Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Paradigma del cuidado, feminismo pacifista y cultura de paz

Carmen Magallón

Carmen Magallón

Acuñar la noción de cuidado iluminaba la tarea civilizatoria realizada por tantas mujeres del mundo, oculta en la invisibilidad de la cotidianidad, y al delimitarla y resaltarla le daba un rango paralelo y contrapuesto a las gestas de guerra

Fue en los años 80 del pasado siglo cuando conocí por primera vez el concepto de cuidado, care en inglés. Y fue en las páginas de un libro publicado en 1985, Educating for Peace. A Feminist Perspective de Birgit Brock-Utne, investigadora y profesora en la universidad de Oslo, donde impartía un curso sobre Educación para la paz. No era una ocurrencia de esta autora, el incluir el cuidado en educación para la paz y hacerlo desde una perspectiva feminista. Acuñar la noción de cuidado iluminaba la tarea civilizatoria realizada por tantas mujeres del mundo, oculta en la invisibilidad de la cotidianidad, y al delimitarla y resaltarla le daba un rango paralelo y contrapuesto a las gestas de guerra siempre colocadas en lugar preeminente en la transmisión histórica.

El paradigma del cuidado emergía desde la confluencia entre cultura de paz y la crítica feminista de la ciencia. En los años 70-80 del siglo XX, filósofas feministas de la ciencia como Sandra Harding, Evelyn Fox Keller o Donna Haraway, entre otras, junto a historiadoras de la ciencia como Londa Schiebinger o Margaret Rossiter, habían señalado los sesgos androcéntricos y aún sexistas que anidaban en muchas teorías científicas. Virginia Woolf ya antes había afirmado que los sesgos androcéntricos son un principio constituyente de la perspectiva científica occidental. En Tres Guineas, escribió: “Parecería que la ciencia no tiene sexo, pero es un hombre, un padre, y también está infectada” [1].  

Las filósofas feministas de la ciencia encontraron en las teorías transmitidas sesgos ideológicos

Las filósofas feministas de la ciencia encontraron en las teorías transmitidas sesgos ideológicos: en la selección de los problemas a investigar, en la consideración del sujeto del conocimiento, en la noción de objetividad, en las conceptualizaciones y en las generalizaciones simbólicas; así como sesgos metodológicos: en las hipótesis formuladas en torno a un problema, en la contrastación de la validez de las hipótesis mediante experimentos, en la elección de la muestra y de los datos relevantes, y en las explicaciones e interpretación de los datos.

La emergencia de una voz diferente: la ética del cuidado

El enriquecimiento del marco de los estudios feministas en esos años permitió dar al cuidado un rango académico, a través de los trabajos de Carol Gilligan. Esta psicóloga y filósofa puso la semilla de lo que ha llegado a ser una teoría en el ámbito de la ética con importantes derivaciones en la educación, la economía y las políticas sociales.

Gilligan era colaboradora, en la universidad de Harvard, del psicólogo Lawrence Kohlberg, que había establecido una escala de seis fases para medir la evolución del desarrollo moral del niño. Al aplicar la escala a las niñas, se encontraba que éstas obtenían puntuaciones más bajas que los niños, lo que llevaba a concluir que, en comparación con los niños de su edad, las niñas eran menos maduras. Con las herramientas críticas de las filósofas feministas de la ciencia, Gilligan pudo ver que la Teoría del desarrollo moral de Kohlberg era androcéntrica, pues se había elaborado a partir de una muestra sesgada, ya que estuvo compuesta por sólo niños. Ella repitió la investigación con niños y niñas encontrando que las formas de razonamiento de las niñas ante las cuestiones morales difieren de las de los niños de su misma edad, encontró una voz diferente. Resumiendo mucho, puede decirse que en el análisis de los razonamientos se apreciaban dos voces: la del niño ligada a normas, lógica, ley y justicia; la de la niña ligada a conexión, relaciones, percepción de la necesidad de respuesta y responsabilidad.[2] Gilligan asocia esta voz diferente no a la naturaleza sino a la socialización, a la construcción de la identidad de la niña, ligada a la madre cuidadora, de la que no ha de separarse para construirse, según las interpretaciones psicoanalíticas de Nancy Chodorow [3]. Esta voz que razona desde el cuidado no es exclusiva del ser mujer, dice Gilligan, tiene capacidad de universalizarse, de hacerse común.

La ética del cuidado completa, no excluye, la ética de la justicia, también necesaria, entre otras cosas para que no haya impunidad ante la violencia

La investigación de Gilligan, que afirmaba la emergencia de una voz diferente para decidir ante los dilemas morales, asentaba el paradigma que dio origen a la ética del cuidado, que completa, no excluye, la ética de la justicia, también necesaria, entre otras cosas para que no haya impunidad ante la violencia.

Crítica de la ciencia y feminismo pacifista

La crítica feminista de la ciencia posibilitó la emergencia de la ética del cuidado en lo que constituye otro ejemplo más de que investigar teniendo en cuenta a las mujeres, sus vidas y sus contextos, completa la ciencia y mejora las ciencias y las vidas [4]. Mejorar las vidas es un objetivo del feminismo pacifista, desde su radical condena de la guerra hasta la erradicación de las violencias cotidianas.  No es extraño que el feminismo trate de poner el cuidado en el centro de las políticas públicas, porque las prácticas de cuidado que se hacen cargo de la radical vulnerabilidad humana son imprescindibles para la supervivencia. Las economistas feministas les han devuelto su valor y han mostrado que teniéndolas en cuenta es posible diseñar una economía diferente.   

El feminismo pacifista encuentra en el cuidado una línea que refuerza la racionalidad civilizatoria. Cuando reflexionamos sobre cómo, en medio de catástrofes y problemas de todo tipo, la humanidad ha podido salir adelante, nos damos cuenta del papel jugado por la cooperación y el cuidado. Estamos en este mundo y somos lo que somos a través de la relación y el cuidado mutuo. Visibilizar esta racionalidad civilizatoria, afirmar que los conflictos no tienen por qué abocar a la violencia es parte importante de una educación que busca construir cultura de paz. Frente al valor de dar la muerte, el valor de cuidar la vida; frente al aplauso a las armas, el derecho a no matar. El feminismo tiene ante sí el reto no sólo de erradicar la violencia hacia las mujeres, algo que defienden todos los feminismos, sino de trabajar contra toda violencia. El feminismo pacifista ya está en este empeño.

 

NOTAS

[1] Virginia Woolf (1938) Three Guineas, The Hogarth Press, p. 127. Mi traducción.

[2] Gilligan, Carol: In A Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development. Harvard University Press, 1982. (Trad. La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino. México, Fondo de Cultura económica, 1985).

[3] Chodorow, Nancy (1978) The Reproduction of Mothering: Psychoanalysis and the Sociology of Gender, University of California Press.

[4] Magallón, Carmen (2016) “Ciencia desde las vidas de las mujeres, ¿mejor ciencia?”, Mètode. Revista de difusión de la investigación de la Universidad de Valencia, nº 91, pp. 56-63.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Carmen Magallón es presidenta de honor de WILPF España y presidenta de la Fundación SIP. Catedrática española de Física y Química especializada en la historia de las mujeres en la ciencia, el análisis epistemológico del quehacer científico y las relaciones entre género, ciencia y cultura de paz.

 

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