Revista con la A

25 de mayo de 2021
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
75

La utilidad del feminismo

Cómo dejé de trabajar gratis gracias al feminismo

Coral Herrera

Coral Herrera

El día 1 de Mayo, Día Internacional del Trabajo, propuse a las mujeres en mi muro un sencillo ejercicio que consistía en calcular las horas que han trabajado gratis para su marido y su patrón (o patrones)

El día 1 de Mayo, Día Internacional del Trabajo, propuse a las mujeres en mi muro un sencillo ejercicio que consistía en calcular las horas que han trabajado gratis para su marido y su patrón (o patrones). Encontré una herramienta muy útil para calcularlo, pero cuando me puse yo a hacer el ejercicio, me di cuenta de que no era tan sencillo como parecía.

En mi caso, calcular la cantidad de horas que he trabajado gratis para hombres en sus universidades, empresas, medios de comunicación, etc. desde el año 2010 se me antojó una tarea imposible. Porque no es sólo calcular lo que dejé de cobrar, sino también el dinero que me gasté en desplazamientos, alojamiento, comida, etc.

Trabajar gratis es muy caro, pero tardé mucho en darme cuenta.

El día en que decidí que sólo trabajaría de un modo altruista para causas sociales y políticas, para proyectos culturales y para colectivos sin ánimo de lucro, mi vida cambió por completo.

Pero me llevó 10 años llegar a este momento.

¿Y cómo llegué a este pacto solemne conmigo misma? Pues gracias al feminismo, gracias a mis compañeras feministas.

Con ellas empecé a entender que lo de trabajar gratis no era un problema mío, sino un problema colectivo, que además afecta muchísimo más a las mujeres que a los hombres. Entendí que la precariedad y el abuso que sufría no se debían a mi forma de ser, sino a un sistema basado en la explotación.

A las mujeres nos explotan en todos los ámbitos: laboral, doméstico, sexual, reproductivo, emocional. Y el sistema capitalista se sostiene sobre esta explotación: sin nuestro trabajo gratis, sin nuestra energía y nuestro tiempo, nada funcionaría, y los hombres no podrían hacerse ricos.

Con mis compañeras feministas entendí por qué lo personal es político: porque lo que nos pasa a una, nos pasa a todas.

Trabajar gratis es un acto insolidario que hace mucho daño a todas las compañeras que se dedican a lo mismo que tú

Nos hemos hecho muchas preguntas a lo largo de estos años que nos han ido ayudando a tomar conciencia de que trabajar gratis es un acto insolidario que hace mucho daño a todas las compañeras que se dedican a lo mismo que tú. Porque si tú escribes e impartes formación gratis, impides que contraten a otras mujeres, y por supuesto que te contraten a ti misma. Devalúas completamente tu trabajo y el de tus compañeras.

Es duro cuando te das cuenta, pero es super necesario hacerse preguntas y confrontar la realidad, aunque duela. Os comparto algunas de estas preguntas que nos ayudaron:

¿Cómo consiguen los hombres que trabajemos gratis para ellos? A casi todas nosotras nos dicen lo mismo: “así te das a conocer”, “así te engorda el currículum”, “trabajar para nosotros aumenta tu prestigio”.

Pero lo cierto es que con prestigio no se puede pagar el alquiler, el agua y la luz. No puedes comprar pan ni pagar el teléfono, ni ir al dentista, ni puedes comprar alimentos. 

¿Por qué nadie le dice a un fontanero, a un dentista, a un electricista o a un ingeniero que trabajen gratis?

Porque todos valoramos su trabajo, sus habilidades técnicas, sus conocimientos y su experiencia.

¿Por qué los hombres cobran más por su trabajo que nosotras las mujeres? Porque ellos también valoran su trabajo.

Mi amiga María Martín Barranco, que es una mujer muy sabia, nos puso un ejercicio: empezar a fijarnos en cómo negocian los hombres, cómo defienden el valor de su tiempo, y lo bien que exhiben sus competencias para venderse a sí mismos.

Me quedé maravillada al darme cuenta de que cuanto más se valoran a sí mismos, más les valoran las empresas, las universidades y las instituciones. Es decir, que se crea un efecto espejo: si yo tengo claro que soy valiosa, los demás me valoran más.

¿Por qué a la gente le gusta gastarse mucho dinero en algunas cosas, y otras las quiere gratis?

