Revista con la A

25 de septiembre de 2020
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán y R. E. Toledo
71

Hispanas en Estados Unidos

Cambiemos el cuento

Jazmín Abuín Janeiro

Jazmín Abuín Janeiro

La ficción no sólo debe ser un espejo del mundo en el que vivimos. Debe ir siempre un paso más allá. Tiene la responsabilidad de ser un espejo del mundo que queremos construir

Llena está la historia de la literatura y, en concreto, del teatro, de damiselas en apuros, criadas, esposas y amantes. Llenos están los cuentos de dulces princesas en busca de un príncipe azul, malvadas madrastras y brujas. Raro ha sido, sino imposible, durante muchos años, encontrar historias de mujeres que no giraran en torno al amor, al desamor, a la maternidad o a la familia. Mientras ellos viajaban, estudiaban, trabajaban, ganaban y perdían guerras, eran médicos, gánster, comerciantes, guerreros o políticos, ellas eran, por lo general, dos cosas: objetos de deseo y cuidadoras. O prostituta o buena esposa. O amante o madre de familia.

Hasta cierto punto es comprensible, ya que el arte siempre ha sido un espejo de la realidad y una de sus misiones ha sido reflejar la sociedad. Pero, quizás, en muchas ocasiones se nos ha olvidado su otra gran misión. La ficción no sólo debe ser un espejo del mundo en el que vivimos. Debe ir siempre un paso más allá. Tiene la responsabilidad de ser un espejo del mundo que queremos construir. Por lo tanto, el teatro, el cine, la televisión… el arte y la cultura en general no pueden ir a la cola, ni tampoco en paralelo a la sociedad. Tienen que ir por delante.

Todos y todas hemos sufrido pérdidas durante esta pandemia. Algunas, las que no tienen nada que ver con lo material, muy difíciles de superar. Esta situación ha sido un revulsivo para todas y para todos, a nivel individual y como sociedad. Ha traído consigo grandes problemas y también ha puesto en evidencia otros que ya existían. En circunstancias “normales” (si es que existe tal concepto), podemos encontrar el modo de salir adelante sorteando las brechas del sistema, hasta el punto, incluso, de llegar a olvidar o ignorar que existen. Pero en momentos de crisis esas brechas salen a la superficie.

Hemos recorrido un enorme camino en la lucha por la igualdad de género. Hemos avanzado mucho. Pero todavía queda mucho por avanzar. Esta crisis mundial ha hecho saltar la alarma de lo que estamos haciendo mal como, por ejemplo, no proteger y cuidar lo suficiente de nuestros mayores. Y también ha puesto en evidencia que la mayor parte de la responsabilidad de nuestros mayores, de los niños y niñas y de todas las personas dependientes sigue siendo para las mujeres. A una brecha salarial aún existente sumamos una conciliación laboral con muchas lagunas y una sobrecarga en todo lo relacionado con los cuidados.

Ya se permite a la princesa del cuento ser abogada, médica o arquitecta, pero además tiene que cuidar de los hijos e hijas, de su casa y de sus padres. Esta pandemia ha dejado claro que la conciliación es para muchas personas una utopía.

En el caso de las trabajadoras de la cultura, a la brecha salarial y a la sobrecarga de responsabilidad de cuidados se une el factor de la intermitencia

En el caso de las trabajadoras de la cultura: actrices, directoras, guionistas, técnicas, maquilladoras, vestuaristas, bailarinas, cantantes, pianistas, figurinistas y una larga lista de etcéteras, a esta brecha salarial de la que hablábamos y a la sobrecarga de responsabilidad de cuidados, se une el factor de la intermitencia. El sector cultural es un sector que siempre ha sido, es y será intermitente. No es temporal. Es intermitente. Todos los proyectos tienen una duración determinada. Y, aun enlazando uno con otro, siempre va a haber un parón entre una producción y la siguiente. Siempre habrá un proceso de preproducción, guión, localización, rodaje, ensayos, funciones, postproducción, montaje, desmontaje… en el que algunas trabajadoras intervienen y otras no son necesarias en según qué tramo. Hasta que no haya un estatuto que recoja todas las especificidades (porque no somos especiales, pero sí específicas) de este sector siempre vamos a estar desprotegidas todas las personas que nos dedicamos a este gremio.

En este punto no hay diferencia entre hombres y mujeres, pero sí que la hay si ponemos todos los elementos en la balanza. Intermitencia no contemplada, unida a una brecha salarial, unida a la sobrecarga en cuidados y desigualdad de roles tanto en la realidad como en la ficción.

Hablábamos de las princesas de cuento que ya pueden ser abogadas. Pero además tienen que ser guapas, buenas madres, maravillosas esposas, delgadas y jóvenes. Los roles siguen estando estereotipados, y muchas veces cosificados. A las mujeres no se nos permite envejecer. La TV está llena de mujeres de 50 años interpretadas en realidad por una mujer de 40, con un ficticio hijo interpretado por un actor de 30 y un marido de 60. O unas campanadas de nochevieja con una bellísima y joven presentadora con un vestido de tirantes en pleno invierno acompañada por un presentador, a menudo 20 años mayor que ella, con su traje de chaqueta y no necesariamente guapo. O cientos de triángulos amorosos en los que dos mujeres se enemistan por un mismo hombre. O esa madre de 3 hijos o hijas, empresaria brillante, un cuerpo escultural, con una vida social envidiable y que se despierta de la siesta perfectamente maquillada y peinada como recién salida de la peluquería y que en una crisis de mediana edad a la que, a la actriz que la interpreta le quedan 15 años para llegar, decide dejar su trabajo para siempre para dedicar más tiempo a sus hijos e hijas.

Adquiramos el fuerte y firme compromiso de construir una cultura que no esté para cantar cómo son las cosas, sino para cambiarlas

El problema no es sólo que haya menos personajes para las mujeres que para los hombres, menos guionistas mujeres que hombres, menos directoras que directores y menos productoras que productores por la desigualdad laboral que implica. El gran problema es que esto conlleva una desigualdad en las historias que contamos. Esto muestra un espejo en el que muchas nos miramos y no nos vemos reflejadas. Un espejo de una sociedad que no nos da un respiro, que nos exige ser perfectas, que nos demoniza o compadece si no somos madres y esposas, que no nos perdona envejecer, que nos cosifica, que nos juzga y que nos obliga a elegir entre nuestra vida familiar y nuestra vida profesional…

O quizás sí. Quizás sí que nos vemos reflejadas en algunas de ellas. Puede que en muchas de ellas. Pero, precisamente por eso, es necesario cambiarlas. Es necesario caminar hacia una nueva ficción que ayude a construir el mundo en el que queremos vivir. Un mundo con la diversidad, la igualdad y la libertad como eje. Un mundo donde no tenga cabida la discriminación racial, la homofobia, el machismo o la violencia de género. Adquiramos el fuerte y firme compromiso de construir una cultura que, como dijo Vittorio Gassman, no esté para cantar cómo son las cosas, sino para cambiarlas. Cambiemos el cuento.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Jazmín Abuín Janeiro es una actriz, cantante y periodista nacida en Vigo, de padre gallego y madre canadiense. Ha trabajado en numerosos musicales y obras de teatro. También ha trabajado en cine y en varias series de televisión. Además, es docente, activista y forma parte de una ONG con la que lleva el teatro a los hospitales para los niños y niñas hospitalizados.

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