Revista con la A

25 de noviembre de 2019
Número coordinado por:
Anastasia Téllez
66

Violencia de Género Institucional

¿Es la heterosexualidad obligatoria la política sexual del capitalismo?

Amaia Pérez-Sara Lafuente

El capitalismo impone un ideal de autosuficiencia ligado a la masculinidad blanca como modelo de éxito. El éxito en el mercado exige carecer de vínculos horizontales: no debe haber nada que condicione la plena disponibilidad para la empresa

Quizá sea esta la pregunta del millón ¡y no vamos a resolverla aquí! A menudo alertamos sobre los intentos del capitalismo de integrar cualquier diferencia siempre y cuando pueda hacer negocio con ella. Señalamos al capitalismo rosa como mecanismo de coopción de la disidencia sexual y de género. Denunciamos que es accesible solo para una minoría privilegiada (blanca, europea, de clase media-alta). Y llamamos a rebelarnos contra ello.

Todo eso, sí. Pero… ¿hay más? Aquí defendemos que sí, hay más.

El capitalismo impone un ideal de autosuficiencia ligado a la masculinidad blanca como modelo de éxito. El éxito en el mercado exige carecer de vínculos horizontales: no debe haber nada que condicione la plena disponibilidad para la empresa, ni necesidades no resueltas, ni responsabilidades sobre la vida ajena. Trabajadores cuidados, pero libres de cuidados. Porque para que esa autosuficiencia exista hace falta que alguien la sujete: sujetos que construyan su identidad para el resto, haciendo lo que haya que hacer para garantizar el bien-estar ajeno, los trabajos residuales, los no valorados o no asumidos por otros en función de deseos propios. He aquí la feminidad hegemónica, construida sobre ese todo por amor (heteronormativo, aunque no necesariamente expresado en relaciones heterosexuales): una ética del ¿cuidado? que es reaccionaria. Y lo es porque cuida la vida ajena en detrimento de la propia; porque solo cuida a quienes entran dentro de un núcleo estrecho de pertenencia (la familia heteropatriarcal) o a quienes tienen dinero para pagarlo, y porque su despliegue sirve para ocultar conflictos sociales, acallarlos y situarlos de puertas para dentro. Si (el sistema) te pega, aguanta.

Tenemos una estructura económica que precisa del funcionamiento de la heteronorma para que fluya el engranaje

La heteronorma garantiza trabajadores libres de cuidados y trabajadoras inmoladas, que garantizan la familia nuclear donde se subsume el conflicto capital-vida, y actúa más allá de las relaciones sexuales establecidas. Tenemos una estructura económica que precisa del funcionamiento de la heteronorma para que fluya el engranaje.

Pero la matriz heterosexual se expande más allá para dictaminar cómo debemos comprender las estructuras económicas: la producción y el mercado capitalista frente a la reproducción y la sostenibilidad de la vida. El capitalismo es binarista, y es heteronormativo: divide el mundo en dos negando los espacios intermedios; o M o F, o produces o reproduces, o creces o te estancas (¿desapareces?). Los mercados capitalistas se auto-legitiman: ellos producen, colman deseos; imponen un ideal de progreso ligado a la masculinidad blanca: citius, altius, fortius: más lejos, más alto, más fuerte. El resto se limita a reproducir, se ata a las necesidades. Reproducir vida no es suficiente, con la vida hay que hacer algo más importante que el hecho mismo de vivir. El valor está siempre en otra parte.

Esa producción (de capital) y esa reproducción (de la vida) se relacionan a través del mecanismo de “heterosexualidad obligatoria”, como lo calificó Adrienne Rich en 1980. Este se refiere a un vuelco de la mujer en el hombre que va mucho más allá de la mera sexualidad. Las mujeres, reducidas al estatuto de sentimiento y corporeidad (vedadas de realizarse individualmente mediante el intelecto) dedican ese sentimiento, ese apoyo emocional, a los hombres, al un hombre, a quien entregan, además, su fuerza de trabajo. La heterosexualidad obligatoria es una institución política en la que el acto de control de la mujer se erotiza, siendo este uno de los elementos que convierten al patriarcado en un poderosísimo sistema. Y algo similar sucede con la relación entre producción y reproducción: nos venden que el único sentido de reproducir es generar mano de obra para producir.

