujeres no pierdan su herencia familiar a favor de su marido, por el solo hecho de serlo. Sin embargo, ningún país, de los llamados desarrollados, ha optado por dar un paso decisivo: la herencia para quien cuida. Sería fácil recoger datos objetivos para poder afrontar su aplicación. La impugnación de lo existente es nuestra meta, decía Celia Amorós. Y esto requiere preguntas incómodas, no conformarnos con describir la realidad. Nos toca ser muy intransigentes.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Soledad Murillo de la Vega es profesora de la Universidad de Salamanca; creó el primer doctorado de género de dicha Universidad en el año 92. Como académica entiende que el activismo feminista es parte consustancial de la docencia. Ha participado en el ámbito político, en el año 2004 y 2008 en el primer cargo de igualdad, pero sin añadir, familia o juventud, fue en el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Participó activamente en la Ley de Igualdad (2007). Desde el año 2009-2013 fue miembra del Comité CEDAW, y después ha estado un año y medio en el Gobierno para incorporarse a sus clases en Salamanca en enero de 2020.

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