Porque la gente valora las cosas caras y no da valor a las cosas baratas. Asocian lo caro a lo bueno. Vean este experimento: una empresa de calzado barato en Nueva York se inventa una marca nueva, saca los zapatos a la venta con precios desorbitantes, y hace una exitosa campaña publicitaria. Lograron que la gente hiciese filas enormes para pagar 400 dólares por zapatos que en realidad costaban 20 dólares. 

Más preguntas dolorosas: ¿quién me mantiene mientras yo trabajo gratis? ¿quién paga mis facturas? ¿cómo afecta a esa persona que yo no tenga ingresos? ¿qué tipo de relación puedo tener con alguien desde la dependencia económica? ¿es justo que alguien tenga que sostenerme mientras yo trabajo gratis con la excusa de que así me voy haciendo conocida?

¿Qué pasa cuando eres conocida? Que te siguen ofreciendo trabajo gratis.

El camino que recorres hasta que llegas a la conclusión de que no puedes permitirte el lujo de trabajar gratis no es fácil. Hay momentos mejores y peores. Yo he tenido varias crisis, y recuerdo una de ellas: fue el día en que me bajé del escenario en un congreso sintiéndome una estafadora.

Me desahogué con mi amiga María, que comprendía muy bien cómo me estaba sintiendo.

  • No es coherente estar animando a las mujeres para que confíen en sí mismas, se valoren a sí mismas y se empoderen, mientras yo no logro empoderarme, ni valorar mi trabajo ni mi tiempo. Soy una impostora, citando a Federici para explicarle a las mujeres lo injusto que es que se aprovechen de nuestra necesidad, y la forma en que sostenemos este sistema económico con toneladas de horas gratis. Es que me siento hasta culpable: ¡yo misma estoy colaborando con este sistema de explotación dejando que me exploten!
  • ¿Y por qué estás aquí entonces? Porque crees en lo que haces, y crees que puedes ayudar a las demás mujeres. El problema es que confundimos militancia con trabajo. Tú aportas al feminismo ofreciendo contenidos gratis en tu blog, haciendo vídeos, y dando charlas en colectivos que no se lucran con tu trabajo. Y está bien. Pero cuando trabajas para alguien que tiene dinero, tienes que cobrar.
  • Lo sé, pero si te dicen que no tienen dinero…
  • Sí hay dinero, pero lo invierten en cosas importantes. Mira a tu alrededor: todos los que cobran aquí son hombres, ¿ves al técnico de sonido, al fotógrafo, al camarero que reparte los vinos después de las conferencias? Todos ellos cobran: el dueño del catering, el taxista que nos trajo en la furgoneta, el dueño de la empresa que ha hecho los carteles, los folletos y los banners, el recepcionista y el dueño del hotel donde nos alojamos… Ellos ganan dinero mientras nosotras hablamos del derecho que tenemos todas las mujeres a tener ingresos. Ellos viven en la práctica, nosotras en la teoría. Ellos están trabajando, nosotras estamos pasando el rato, hablando de la igualdad, la justicia social, los derechos humanos y esas cosas tan bonitas. Nosotras confundimos el trabajo con la militancia, con el amor, con los cuidados… no dignificamos nuestro trabajo porque ser una científica social no es un trabajo respetable. Nuestros conocimientos, nuestras habilidades, nuestra experiencia y nuestros aportes no tienen valor porque nos dedicamos a “cosas de mujeres”.

Me ayudaba charlar con mis amigas porque cuanto más claro lo veía, más crecía en mí la rebeldía feminista. Mis amigas tenían que recordarme cosas como: no eres una fracasada, no eres la única que permites que los demás se aprovechen de ti. No es que no sepas ganar dinero, es que hay gente que se aprovecha de tu necesidad, así es el capitalismo y el patriarcado.

Mis amigas y yo hemos hablado mucho sobre cómo nos han educado para ser complacientes y para asumir nuestra inferioridad como algo normal o natural. Por eso no sabemos ponerle precio a nuestro trabajo, ni sabemos negociar, ni firmar contratos, y nos cuesta un mundo entero decir que no cuando nos ofrecen trabajar gratis.

Se parece al miedo que sentimos al decir que no cuando no queremos tener sexo.

