Revista con la A

25 de septiembre de 2019
Número coordinado por:
Violeta Doval
65

Mujeres mauritanas. Feministas en un país profundamente patriarcal

Honeyland

La naturaleza es fuente infinita de recursos para el ser humano, o así se pensaba hasta que el capitalismo despiadado y el neoliberalismo radical llegó a niveles tan altos de destrucción de nuestro entorno que, aquello que dábamos por seguro y perenne, se mostró frágil y en peligro. Sin embargo, la certeza de que la naturaleza es un bien preciado y esencial que requiere de cuidado y atención especiales ha acompañado a las culturas indígenas, aquellas culturas originarias que han permanecido en nuestro planeta por muchos años, a pesar de los intentos de destruirlas. Para las grandes compañías extractivas y para todas aquellas empresas que profesan y practican la explotación indiscriminada de nuestros bienes, las culturas indígenas vienen siendo el único obstáculo para la consumación total y definitiva de los recursos naturales de nuestra madre Tierra.

Hay otros factores que agravan la situación de deterioro paulatino: la necesidad y la ignorancia. El daño que una persona puede hacer es inmenso, como se nos retrata hermosamente en el documental Honeyland (2019), realizado por Tamara Kotevska y Ljubomir Stefanov en la República de Macedonia. En un lejano lugar viven Hatidze Muratova y su madre anciana Mazife Muratova. Sus recursos son mínimos, apenas un techo bajo el que vivir y los utensilios básicos para subsistir. Ellas se sostienen económicamente del cultivo de la miel que realiza Hatidze. Su miel es pura, camina largas horas hacia la cima de una montaña en donde se encuentra un gran panal de abejas. Por años de experiencia sabe que la codicia es contraproducente, debe dejar suficiente miel para que las abejas puedan subsistir, así que su lógica es compartir mitad y mitad con ellas, tomando una parte de la miel y trayendo a las diligentes obreras con ella, pero dejando en su lugar original a la reina y sus otras ayudantes.

El sistema le funciona bien, cada vez que cosecha miel toma un bus para ir a la ciudad, en donde vende su miel en el mercado local, miel pura que tiene propiedades medicinales. Con el dinero ganado trae fruta para su madre y otros manjares naturales que ella no puede producir por sí misma. Su vida transcurre así en armonía y paz, rodeada de animales y de los recuerdos que ella y su madre intercambian. La cámara nos sitúa en la intimidad de una habitación que parece no tener suficiente espacio para nadie más y, sin embargo, como espectadores estamos arrimados ahí, casi sintiendo la respiración de Hatidze en nuestro rostro.

Un día llega la familia Sam, Hussein y Ljutvie tienen múltiples hijos de todas las edades y llegan con un buen número de cabezas de ganado. En pocas escenas sabemos que se trata de unos advenedizos, su forma de ordeñar las vacas y tratar a los becerros es abusiva y precaria. Por la cercanía hacen amistad con Hatidze y conocen de su producción de miel. La miel es deliciosa y les parece un trabajo fácil, así que Hussein decide incursionar en ese rubro. Diligentemente Hatidze le explica todo lo que sabe y las precauciones que debe tomar para tener éxito y para, más importante aún, no afectar a las abejas de ella, a quienes cuida con amor y canta para que trabajen felices. Sin embargo, Hussein es visitado por un mercader que lo instiga a cosechar la miel antes de tiempo y a producir miel en tiempos de escasez, la presión que ejerce este personaje es nefasta y es equivalente a la del capitalismo sobre la naturaleza entera. Las consecuencias no se dejan esperar, dejando tras de sí destrucción y muerte.

Hussein arguye en la necesidad de velar por sus hijos la urgencia de ganar dinero, asegura que son sus hijos la verdadera riqueza que posee. Sin embargo, sus prácticas depredadoras atentan principalmente contra el bienestar y la subsistencia de aquellos a quien cree beneficiar. Esos hijos que han venido al mundo a trabajar de día y de noche junto a sus padres, a no tener descanso, a no recibir educación y, por tanto, a perpetuar las mismas condiciones de ignorancia y necesidad que sus progenitores. Cuando la naturaleza colapsa son precisamente ellos, los más necesitados, aquellos cuyo único recurso está en los bienes preciados a su alrededor, quienes sienten el impacto inmediato y ven así amenazada su existencia.

Multipremiada en Sundance y en otros festivales internacionales, Honeyland es un documental que busca generar consciencia ecológica en las y los espectadores, la urgencia de un cambio vital en nuestra forma de existir y la posibilidad de hallar belleza, bondad y fuerza en personas con rostros e idiomas diferentes a los nuestros, pero a quienes les debemos el cuidado y el amor que le entregan a nuestra madre Tierra.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Bethsabé Huamán Andía es Crítica de cine y crítica literaria. Escritora, Feminista y pescetariana. Licenciada en literatura, magister en estudios de género y Doctora en Literatura.

 

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