Revista con la A

25 de marzo de 2021
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán y Danilo Assis Clímaco
74

Laberintos de la masculinidad

Efecto Musa

Recientemente, la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas ha lanzado la campaña “no more Matildas” (https://www.nomorematildas.com/), reivindicando la presencia de las mujeres científicas en los materiales educativos. Durante siglos, su labor ha sido ignorada y silenciada. El mérito de sus logros y sus descubrimientos era adjudicado a alguno de sus compañeros. Es el llamado “efecto Matilda”, en honor a Matilda Joslyn Gage, la primera activista en denunciar esta injusta situación. Al ser borradas por la historia, no pudieron convertirse en ejemplos y referentes para otras niñas y mujeres perpetuando, una vez más, estereotipos como que la ciencia es cosa de hombres.

Nos repiten constantemente que los tiempos han cambiado. Que la igualdad ya es una realidad. Pero sabemos que no es así. Sólo un 28 por ciento de las plazas en las carreras científicas son ocupadas por mujeres. Y solo un 7 por ciento de los referentes científicos en los materiales educativos son femeninos. Si no mostramos a las niñas y jóvenes espejos en los que puedan verse reflejadas, ¿cómo vamos a construir esa “igualdad” de la que tanto hablamos?

Las científicas tienen su “efecto Matilda”. Las mujeres de la cultura tenemos, por desgracia, una losa similar. Algo que se podría denominar “efecto musa”.

El olvido histórico de la aportación de las mujeres al teatro ha sido absoluto. Es lógico, ya que, durante siglos, han sido los hombres quienes han escrito la historia y lo han hecho desde un punto de vista masculino. Grandes artistas masculinos, inspirados por sus musas, sus mujeres, su “fuente de inspiración”, las transmisoras del arte y del talento, pero nunca las ejecutoras. Una historia que nos ha intentado convencer de que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer” Detrás. No al lado, o en frente, y mucho menos, delante.

Detrás. Tanto que hubo que esperar al S. XV para que los papeles femeninos dejasen de ser interpretados por hombres y se permitiese a las mujeres actuar. Pero solo se les permitía si estaban casadas. Desde entonces, la presencia de actrices sobre el escenario ha ido creciendo a lo largo de los años, pero sin llegar a equilibrar del todo la balanza cuantitativamente y, mucho menos, cualitativamente. Los personajes masculinos han seguido siendo los que han tenido el peso dramático mientras que los femeninos han sido los que acompañan. Ellos, los que hacen que “las cosas pasen”. Ellas, “a las que las cosas les pasan”. Ellos, los sujetos activos de la acción. Ellas, los pasivos.

El desequilibrio ha existido y existe en el sector de la interpretación. Pero es todavía más evidente en otros sectores artísticos. Directoras, productoras de teatro, técnicas, directoras de arte…

Y dramaturgas. Otras grandes silenciadas. Otras que, como las científicas, no existen en los libros de texto. Las que publicaban con pseudónimo, o no llegaban a ser publicadas por ser mujeres, o llegaban a ser publicadas pero eran tremendamente infravaloradas.

Desde Rosmitha de Gandersheim o las juglaresas y trovadoras del medievo que la historia quiso borrar a Ana Caro o Mallén de Soto, escritoras del siglo de oro de las que apenas se sabe nada. Pocos son los nombres que han trascendido, y la mayor parte de ellos han surgido a partir del S.XIX: Alfonsina Storni, Sarah Kane, Yasmina Reza, Susan Glaspell, Ana Julia Rojas o Emilia Pardo Bazán.

Desde finales del S. XX hemos podido conocer la obra de grandes dramaturgas, cuyas obras se han estrenado con éxito en grandes escenarios. Pero la balanza sigue estando descompensada. Y si nos preocupa que la historia esté contada desde un punto de vista exclusivamente masculino, necesitamos autoras para reescribirla. Necesitamos dramaturgas que den voz a las mujeres; que las conviertan en protagonistas y no en madres sufridoras y amantes despechadas, que nos muestren a cirujanas, empresarias, juezas, arquitectas; que nos muestren a mujeres que son dueñas de sus vidas, y que no están “detrás” de un gran hombre, sino al lado, o en frente, o donde ellas elijan estar.

Necesitemos que escriban y construyan universos donde podamos ver a mujeres científicas, para que la historia no las pueda volver a silenciar y para que las niñas encuentren en ellas a sus referentes. El teatro es un espejo para el mundo y también escribe la historia. Reescribamos la historia. No more Matildas. No more musas.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Jazmín Abuín Janeiro es una actriz, cantante y periodista nacida en Vigo, de padre gallego y madre canadiense. Ha trabajado en numerosos musicales y obras de teatro. También ha trabajado en cine y en varias series de televisión. Además, es docente, activista y forma parte de una ONG con la que lleva el teatro a los hospitales para las niñas y niños hospitalizados. 

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