Decir NO es casi una odisea para las mujeres, en todos los ámbitos, por eso estamos más sometidas que los hombres a la explotación y al abuso. 

¿No os pasa que os sentís malas personas cuando decís “no”? De nosotras las mujeres se espera que seamos generosas, altruistas, entregadas, y que no le demos ninguna importancia al dinero.

Pero cuando no tienes para comer, es obvio que el dinero lo es todo.

Porque cuando eres feminista se supone que no estás buscando que aparezca un hombre que te mantenga: a mí me han educado para relacionarme con los hombres no desde el interés ni la necesidad, sino desde la libertad.

Y no hay libertad ni autonomía posible cuando no hay ingresos.

 “Coral, tu tiempo y tu energía valen oro: son de los dos bienes más escasos en la actualidad, especialmente cuando te conviertes en madre. No los puedes regalar a lo tonto, son tu mayor tesoro”, me decía mi amiga María, y sus palabras se convirtieron en un mantra para mí. Me las he repetido mucho en estos años.

Mi carrera profesional, como la de muchas mujeres que se dedican a las ciencias sociales, está marcada por la precariedad

Yo soñaba con entrar a trabajar en una Universidad y tener unos ingresos dignos, pero nunca lo logré. Mi carrera profesional, como la de muchas mujeres que se dedican a las ciencias sociales, está marcada por la precariedad: cuando terminé el doctorado en Humanidades, yo quería dedicarme a la investigación y a la docencia, pero las Universidades de España estaban echando a cientos de profesores y profesoras a la calle. Era la crisis provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria de 2008: tuve que volver a casa de mis padres y quitar de mi curriculum el doctorado, para poder trabajar de cualquier cosa.

Después de dos años de trabajos precarios, derrotada, tuve que emigrar (igual que miles de españoles y españolas con títulos universitarios e idiomas), pero en Costa Rica me pasó lo mismo: di clases, conferencias, talleres gratis, colaboré en revistas gratis, y busqué desesperadamente trabajo remunerado, pero me costó ocho años conseguir un contrato precario y temporal en una Universidad. Viví de algunas consultorías para organismos internacionales, y del apoyo de mi compañero, pero mientras, no paré de trabajar gratis.

Ahora me arrepiento porque siento que demasiada gente abusó de mí, y siento que no supe cuidarme ni valorar mi trabajo. Entonces me recuerdo a mí misma que las mujeres hemos sido educadas para darnos a los demás, para ser complacientes, para pensar en el bienestar de los demás antes que en el nuestro, para ser generosas, abnegadas y altruistas.

A los hombres hablar de dinero les otorga más prestigio y les hace parecer exitosos, a las mujeres nos hace parecer calculadoras, frías, ambiciosas y egoístas. Por eso no sabemos relacionarnos bien con el dinero, porque lo sentimos como algo “sucio”, y nos sentimos culpables si triunfamos y ganamos mucho. Nuestra cultura no perdona a las mujeres con éxito económico.

A los hombres hablar de dinero les otorga más prestigio y les hace parecer exitosos, a las mujeres nos hace parecer calculadoras

Yo fui educada por una mamá feminista, pero vivo en el patriarcado y de algún modo he asumido el rol femenino que me lleva a creer que las necesidades de los demás son más importantes que las mías, que lo “normal” en las mujeres es hacer renuncias y sacrificios, que lo más hermoso que podemos hacer es cuidar a los demás y dejar que los demás se aprovechen y abusen de nosotras, porque no hay nada más bonito que amar y cuidar sin esperar nada a cambio.

Trato de no ser muy dura conmigo misma: me sabía la teoría feminista, pero no tenía herramientas para llevarla a la práctica. Yo empoderaba a otras mujeres, pero no sabía cómo empoderarme yo a mí misma. 

Ahora puedo decir que he logrado grandes avances. Desde que terminé mi tesis me he volcado en intentar que el feminismo nos sea útil y nos ayude a todas a conseguir la autonomía emocional y la autonomía económica que necesitamos para ser libres y para no vivir de rodillas frente a los hombres.

Voy muy bien en el trabajo por alcanzar la autonomía emocional: llevo años convirtiendo el conocimiento en herramientas para poder relacionarme sexual y afectivamente desde la libertad, y no desde la necesidad. Ahora ya no vivo el amor de pareja como una experiencia carcelaria, soy dueña de mi amor, sé cuidarme mucho mejor, y me ahorro toneladas de sufrimiento innecesario haciendo elecciones y tomando decisiones.

