Kyle E. Lawton

Kyle E. Lawton

Cuando Francia cayó ante la invasión alemana en 1940, Victoria Kent (1891-1987), entonces secretaria de la embajada española en París, se quedó atrapada

Cuando Francia cayó ante la invasión alemana en 1940, Victoria Kent (1891-1987), entonces secretaria de la embajada española en París, se quedó atrapada. Quiso embarcarse en uno de los barcos que transportarían a los refugiados españoles a México, pero ya era tarde: su nombre estaba fichado y agentes de la policía española franquista y los franceses colaboracionistas le buscaban para arrestarle. La que antes se encargaba oficialmente de la evacuación de los niños de la Guerra Civil Española y ayudaba a los prisioneros españoles a salir de los campos de concentración franceses, pasaría los próximos cuatro años viviendo en la clandestinidad bajo el pseudónimo de madame Duval (Villena 163).

Las memorias de Kent de estos años se llaman sencillamente Cuatro años en París 1940-1944 (1947) y, como apunta Carole Viñals, corresponden “casi exactamente [a] los cuatro años de la ocupación, desde el 14 de junio de 1940 hasta el 25 de agosto de 1944” (29). Durante este tiempo Kent se refugia primero en la embajada mexicana y luego se traslada a una residencia particular cerca de los Campos Elíseos que le consigue su amiga de la Cruz Roja, Adèle Blonay (Villena 164-165). Se quedaría allí hasta después de la liberación de París, el 25 de agosto de 1944.

En una introducción fechada en abril de 1978, Kent señala que, aunque sus memorias representan fielmente su estado de ánimo de aquel entonces, también contienen “aires de novela” y “cierto cariz de divagación literariofilosófica” (7). De allí, uno de los aspectos más interesantes del libro es la narración literaria, ya que en las tres primeras secciones del libro vacila entre la narración en tercera persona y la narración en primera persona de un personaje que se llama Plácido, una suerte de alter ego masculino de Kent.

Según Kent, decide inventar al personaje de Plácido porque temía lo que les pasaría a las personas que la habían ayudado si su manuscrito cayera en manos de la Gestapo o las autoridades franquistas. Bettina Pacheco también postula que “[t]al efecto de buscado distanciamiento podría leerse como metáfora del encierro y ocultamiento del yo ante los propios lectores, fiel reflejo de la condición de refugiado y perseguido del personaje” (44-45). Sin embargo, no deja de ser significativo que Kent eligiera una identidad masculina para narrar sus experiencias. Al final del relato cuando recupera su propia identidad femenina, tras la liberación de París, y empieza a referirse a sí misma con adjetivos y pronombres femeninos, no descarta al personaje de Plácido, sino más bien reitera su importancia en la constitución de su propia subjetividad.

Nos recuerda Shirly Mangini que “Prácticamente no hay acción en Cuatro años; es un récord de procesos mentales: reflexiones sobre la guerra y la destrucción, la pérdida de la identidad, el temor y la soledad” (179, mi traducción). En estas largas reflexiones sobre la identidad y el exilio, un tema que Kent considera con bastante detalle es la importancia del género. Escribe que: “Se ha dicho que el exilio es un dolor más profundo para el hombre que para la mujer, porque para la mujer la patria es su hogar y su hogar va con ella” (70), pero este es un argumento que Kent menciona sólo para refutarlo. Según la autora:

«… hoy la vida para la mujer es tan brutal como para el hombre, yo diría que la maltrata con más dureza que a él, porque la mujer, frente a la violencia estará siempre desarmada. La mujer ha conocido en esta guerra todas las humillaciones y todos los sacrificios; nada le ha sido perdonado».

Exiliada, perseguida, vejada, encarcelada o deportada, su patria se le aparece como un hogar abandonado. (71)

La experiencia exílica de la mujer será diferente, pero las penas y los sacrificios no son en ningún caso menores a los del hombre. La patria de la mujer exiliada ya no es simplemente el hogar que puede llevar consigo; mujeres como Kent tienen un papel público y luchan hombro a hombro por los ideales que les importan.

A partir de la entrada de su diario del 24 de agosto de 1944, con la liberación de París, la narradora empieza a referirse con adjetivos y pronombres femeninos: ha recobrado la identidad femenina que negaba durante la ocupación alemana. Esta identidad como mujer exiliada está directamente relacionada con la sensación de libertad que siente ahora, donde por primera vez en cuatro años puede circular sin miedo. Por otro lado, también reconoce la importancia del personaje de Plácido, no sólo durante la ocupación sino en la constitución general de su identidad personal. En un momento unamunesco la narradora se pregunta: “¿Quién me llama por mi nombre, por mi verdadero nombre? ¡Ah! ¡Plácido! No podía ser otro” (169) y luego confiesa que “Tú has sido quien me has sacado de todo esto” (170). Sin embargo, Plácido y la narradora son realmente uno mismo. “Tú y yo somos una sola persona, ya lo ves, es lo irremediable, y tan perfecta es esta unión, que yo comencé hablando por ti y tú terminas hablando por mí, sin que ni tú ni yo nos hayamos dado cuenta” (171).

Para una persona que lidiaba con una personalidad pública que vacilaba entre progresista (sus reformas del sistema penitenciario cuando era Directora General de Prisiones) y conservadora (su infame voto en contra del sufragio femenino cuando era diputada), y una personalidad privada que resistía definiciones y etiquetas fáciles (como en su larga relación sentimental con la filántropa Louise Crane en Nueva York), la construcción de una identidad holística era siempre un proceso complejo y no-binario.

No tenemos por qué dudar de la aserción de la autora que la construcción de Plácido la reconfortaba durante el cautiverio de la ocupación, ni que era necesaria para proteger a las personas que quería. Sin embargo, también creo que esta construcción responde a una necesidad que Kent sentía de definirse bajo su propio criterio, libre de las imposiciones sociales que la querían encuadrar dentro de ciertos modelos de comportamiento relacionados con su género. Para una persona tan orgullosamente independiente como Kent, su identidad no era reducible a modelos prefabricados: era siempre Plácido y Victoria, al mismo tiempo. Pero quizás fue la experiencia del exilio la que puso de relieve este proceso identitario. Como tantas otras que se vieron forzadas a abandonar su país para no volver, la experiencia del exilio la hizo reflexionar sobre quién era y, como tantas otras, la respuesta que se dio no podía ser sencilla.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Kent, Victoria. Cuatro años en París. 1940-1944. Gadir, 2007.

Pacheco, Bettina. «La memoria del último exilo español en la escritura de tres mujeres: Victoria Kent, Dolores Ibárruri y Carmen Parga». Caligrama, 7, 2002, pp. 39-60.

Mangini, Shirly. «Memories of Resistance: Women Activists from the Spanish Civil War.» Signs, Vol. 17, No. 1, 1991, pp. 171-186.

Villena, Miguel Ángel. Victoria Kent: Una pasión republicana. Debate, 2007.

Viñals, Carole. «Reinvención identitaria y compromiso transnacional en Cuatro años en París 1940-1944, de Victoria Kent». Impossibilia. Revista Internacional de Estudios Literarios. No. 20, 2020, pp. 27-53.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Kyle E. Lawton, Ph.D. es especialista en literatura española del siglo XX. Ha publicado artículos sobre autores que se exiliaron después de la Guerra Civil Española y actualmente está investigando las producciones culturales de los exiliados españoles en los países anfitriones de México y Francia.