Revista con la A

25 de julio de 2017
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán
52

Presidentas: Las mujeres en el poder

Parada en blanco

teresa-garbi

Teresa Garbí

L. ve deslizarse el paisaje a través de la ventanilla del tren. El viaje ha comenzado al amanecer.

-¡Qué bien! –dice–, un largo día para mirar el suave desfile de campos y pueblos. Un largo día para pensar mientras miro.

Se acomoda en el asiento. El vagón está vacío. Puede moverse de un lado a otro, escrutar el paisaje desde cualquier ventanilla.

-¡Qué bienestar! –piensa–, mientras paladea el color de la luz demorándose en las colinas, en los valles aún dormidos y velados por la escarcha del amanecer. También los árboles parecen escarchados. Pero no es así: han comenzado a florecer, como siempre en estas tierras mediterráneas, a principios de febrero.

-Bendito campo –dice L.–, mientras desliza su mirada en las ramas floridas, en los surcos húmedos. Un túnel lo deja a oscuras, de pronto, sumergido en su paisaje interior: una cueva apagada.

-Así estaré pronto, para siempre, así me apagaré –piensa–, sobrecogido por la oscuridad repentina.

Vuelve la luz después del túnel y el paisaje vuelve con ella, repentino, al igual que una película. Tal vez sea una película, sin más. Ha sido una milésima de segundo, pero en el momento de salir del túnel L. ha entrevisto algo, una breve instantánea de un hueco. L. se alarma, se pega al cristal de una de las ventanas.

-Eso es lo que busco –dice–. Si pudiera ver abiertamente esa imagen hueca, vacía, sin paisaje, sin tiempo.

El tren continúa su marcha, aparentemente igual: traqueteo y silbidos. Cada vez que pasa un apeadero, una estación, pita con estrépito. Entran y salen de varios túneles, pero ya no ocurre nada, no vuelve a ver aquel hueco.

El sol ha alcanzado cierta altura y el colorido del paisaje toma un tono pajizo y reseco. Algún campesino, algún pastor, que se han refugiado debajo de una sombra, alzan la mano para saludarlo. Ven pasar el tren, lo ven a él, pegado a la ventanilla, sonriéndoles. Por un instante sus miradas confieren al paisaje tristeza y melancolía. Aquellos hombres saben que no existen, que pasan con el tren, a la vez que se desliza el paisaje.

-No hay otro viajero que usted –le dice el revisor–, al pedirle el billete.

L. lo ve de pie, tambaleándose por la repentina velocidad que ha tomado el tren. Pica su billete y se marcha en dirección a la cola, aferrándose a ambas hileras de asientos.

-¿Adónde irá? –piensa L.–. Si no hay nadie más, no sé por qué tiene que controlar los otros vagones. ¡Pura rutina! Vuelve la vista al paisaje, pero ahora todo ha cambiado. Una calima lechosa lo cubre casi por completo. Aquí y allá asoman vertiginosamente rápidos unos campos, algún árbol, un tejadillo, una campana de estación.

-No es calima. Es que vamos tan rápidos que ya no se puede ver nada. Y yo que me había subido a este tren porque sé que es antiguo y le cuesta hacer el viaje todo el día. Quería paladear el paisaje desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico, pero a este ritmo vamos a llegar al destino en un par de horas.

Se incorpora y con dificultad avanza hasta la primera plataforma. Se arma de valor, porque el bamboleo es descomunal. Cruza el enganche al primer vagón y comprueba que no hay nadie. A lo lejos, ve al maquinista y le grita, pero él no se mueve.

-¡Oiga!, insiste ahora, al otro lado del cristal.

L. entra en la cabeza del tren. Mira sorprendido en derredor porque siempre le han gustado los trenes, pero no conoce este tipo de cercanías que se asemeja a un tranvía, a aquellos tranvías de la niñez.

-¡Venga! ¡Deje de molestar! Tengo un trabajo horrible y estoy solo. ¿No lo ve?, le dice el maquinista.

-¿Y el revisor?

-¡Por ahí debe andar! ¡A mí qué me cuenta! ¿Es que se cree que esto es como un avión y yo puedo largarme de aquí a dar un paseo por el tren? ¿No se ha fijado?

El hombre señala con la mirada hacia sus pies.

-¡Está atado! Deje, yo lo soltaré –dice L., inclinándose–, pero el maquinista se revuelve, rápido, y le da una patada.

-¡Quita, imbécil! ¿Qué te has creído? se aparta a tiempo de evitar el golpe. El maquinista se concentra en los niveles que marca la pantalla.

