Revista con la A

25 de noviembre de 2018
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
60

Acoso, abusos sexuales y violación

Lucinda Lecaros Valverde, camarada Lucy

José Bernabé

Es muy difícil escribir sobre alguien con quien uno se siente comprometido, pues despierta emociones encontradas: de cariño, de amor, de nostalgia, de pena; sobre todo si esa persona ya no se encuentra en esta dimensión

Es muy difícil escribir sobre alguien con quien uno se siente comprometido, pues despierta emociones encontradas: de cariño, de amor, de nostalgia, de pena; sobre todo si esa persona ya no se encuentra en esta dimensión. Al escribir, intento evitar que la nostalgia me gane, no ha sido fácil lo confieso, y para ser sincero no hay día que no sienta su presencia y lamente su ausencia.

Mi abuela, Lucinda Lecaros Valverde, nació un 15 de agosto del año 1911, este año hubiera cumplido 107 años. Fue la menor de cinco hermanos, junto a ellos abrazó la causa contestataria y militó en el Partido Comunista del Perú en una época en la que la militancia era muy complicada, especialmente para las mujeres, a quienes solo les encargaban tareas de apoyo que, aunque importantes, no se les reconocía de forma destacada.

Lucinda Lecaros Valverde

La camarada Lucy, como se apodaba, conoció al Amauta, José Carlos Mariátegui, cuando este asistía a reuniones clandestinas en su casa en Barranco, reuniones que le sirvieron para formarse al amparo de uno de los más grandes pensadores de la realidad peruana y de la causa latinoamericana. Mi abuela comentaba que el Amauta llegaba en la parte trasera de un camión, pues para aquella época ya le habían amputado la pierna.

Luego, ella se casó con un joven oficial del ejército a quien convirtió a la causa revolucionaria al punto de convencerlo de colgar el uniforme militar. Tuvieron cuatro hijos. Sufrieron muchos problemas económicos, dado que el esposo, mi abuelo, al ser un perseguido político por haber desertado del ejército -luego de escapar de prisión-, se vio obligado a salir del país rumbo al Brasil. Tiempo después, cuando el general Sánchez Cerro, por ese entonces presidente del Perú, otorgó una amnistía general para que los oficiales regresasen y retomaran su carrera militar, mi abuelo no aceptó, pese a que ello hubiera significado una mejora económica y la ansiada reunión con su familia. Sánchez Cerro lo había perseguido durante mucho tiempo, motivo por el cual había tenido que huir, dejando a la abuela embarazada de su primer hijo. Eso era algo que no se podía soslayar, que él no podía perdonar.

Mi abuela decía las cosas como las sentía, rebelde frente a la injusticia y a los abusos de los poderosos

Un día apareció en la televisión una escena que marcaría para siempre mi vida, la imagen de un hombre con la barba descuidada, el torso desnudo, tirado sobre una loseta de cemento, con la mirada perdida, rodeado de algunos hombres que sin disimular su entusiasmo pugnaban por salir en la foto, algunos vistiendo uniforme militar. “¿Qué pasó?”, fue la pregunta inmediata, “¿porqué rodean a ese señor?”, que parecía sostener la mirada al techo o al cielo, no lo podía precisar en ese momento. “Es un guerrillero”, dijo mi abuela, “una persona que lucha por sus ideales, por el bienestar de los demás”, continuó diciendo, “está muerto, lo han matado, no podrá continuar con su lucha, no podrá ver a sus hijos, ni a su esposa, ni a nadie”. Esa era mi abuela, directa: decía las cosas como las sentía, rebelde frente a la injusticia y a los abusos de los poderosos. Mientras mi abuela hablaba, mi madre trataba de distraer mi atención para que no viera lo que aparecía en la televisión. Años más tarde entendería la trascendencia del difunto, era el Che Guevara.

Por diferentes circunstancias, que serían motivo de otro escrito, fue mi abuela la que me crió, aventura que aceptó con amor y alegría, a pesar de haber tenido que criar sola a cuatro hijos, con todas las dificultades que eso acarreó para una ama de casa que tuvo que abandonar la tranquilidad de su hogar para desempeñar diferentes labores que le permitieran un sustento económico: costurera, guardiana, entre muchos otros oficios mal pagados. Sus múltiples labores se aliviaron un poco al retorno de mi abuelo al Perú, dedicado a la venta de autos.

Una noche navideña, en ese fallido intento de encontrar el sueño, esperando con ansiedad la aparición del primer rayo de sol para bajar a la sala y descubrir los regalos, de pronto invadió mi mente aquella escena del hombre de barba descuidada y torso desnudo, pensé en la muerte, pensé que también la abuela podía morir, que ya no la vería, ni me contaría cuentos, ni historias -que no sé si fueron reales, la cosa es que eran fascinantes-.Yo no quería eso, no quería perderla, bajé corriendo las escaleras, la abracé y le hice prometer que no moriría nunca. Ella, por supuesto, lo prometió, y le creí. Recién hoy -después de tantos años-, logro entender lo vigente de su promesa aquella noche navideña, de eso hace ya 50 años, cuando me dijo que nunca moriría, una vez más me dio una lección, cumplió.

Mi abuela es sin duda la mujer que yo más admiro y una heroína cabal de la vida cotidiana, de la lucha revolucionaria, del mundo entero.

 

REFERENCIA CURRICULAR

José Bernabé Vargas Machuca es egresado de Sociología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Se desempeña como consultor en Derechos Humanos de los Migrantes, especialista en temas de Trata y Tráfico de personas, miembro del capítulo peruano de ObservaLAtrata. Es también editor de diversas publicaciones en temas de DD.HH.

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