Revista con la A

25 de noviembre de 2021
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
78

La violencia vicaria: violencia contra las mujeres-madres

Bruxas galegas: meigas, fadas y santeiras

Finalizamos la ruta de las Brujas, iniciada en números anteriores, con las bruxas gallegas. Para ello, hemos rescatado el siguiente texto:

“El embrujo de Galicia va más allá de sus bellos paisajes, de sus castros y las ruinas que conservan la historia de sus primeros pobladores (celtas, fenicios, romanos, visigodos…. Su hechizo nos cobija en el calor de la lumbre, y sus historias y leyendas nos transportan a un lugar de ninfas, espíritus y meigas que el conjuro de la queimada rememora en su fuego purificador. Es el momento de caminar a través de sus bosques, en los que las huellas de un pasado teñido de misterios, nos hace saborear el “embruxamento” que los antiguos celtas, (pobladores de las tierras gallegas), nos dejaron como herencia de siglos. Escuchando sus leyendas reposamos un instante y es entonces cuando el olor y el sabor de este hechizo se hace más intenso, y las supersticiones, que aún perviven como tradición o respetuosa magia, se hacen cómplices de nuestros sentidos…

La Edad Media también supuso un largo periodo en el que la superstición se vio impulsada bajo diferentes formas. El culto a los árboles, a las fuentes, inspiraron la creación de santuarios donde las fadas (hadas gallegas), tenían su hogar. Y las hechiceras o “Chasaph” otorgaron el misterio y el sortilegio necesario para embrujar siglos de historia. Al márgen de los Inquisidores como el Dr. Quijano o el Dr. Carvajal que en no pocas ocasiones arrancaron a golpe de tortura confesiones de “supuestas brujas”, existía el convencimiento de que las meigas se congregaban siempre en el arenal del Coiro, cercano a Cangas, en lo que es conocido como las Arenas Gordas. En ese lugar enseñaban sus artes mágicas a sus hijas (mientras recitaban un padrenuestro secreto que convertía en brujas a las mujeres) en la noche de San Juan, haciendo persistir sus embrujos generación tras generación. Los cruces de caminos también eran lugares predilectos para estas mujeres, por lo que desde antaño las gentes colocaban los cruceiros en estos emplazamientos para espantarlas. Temían sus hechizos y el mal de ojo que pudieran derramar sobre cualquier pobre mortal, aunque a menudo también les confiaban sus desengaños los corazones enamorados en busca de filtros de amor, o pócimas que avivasen la pasión de enamoradas o enamorados.

El temor, sin embargo, pesaba más que la necesidad de remedios y estas mujeres llamadas meigas, bruxas, lurpias o feiticeiras, eran apartadas de la sociedad por las y los lugareños, que en no pocas ocasiones llenaban sus ventanas de plantas como el romero, el sauco, el hinojo o el laurel para ahuyentar cualquier embrujo. Incluso algunos autores señalan que las y los aldeanos solían colocar una escoba de pita junto a las puertas de sus casas para que la bruja, antes de entrar, se viese obligada a contar una a una las hebras, lo que a menudo le llevaba toda la noche. La piedra del hogar era el sitio indicado donde éstas ocultaban sus ungüentos y pócimas mágicas. El mismo lugar donde el fuego, aún hoy, conjura a los espíritus para purificar el alma y el cuerpo en forma de sabrosa queimada. Es precisamente este sagrado ponche, y su graciosa rima de vocablos gallegos, el que encierra una tradición mágico-religiosa imborrable. Los malos espíritus, junto a las meigas hacedoras de feitizos (hechizos), y otras criaturas del lado oscuro, son desvinculadas de su maligno poder y es el o la oficiante quien remueve la mezcla mientras recita con voz cavernosa la oración liberadora, haciendo aspavientos que llenan de misterio las reuniones turísticas.

Los animales, las plantas y los astros eran motivo también de diferentes augurios. Así las velairiñas o volvoretas (mariposas) eran consideradas, cuando eran negras, como almas en busca de una oración que las librase del infierno; mientras que, las blancas, eran aquellas ánimas que habían conseguido salir del purgatorio. Precisamente las ánimas en Galicia son motivo de gran respeto. Su afición por calentarse cerca de las brasas de la chimenea o “ladeira” hace que las y los lugareños jamás barran de noche la casa, pues sería como echar a estas almas cobijadas en el calor del hogar, algo que sin duda traería mala suerte. El resoplido de los troncos al arder era presagio de tempestades, mientras que la dirección de las estrellas fugaces indicaba hacia dónde se dirigirían los vientos al día siguiente. Venus entre todos los astros era el más apreciado. Las gentes gallegas lo llaman “Estela Panadeira” y cuando la serenidad de la noche lo muestra con todo su brillo es presagio de abundancia de bienes.

También las romerías forman parte del “hacer gallego” y en ellas se mezclan no sólo el misterio, la leyenda o la tradición de siglos, sino también la gastronomía como parte indisoluble del festejo popular. El Queso en Arzúa, la angula en Tui o el Pimiento en Padrón desbordan de música, color y sabor las tierras gallegas, bañando con su alvariño las gargantas de las y los asistentes.

Mención especial requiere la romería de San Andrés de Teixido. Todos los 8 de septiembre sus acantilados y pendientes, situados en el hermoso enclave del cabo de Ortegal, ven un nutrido paso de gentes que sin duda saben bien lo que dice la tradición: “A San Andrés de Teixido va de muerto el que no fue de vivo”. La pequeña ermita en honor de este santo recoge en cera, manos, pies, brazos, cabezas de las y los feligreses que quieren que el milagro ahuyente sus dolores con el simbolismo de sus ofrendas. Los romances que aún se conservan hablan de lo sobrenatural como parte de la vida de la población gallega. Las fadas eran definidas como mujeres con poder especial. Las donas eran, junto a los Mouros, seres con apariencia humana aun sin serlo. A estos últimos se les atribuía la construcción de los dólmenes, puentes romanos y castros. Los trasnos, o espíritus domésticos, parecen ser los más rentables de esta historia de misterios ya que, según dicen las personas más ancianas, a veces colaboran en las labores del hogar. De sus travesuras también dan buena cuenta los libros, y pueden adoptar cualquier forma humana o animal.

Un sinfín de creencias perviven aún gracias a la tradición oral que sus gentes promulgaron desde un pasado remoto, y la Santa Compaña no puede faltar en esta relación de criaturas y misterios”.

Para finalizar, reproducimos un ritual para enamorar, realizado por las meigas, que recoge Liliana Chelli:

“El hechizo consiste en coger dos fotos (de la pareja) y meter en medio un mechón de pelos de la persona que hace el ritual, si se dispone de cabellos de la pareja, mejor; pero con los propios es suficiente.

Se unen las dos fotos, cara con cara con seis alfileres, que se colocan uno al lado de otro en forma horizontal y juntitos. Después se envuelve todo en un trozo de tela negra, del mismo tamaño que las fotos, y se cose alrededor con hilo rojo. Todas las noches se pone debajo de la almohada y por la mañana se saca y se guarda en un lugar oscuro. Hace efecto en muy poco tiempo”.

Aunque reconozco no creer en las brujas, sé positivamente que, como dicen en Galicia: “haberlas, haylas”.

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