-¡Más madera! –grita, apretando un botón–. La velocidad aumenta. L. mira el paisaje. A un lado le ha parecido ver un andén gigantesco con muchos viajeros esperando.

-¿Dónde estamos? ¿Por qué va a esta velocidad?, pregunta.

-Usted no sabe lo que dice. ¡A mí me va a enseñar! ¿Qué es eso de más velocidad? Yo he llegado a un cierto rango: soy maquinista de segunda. ¿Lo entiende? Tengo mi velocidad asignada.

-Pero esto no es un AVE.

-¡Qué AVE ni qué leches! No sé de qué me habla. Mire: ahí se ha quedado ese idiota. Señala una sombra en el último tramo del andén. L. adivina al revisor, que los ha saludado.

-Pero si no hemos parado… No lo entiendo cómo se puede haber bajado de aquí a esta velocidad.

-Mire, aunque no lo parezca, el tiempo tiene sus resquicios. En algún momento esta máquina le ha permitido bajar. ¿Por qué no se larga usted también y me deja tranquilo?

-Con mucho gusto lo haría, se lo aseguro. En mi vida he visto un maquinista como usted. Le aseguro que he viajado mucho y no me he cruzado nunca con alguien tan zafio.

-Poco a poco, amiguito –dice el maquinista en el colmo de la exasperación–. Te vas a arrepentir de haber nacido como sigas por ahí.

-Si sólo es eso lo que me anuncia como el colmo de los males, le aseguro que no es nada nuevo para mí. No crea que soy imbécil.

El estruendo del tren aumenta. Parece que todo el armazón se podría descuajeringar de un momento a otro.

-¡Qué bien sentir el golpe de la velocidad, estar dentro del aire! –piensa L–. Se concentra, de nuevo, en el paisaje, pero no ve nada. Un manto oscuro y gris se cierne sobre lo que podría ser una estepa calcinada y seca.

-¡Oiga! ¿Por qué no me deja conducir a mí?

El maquinista se apresura a dejarle su sitio a L.

-¡Venga, dese ese gusto! Y así, además, descansaré yo. Se sienta en el suelo. Da botes, acaricia las cuerdas atadas a los tobillos.

-Cada noche, cuando me duermo, siento las cuerdas, las veo y esa imagen se repite siempre igual. Cae sobre las anteriores, se acomoda y ahí se queda muerto un nuevo día, mi vida entera.

-Mire –L. señala una luz al fondo.

-¡Apártese, échese a un lado para que pase ese otro tren!

-Lo que no sé es dónde apartarme, la verdad. No veo otras vías. En realidad, no veo nada.

-¡Déjese de pamemas! El tren lo sabe todo. Está escrito.

-¡No me diga eso! No me diga que este tren es también de papel.

De repente le deslumbra la luz de otra máquina. Retiembla todo y al lado pasan rozando veinte vagones de viajeros con la luz encendida. No da tiempo a ver a nadie.

-Quizá iba lleno –dice L.–, pero a estas velocidades nunca hay nada ni nadie.

El maquinista no responde. Parece dormido, oculta su cabeza entre las rodillas.

-¿Sabe lo que le digo? –pregunta L., animado por su silencio–. No es tan malo estar escrito desde siempre. Puede ser incluso más cómodo. Si yo lo hubiera tenido en cuenta hace mucho tiempo, no me habría sorprendido nada. Me habría puesto a esperar, sentado, como usted está en este momento.

L. mira al frente. El tren devora los raíles vertiginosamente. Son tan intensos el estruendo, las imágenes oscuras que forman un todo, convulso y terrible con el tren, que L. piensa que no existe ya, que su vida es una mínima palpitación en ese estruendo y sin darse cuenta pasará al otro lado: a ser aire, ruido, metal…

Está preparado desde hace tiempo. Al fin y al cabo, lo ha perdido todo –amistades, familia–. No ha hecho nada especial para merecer esa pérdida: ha sucedido de la forma más banal y estúpida. Un buen día sus amigos, su familia, le mostraron que no hay nada estable en la vida; que a medida que avanzamos destrozamos la tela pacientemente tejida durante años. Cualquier palabra, cualquier mínimo gesto, pueden dar al traste con todo. No hay vuelta atrás –piensa L.–. Estoy solo. Se vuelve a mirar al maquinista. Parece profundamente dormido. Se bambolea de un lado a otro con el movimiento enloquecido del tren. Casi no se aprecian sus brazos ni sus piernas, ocultos por una especie de pátina gris.

-Se habrá cubierto con una manta, dice L. En efecto, el maquinista, cada vez más, parece una saca de correos en vez de un hombre.