El heteropatriarcado es un sistema de regulación de cuerpos y sexualidades, y también de ordenamiento de esferas socioeconómicas

Pero nosotras hacemos una lectura bien distinta. Denunciamos que la imposición de la lógica de acumulación conlleva una amenaza constante sobre la vida. ¿Dónde se resuelven las tropelías cometidas contra la vida?, ¿dónde se atiende a todas las dimensiones de la vida que no son rentables, de las que los mercados se desentienden? La responsabilidad de sostener la vida en un sistema que la ataca se asume en esferas socioeconómicas que están privatizadas (no se organizan en común, sino que se meten en el ámbito de lo doméstico-familiar o se compran privadamente en el mercado), invisibilizadas y feminizadas (todo por amor). Lo que nosotras decimos es que la reproducción se invisibiliza para quitarle potencia política, para dificultar denunciar desde ella un sistema que ataca lo vivo. El heteropatriarcado es un sistema de regulación de cuerpos y sexualidades, y también de ordenamiento de esferas socioeconómicas: he ahí los cuidados inmolados, esos ámbitos feminizados al servicio de los mercados masculinizados.

Si el binarismo heteronormativo es imprescindible para mantener en pie el capitalismo, ¿las prácticas micro de desobediencia sexual y de género tienen el potencial para desestabilizar ese sistema de regulación de cuerpos, identidades y estructuras económicas?, ¿para romper con la ética reaccionaria del cuidado y la autosuficiencia?

O estallamos el género, o no logramos combatir el capitalismo. O estallamos la heterosexualidad obligatoria, o no logramos combatir el capitalismo. Plegadxs a la matriz heterosexual, nos convertimos en sujetos dañados: hombres que anhelan autosuficiencia y mujeres que aguantan por amor. Ambas son subjetividades dañadas que impiden resolver la interdependencia en términos de horizontalidad. Ojo, con responsabilidades asimétricas y con acceso diferencial al privilegio, pero dañados y que ejercen daño. Solo desde ahí podremos construir una lógica económica distinta, aquella que quizá podríamos llamar una lógica ecológica del cuidado. Una lógica que no está ni en la ética productivista de la masculinidad blanca, ni en las éticas (neo)serviles de los sujetos subordinados al BBVAh (al blanco burgués varón asfaltado y hetero; el sujeto dominante en este sistema). Es una lógica que hoy por hoy no existe como estructura colectiva. ¿Estamos inventándola en las prácticas y subjetividades que desplegamos en desobediencia? ¿Qué nuevas estructuras socioeconómicas construimos? ¿Las construimos? ¿Qué capacidad tienen nuestros espacios de pensamiento y acción política de sostener las vidas por las que (y desde las que) luchamos? ¿Romper con el modelo de familia nuclear heteronormativa conformando familias de elección puede hacerse revalorizando los trabajos no remunerados o seguimos sin querer ser quien limpia el wáter? ¿Nombramos el conflicto capital-vida como una práctica transfeminista de ruptura de la paz social, esa que garantiza la heterosexualidad obligatoria entre producción y reproducción? ¿Contamos con esos agentes feminizados como sujetos políticos, con fuerza para cuestionar la escandalosa Cosa desde las esferas invisibilizadas? Acabamos como empezábamos, con preguntas. No queremos concluir nada, solo lanzar nudos abiertos para el debate y la experimentación.

 

REFERENCIAS CURRICULARES

Amaia Pérez Orozco se dedica a algo tan poco “económico” como la economía feminista. Participa en movimientos sociales y, sobre todo, en los feminismos; aspira a escindir lo menos posible la política y lo laboral.

Sara Lafuente Funes es socióloga feminista; combina el trabajo en la Universidad de Goethe-Frankfurt con la voluntad de abrir y participar en debates feministas y anticapitalistas sobre la reproducción en sentido amplio (de crianzas, de estructuras, de la heteronormatividad…)

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