Revista con la A

26 de mayo de 2017
Número coordinado por:
Hortensia Hernández
51

Alzamos la voz con las mujeres de Chibuleo

¡Cuidado!: mujer suelta en la calle

a-girlComo espectadoras las mujeres estamos tristemente acostumbradas a ver en la pantalla grande, tanto como en la pantalla chica, mujeres siendo vulneradas, violadas, acosadas, al tiempo que se nos invita a identificarnos con el protagonista, muchas veces el mismo que ejecuta la violencia contra la mujer, el que la tiene en poca estima o simplemente el héroe de la historia.

La crítica literaria feminista ha llamado a este proceso “inmasculización”, es decir, el proceso por el cual adoptamos el punto de vista masculino y su base ideológica que es muchas veces abiertamente misógina. Es la parte de la ideología machista que las mujeres tenemos que enfrentar críticamente cuando vemos una película, cuando leemos un libro, cuando aquello que vemos o leemos va en contra nuestra, como mujeres, como seres humanos, como personas.

No es un proceso fácil y tiene ya repercusiones concretas en nuestras vidas pues la vulneración, el miedo por andar “desprotegidas”, es decir sin un hombre, la incapacidad de vernos como fuertes, agresivas, es ya producto de ese proceso que interioriza la misoginia. Por tanto, el primer impedimento para defendernos o afrontar la violencia, más allá de diferencias concretas de tamaño o habilidad o circunstancia, es el fuerte adoctrinamiento al que somos sometidas desde niñas para vernos indefensas sin un hombre o ante un hombre.

Al menos en los países Latinoamericanos no es posible andar por la calle tranquilas, o “quitadas de la pena”, como se dice en México. La mayoría de las mujeres están cercadas por un miedo recurrente a la calle como espacio masculino en el que todo puede pasar (cuyo epítome sería Ciudad Juárez y su largo prontuario de asesinatos, violaciones y vejámenes). La calle no es sólo espacio de peligro sino de culpa pues se inculca que lo que ocurre por estar fuera de casa es “nuestra elección”, por la ropa que llevamos, por andar solas de noche, por salir, por tener una vida fuera de las paredes del hogar.

Este miedo no es gratuito, está rodeado de historias reales que nos ocurrieron a nosotras, a alguna amiga, a una pariente o a nuestras propias madres; así que más que una ficción es una realidad. Sin embargo, lo que es hoy una realidad fue gestado por un proceso largo y continuo de artistas y escritores por concebir a las mujeres como débiles. Son famosos los cuadros de los prerrafaelistas que construyeron una estética en la que la mujer bella era la mujer débil, enferma, loca y posteriormente la mujer muerta, aquella que cumplía así con un imperativo de santidad femenino que no podía ser alcanzado mas que en el cielo. Una estética que, lamentablemente, ha ido cobrando mayor fuerza en nuestra sociedad y que no se puede decir que sea la fuente pero sí un importante alimentador de ese ideal que hoy nos guía por la calle con miedo y que marca la forma, negativa y peyorativa, en que las mujeres se siguen viendo en pleno siglo XXI.

Es por eso que la película de Ana Lily Amirpour, Una chica va sola a casa en la noche (A Girl Walks Home Alone at Night) plantea una propuesta diferente en la que los hombres, principales víctimas, deben protegerse de esta misteriosa mujer iraní que camina por las calles de una ciudad llamada Bad City (Ciudad Mala). El hecho de que se trate de una chica con velo intensifica la extrañeza de la situación pues, como sabemos, los países islámicos se conocen por tener leyes muy estrictas que limitan la circulación y el libre desenvolvimiento de las mujeres en la sociedad.

Amirpour es una directora iraní-americana pero también guionista, directora y actora. Esta película, su ópera prima, ganó el Festival Sundance el 2014, así como el Premio Revelación del Festival de Cine de Deauville y el Premio Ciudadano Kane a la Mejor Directora Revelación en el Festival de Sitges. Antes, durante el 2012, había realizado diferentes cortos: Un pequeño suicidio (A Little Suicide) y Me siento estúpida (I Feel Stupid) también galardonados, que le dieron la base para producir su primer largometraje aparecido hace un año.