-Al fin y al cabo, las vidas a según qué edad, se solidifican y se convierten en piedras, en cosas escritas. Ahora puede ser una saca; dentro de un momento, un montón de ceniza o una libélula. ¡Quién sabe!

Deja de verlo. Todo se ha convertido en una mancha de luces y sombras. Ya no aprecia la línea de los raíles ni los andenes ni la máquina. Tampoco ve sus manos. Vive dentro de la velocidad y del ruido.

-Tal vez esto sea la muerte –acierta aún a pensar en el torbellino de sensaciones tumultuosas en las que hierven su sangre y su cuerpo–. No. Estoy vivo, esto es la vida que según a qué edades, se convierte en vértigo, ausencia, pérdida, pérdida.

El tren continúa su marcha voraz y espantosa. Ha arramblado con las líneas de los túneles, de los andenes, de los paisajes, y avanza con una fuerza devastadora repleto de imágenes huecas y brillantes. Una luciérnaga que ha devorado la estela de la vida. Desde millones de años luz hasta las estrellas más remotas: todo ha sucedido en este tren.

-¡Paradlo, parad el tiempo! ¡Yo me apeo!, grita, golpeando los cristales helados. La cabina se ha convertido en una gruta crujiente casi cerrada por estalactitas y estalagmitas. Fuera, nieva copiosamente. Todo es blanco y luminoso, tan luminoso que L. no puede ver más que una sombra blanca, dolorosamente blanca.

De repente, se detiene el tren en medio de esa estepa blanca. Sopla el viento y arrastra la nieve de un lado a otro. Se puede llegar a sufrir tanto entre la nieve helada. Ruedan bolas, cúmulos de hielo. L. desciende las escaleras aturdido. Se hunden sus pies en harina remota y suave. El súbito silencio ha caído a plomo y duele. Un estridente pitido anuncia la marcha del tren. L. comprende el extraño y suave dolor que siempre ha sentido cuando sonaba el pitido del tren. Ahora lo ve partir renqueante. En unos segundos desaparece entre la nieve.

Silencio. L. saborea el tiempo detenido, la nube blanca, el aire. Oye su corazón, su sangre. Recuerda su infancia, cuando los segundos y los días se demoraban y los podía degustar como un caramelo, lentamente, como el agua que se derrama del cielo con suavidad. Ahí está, parado en ese demoledor misterio inaprensible, y su tibieza lo acoge. Ahí está, en medio de la mancha blanca, en silencio absoluto, sin que ocurra nada, en el corazón del tiempo, allá donde la vida es irrepetible.

Ese hueco blanco, la felicidad de L., el silencio, caen sobre el charco de imágenes podridas que ha sido su vida. Después, todo vuelve a parecer igual: ruido, estruendo, nada, pero ya no es lo mismo.

                                                   (Relato publicado en Sakkara, Espuela de Plata, 2015)

 

REFERENCIA CURRICULAR

Teresa Garbí nace en Zaragoza, en 1950. Estudia Filología Románica en esa ciudad. Simultanea sus estudios con el ingreso, como alumna libre, en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge, en Barcelona. Es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia. Ha trabajado en el Colegio Universitario de Huesca; en Institutos de enseñanza Media de Lérida y de Valencia; en la Escuela Superior de Arte Dramático de Valencia y en la Biblioteca Valenciana. En 2013 funda Uno y Cero Ediciones, junto a Ángel y a Guillermo López García, Ana Miralles y Emilio Ruiz, Francisco Moreno Fernández y Sergio Gaspar. Entre sus obras de creación destacan: Grisalla, 1981; Espacios, 1983; Alas, 1987; Cinco, 1988 y 2015; La sombra y el pozo, 1993; El pájaro solitario anida tras el muro, 1997; El bosque de serbal, 2001 (traducido al italiano como Il bosco dei sorbi); Desde el silencio, nadie, 2007; Leonardo da Vinci: obstinado rigor, 2009; Sakkara, 2015. Ha publicado un ensayo: Mujer y literatura, 1997, y varios libros para aprendizaje de español y lectura de enseñanza media (Una pequeña historia, 2000; La gata Leocadia y La gata Leocadia en la granja 2002; El regreso 2005) y dos ediciones de obras clásicas: El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, 2004, y Romancero gitano, de García Lorca, 2011. Realiza la versión literaria de Der Kaiser von Atlantis, de Viktor Ullmann y Peter Kien (Valencia, 1999), ópera estrenada en el Palau de la Música de Valencia, posteriormente representada en el Teatro Talía y en el Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante. La vida entornada. (Libreto para espectáculo en homenaje a Juan Gil-Albert). Valencia. Biblioteca Valenciana, 2004. Su obra trata de ser una investigación en lo esencial de esta aventura de vivir.

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