Pero mi autonomía económica sigue siendo una gran asignatura pendiente. Aún hoy, a mis 43 años, sigo teniendo una relación nefasta con el dinero. Se me da muy mal poner un precio a mi trabajo, se me da fatal hacer contactos y cultivar amistades dentro de mi gremio, no sé hacer pasillos ni despachos, no se me dan bien las relaciones de poder.

No es fácil ser una trabajadora autónoma: dedico mucha energía a luchar contra el miedo

Ya no sufro por amor, pero sigo sufriendo por mis ingresos. No es fácil ser una trabajadora autónoma: dedico mucha energía a luchar contra el miedo. Es un monstruo grande que se te viene encima cuanto más insegura te sientes, y más ahora que soy la principal proveedora de ingresos de mi familia. Pienso todo el tiempo: ¿y si una metedura de pata en redes arruina toda mi carrera? ¿y si me dejan de llamar? ¿y si la cantidad de impuestos que pago hace inviable este modo de vida porque gasto más de lo que cobro? ¿y si…?

La única manera de vivir sin tanto miedo es reunirme con mis amigas feministas, trabajarme la autoestima, valorar mi trabajo, consolidar la confianza en mí misma y en el amor que le pongo a mi trabajo.

También estoy trabajando muchísimo la asertividad: igual que muchas otras mujeres, no soporto decir que no, me cuesta muchísimo poner límites, y la vida no hace más que obligarme a entrenar en este noble arte: casi todos los días recibo ofertas para trabajar gratis.

A veces percibo en las personas que me invitan algo de angustia por no poder ofrecerme remuneración: les suele pasar a las mujeres. Otras veces siento justo lo contrario: me siento mal tratada cuando me quieren hacer creer que me están haciendo un favor: la mayoría suelen ser hombres. 

Me ayuda mucho decirme a mí misma que una parte fundamental del autocuidado es pensar en todas las mujeres que se dedican a lo mismo que yo, y ser leal al pacto que hice conmigo misma aquel día en el que me comprometí a valorar mi tiempo, mi energía y mi trabajo, y a ser solidaria con mis compañeras.

Desde entonces me doy cuenta de que el feminismo nos ayuda realmente a todas a vivir mejor cuando trabajamos para que la utopía transforme nuestra realidad: el objetivo es que todas podamos decir que no, aunque tengamos que decirlo todos los días. Lo mismo al patrón que al marido: que no, que no trabajamos gratis, ni por amor, ni por necesidad. Que no, que ya no trabajamos gratis, nunca más.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Coral Herrera Gómez es Doctora en Humanidades y Comunicación Audiovisual, es escritora y profesora, y ciberactivista feminista. Desde hace quince años investiga sobre el tema del amor romántico, el feminismo y las masculinidades. Ha publicado siete libros en España: “Dueña de mi amor”, editorial Catarata; “Cómo disfrutar del amor”, Ediciones B; “La construcción sociocultural del Amor romántico”, Editorial Fundamentos; “Masculinidades No Violentas” (Instituto Canario de Igualdad); “Más allá de las etiquetas”, Editorial Txalaparta; “Mujeres que ya no sufren por amor” y “Hombres que ya no hacen sufrir por amor”, ambos en Los Libros de la Catarata. También ha participado en libros colectivos en Argentina, Venezuela, Costa Rica y España. Imparte conferencias, charlas y talleres, y participa en congresos internacionales sobre educación, comunicación y género. Ha sido profesora e investigadora en la Universidad de la Sorbona en París IV, en la Universidad Carlos III de Madrid, en la UNED de Costa Rica donde participó en la fundación del Observatorio de Medios y Género Centroamericano GEMA. Ha trabajado como consultora de comunicación y género en organismos internacionales como UNESCO, ILANUD, AECID y la Universidad de Coimbra, en un proyecto de investigación financiado por el European Research Council. Además, Coral creó una escuela virtual, el Laboratorio del Amor, una comunidad de mujeres de todo el mundo que trabaja en torno a los estudios sobre las relaciones amorosas desde una perspectiva de género. Escribe en su blog desde hace diez años y ha publicado en diversos medios de comunicación.

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