Revista con la A

25 de septiembre de 2019
Número coordinado por:
Violeta Doval
65

Mujeres mauritanas. Feministas en un país profundamente patriarcal

El hartazgo de los hombres

Eduardo J. Gil

No sé si a los hombres que lean este artículo les pasará lo mismo, pero yo empiezo a estar cansado. No hablo de cansancio físico (aunque también, puesto que creo que nací cansado…), hablo de un hartazgo más general y exclusivamente emocional ante todo lo que nos toca aguantar. Los hombres llevamos años viviendo según este coloso encandilador que es el modelo patriarcal, el cual moldea y perpetúa nuestra forma de ser para que logremos unos objetivos establecidos por “no se sabe muy bien quién”, que no siempre están a nuestro alcance y que, sobre todo, no responden a una realidad basada en la diversidad individual. Es decir, ni todos los hombres somos iguales, ni todos los hombres queremos serlo. Según lo que percibo a mi alrededor, parece ser que los hombres tenemos que ser siempre los primeros en todo, los más fuertes, los más guapos, los más listos, los que siempre ganamos, los que más follamos y los que más grande la tenemos… ¡Qué agonía!

Los hombres tenemos que ser siempre los primeros en todo… ¡Qué agonía!

Yo no tuve una infancia fácil. Al menos en lo que a sociabilidad se refiere y sobre todo al entrar en contacto con otros niños (varones). Siempre terminaban por ridiculizarme y hacerme “bulling”. Nunca entendí el porqué, hasta hace poco. Y muchos adultos, por aquel entonces, tampoco me proporcionaban claves para entenderlo. Se limitaban a decirme que los niños pueden llegar a ser muy crueles y que esto “es así y punto”. ¡Cómo detesto esa frase! ¡La expresión más hedionda del conformismo! Cuando los humanos nos limitamos a explicar patrones de conducta como si fuesen leyes físicas fuera de nuestro alcance y control.

Durante mi niñez era tan “friki” como ahora y, claro, como ser solitario de agenda vacía esperaba encontrar afinidad en la socialización. Yo quería hablar de cine, de literatura, de astronomía, de filosofía, de música, de cómics… Lamentablemente lo que me encontré fue un grupo de chicos que hablaban tan sólo de fútbol, coches, videojuegos, peleas y alguna que otra peli de acción. Esos eran los únicos temas de conversación (bueno, y a medida que nuestra edad avanzaba abrimos un apartado especial para las mujeres). Mis primeros intentos no fueron muy fructíferos frente a semejante repertorio de banalidades. Enseguida se me etiquetó de rarito, apestado, anormal y también, a medida que me fui apartando de ciertos círculos, de homosexual. Como si todos esos atributos fuesen brotes de una enfermedad contagiosa… ¡Ojo, no soy ningún santo! A veces también participé cuando el objetivo de la burla no era yo y me detesto por ello.

Los años fueron pasando y la situación no mejoraba. Tal era mi ansia por adaptarme y por ser aceptado que a los trece años claudiqué y me puse frente al televisor para presenciar un evento que hasta ese momento odiaba desde las entrañas: el fútbol. He de admitir que, desde entonces y hasta ahora, el fútbol me encanta pero nunca hay que olvidar el origen y el porqué de las cosas. 

Una vez logré ser aceptado, mi número de amistades aumentó, pero la incomodidad, la inseguridad y la timidez seguían presentes. Todas ellas se acentuaron durante el descubrimiento de la sexualidad. En aquella época, como ahora, eran tantas las clases de educación sexual que recibíamos que resultaba abrumador. ¡No sé por qué lo llamaban colegio y un directamente instituto de sexología! ¿Se percibe bien el sarcasmo? ¡Correcto! La introducción de las mentes y cuerpos jóvenes a la sexualidad era tan nula que teníamos que sacarnos las castañas del fuego como podíamos y, por desgracia, no de la mejor manera. La pornografía pasó a ser nuestra clase de conducta sexual y, como todo el mundo sabe, el cine porno es igualitario, respetuoso, veraz, bla, bla, bla. Afortunadamente mi madre siempre me inculcó valores de tolerancia, igualdad y respeto, y eso, a la larga, ha terminado por salvarme. Insisto, no soy ningún santo. Me costó mucho darme cuenta de mi implicación en este delito interminable llamado desigualdad.

La responsabilidad por acción es terrible pero la responsabilidad por omisión es peor

Si los hombres queremos ser parte importante en este proceso de cambio hacia una sociedad más igualitaria hemos de asumir nuestra ignorada responsabilidad. Ya sea directa o indirecta. Todos los hombres somos responsables y, por ende, tendríamos que ser los primeros feministas. La responsabilidad por acción es terrible pero la responsabilidad por omisión es peor. No basta con decir “yo nunca he…”.

El gran problema de los hombres es que no tenemos ni idea de lo que significa ser una mujer. Tendemos a tirar de las típicas construcciones de identidad no sólo para consolidar una idea errónea, sino también para esquivar la posibilidad de cambiarla. Pregunten a cualquier mujer cuántas veces ha sufrido acoso (ya sea físico o verbal). Pregunten a cualquier mujer cuántas veces ha recibido comentarios flagrantemente inapropiados. Más de uno se quedará con la boca abierta. Y el asombro estará totalmente justificado porque se sustenta en nuestra ignorancia.

Ahora, cojan a cualquier hombre y pregúntenle lo mismo. Cojamos ambas respuestas, analicémoslas y después tengamos (nosotros) la osadía de alzar nuestras voces y nuestros avatares virtuales para dar lecciones de igualdad. Muchos me dicen que no es nuestra lucha. Yo respondo que son “los pudientes” quienes pueden elegir bando. Por eso, a diferencia del más que simplista esquema mental que utiliza el conservadurismo y el capitalismo, me gusta la gente rica de izquierdas. Ellas pueden elegir bando y sería mucho más cómodo tirar de individualismo, barrer para casa y a los demás ¡qué les den! Pues lo mismo pasa con el feminismo.

Los hombres tenemos elección y, sobre todo, tenemos la capacidad de ayudar muchísimo en un problema que nos afecta de lleno. No sólo para intentar lograr un mundo más igualitario sino también para que nos quitemos las etiquetas que el propio sistema nos ha impuesto sin nosotros pedirlo y sin él preguntarlo.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Eduardo J. Gil es licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad Europea de Madrid) y Máster en ficción en cine y televisión (Universidad Ramón Llull, Barcelona). Escritor, además de la publicación de artículos, quedó finalista en el concurso de relatos El Fungible, 2007. En el campo cinematográfico, ha realizado varios cortos. También toca el piano, instrumento con el que ha compuesto bandas sonoras para cortometrajes y obras de teatro.

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