La película recupera la estética gótica al elegir las escenas nocturnas y los escenarios opresivos. Destacan los paisajes poblados de cadáveres y la soledad de la ciudad, salpicada con algunos pocos personajes. Los silencios fuera de lo natural están principalmente concentrados en la protagonista, la chica del velo negro con ropa a rayas, encarnada por Sheila Vand, que deambula misteriosamente sola por las calles, siguiendo a los hombres. La estética y temática de los vampiros y las vampiresas también aparece como parte de ese mundo nocturno que usualmente iba a la caza de mujeres bellas. El gótico, que era usado para inculcar una ideología de la domesticidad femenina, en este caso se revela contra ese propósito.

Como era de esperarse, cuando los hombres ven una chica sola en la calle buscan enamorarla y la sorpresa no puede ser mayor, pues siendo los cazadores, no acostumbrados ni a la prudencia, ni al miedo al que las mujeres están muy habituadas, los hombres atraviesan por una experiencia diferente, igual que las mujeres espectadoras que son activas y violentas participantes junto con la protagonista. Entiéndase bien que no estoy aprobando la violencia en ninguna de sus formas. Lo sobrenatural funciona en la película para hacer de filtro entre lo real y lo fantástico, por tanto nos salva de aceptar la violencia a secas.

La misteriosa protagonista funciona como una suerte de justiciera: ella ataca a los agresores, los opresores, los abusadores de mujeres; es una aliada de otras mujeres. Las mujeres en ese sentido no deben temerle. A su vez cumple un papel pedagógico al intentar aleccionar por el miedo a los niños respecto de sus actos, advirtiéndoles de su presencia para que se sientan intimidados antes de actuar, para que sean buenos. Tampoco respaldo el recurso del miedo como un arma que la sociedad debe usar para conseguir la identificación con los valores ciudadanos, pero la película se ubica en un ambiente en el que las opciones parecen ser muy pocas dado que lo único que hay alrededor son muertos, fábricas, drogas y una ausencia total de la ley, tanto en cuanto a la falta de autoridades como a la falta de castigos. A su vez una ausencia de madres y de naturaleza que es más que metafórica, elocuente. Lo que existe es una ciudad en ruinas con un vago sentido de lo que está bien y lo que está mal, que es justamente la pregunta sobre la que descansa la película.

Rodada en blanco y negro, nos entrega una historia de amor en la que no es la chica buena la que se enamora del hombre malo para redimirlo de sus culpas, sino al revés, o no al revés, sino de otra forma: es el hombre enfrentado a sus propias leyes masculinas quien debe evaluar su certeza o despropósito para poder irse con la misteriosa mujer justiciera y vampiresa que parece amar, a pesar de tener todo en contra y de ser completamente opuestos en acciones y en esencias. En esto, Amirpour recupera una temática romántica marcada por la tragedia de hacer imposibles los amores.

Una chica va sola a casa en la noche no solo enfrenta la problemática de género, entre hombres y mujeres, sino de clase, entre ricos y pobres, y de poder, entre oprimidos y opresores, entre el bien y el mal, el odio y el amor, la realidad y la ficción.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Dijkstra, Bram. Idols of perversity: fantasies of feminine evil in fin-de-siècle culture. New York: Oxford University Press, 1986.

Schweickart, Patrocinio P. “Leyéndo(nos) nosotras mismas: hacia una teoría feminista de la lectura”. Trad. Claudia Lucotti. Otramente: lectura y escritura feministas. Coord. Marina Fe. México D.F: Fondo de Cultura Económica, 1999. 112-151.

 

bethsabeREFERENCIA CURRICULAR

Bethsabé Huamán Andía es Crítica de cine. Escritora y Feminista. Licenciada en literatura, magister en estudios de género y estudiante del programa de doctorado en español y portugués en la Universidad de Tulane, Nueva Orleans.

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