Revista con la A

26 de julio de 2021
Número coordinado por:
Dolors López Alarcón
76

Hablemos del suicidio

Reflejos

“Who is the girl I see staring straight back at me? When will my reflection show who I am inside?”, cantaba una Mulán que se convertía en soldado para salvar a su familia en una película poco usual para ese universo de princesas creado por Disney.

Hace un tiempo hablaba en otro artículo de las princesas de los cuentos. De los roles de género en la historia del teatro. De cómo los personajes femeninos se habían reducido durante siglos a madres y esposas sufridoras o a malvadas madrastras, a frágiles víctimas, a personajes altamente sexualizados y cosificados. Hablaba de cómo las tramas de los personajes femeninos dependían siempre de las acciones que movían los verdaderos protagonistas: los personajes masculinos. Ellos movían la acción. Ellos hacían que las cosas ocurrieran. A ellas, las cosas “les pasaban”.

Llevamos siglos de roles de género estereotipados, tanto en la realidad como en la ficción. Estereotipos asfixiantes para las mujeres. Pero también para los hombres. Hombres que tienen que ser fuertes y competitivos. Hombres cuyo valor está en la fuerza física. Hombres que luchan, que traicionan, que engañan, que ganan guerras… pero no sienten o, al menos, “no se les puede notar”.  Personajes masculinos que perpetúan un concepto erróneo de lo que es “ser un hombre”. Hombres que no lloran, que no muestran su fragilidad, que no se desmoronan, que no exteriorizan sus sentimientos.

La fragilidad. Esa característica prohibida para los hombres y obligatoria para las mujeres. O, mejor dicho, para las “señoritas”, ya que, durante siglos, si existía en un personaje femenino el más mínimo atisbo de fortaleza, de rudeza, de esa mal llamada “masculinidad”, estaba reservada para los personajes de clase baja. Rudeza para las pobres, para sobrevivir a los hombres. Delicadeza para las ricas, para gustarles.

– Duniasha- Me tiemblan las manos. Voy a desmayarme

– Lojapin- Sí que eres delicada… Además, te vistes como si fueras una señorita. Y lo mismo te digo del peinado. Haces mal. Hay que saber estar en su sitio.

Con este pequeño fragmento de El jardín de los cerezos de Chéjov comienza “Delicadas”, un texto de Sanzol. Más de cien años entre ambas obras. Más de cien años entre dos dramaturgos a los que podríamos enmarcar dentro de las llamadas “nuevas masculinidades” y que, quizás no son tan “nuevas”. Lo que es nuevo es el término. Y cuando surge un nuevo término, afortunadamente suele ser un reflejo de que existe una conciencia, una consciencia y una voluntad de cambio.

En los programas educativos de algunos países de Europa, como Finlandia, se ha llevado a cabo una profunda reflexión sobre los roles de género, una mirada retrospectiva crítica a la historia del teatro, releyendo los textos desde una perspectiva de género y apartando de los programas de estudios obras de teatro que perpetúan los estereotipos. Una mirada crítica por la que se debería apostar en la enseñanza de todos los países del mundo.

Es importante insistir en que el teatro debe ser siempre un espejo de la realidad que queremos construír. Es fundamental que sea una herramienta para mostrarnos cómo somos y cómo nos comportamos, el por qué de esos comportamientos y, sobre todo, alternativas para avanzar. Necesitamos “nuevas masculinidades” tanto en el mundo de la dramaturgia como en el de la interpretación. Necesitamos personajes que lloran, que sienten, que exteriorizan, que dialogan, que dudan, que se caen y se levantan. Personajes feministas, personajes que entablan relaciones igualitarias con las mujeres y con otros hombres. Necesitamos huir del “azul” y el “rosa”, del “fútbol” y el “ballet”. Necesitamos un teatro que nos ayude a reescribir el concepto de “masculino” y “femenino”.

Pero también necesitamos que, cuando los textos dramáticos muestran estereotipos de género, roles antiguos, discriminación o violencia de género, lo hagan desde una mirada crítica. Es el caso de obras de teatro como “Jauría”, un texto de Jordi Casanovas con dirección de Miguel del Arco, creado a partir de fragmentos de las declaraciones de la víctima y de los cinco agresores de “La manada” y representado en el teatro Kamikaze de Madrid, tras la cual en alguna ocasión se realizó un coloquio abierto al público sobre nuevas masculinidades en la que participaron varios expertos en igualdad de género de distintos ámbitos.

Otro ejemplo es “no sólo duelen los golpes”, de Pamela Palenciano, que surgió como taller de prevención contra la violencia de género para impartir en institutos y se ha convertido en un monólogo, basado en su propia experiencia con la violencia de género, en el que profundiza en los estereotipos que generan la desigualdad de género con el objetivo de crear consciencia, al igual que otras obras de teatro dirigidas a jóvenes y adolescentes en formato de teatro foro, o de nuevas iniciativas que utilizan la improvisación teatral para ayudar a los y las jóvenes a observar patrones de comportamiento marcados por los roles de género y reflexionar sobre ellos.

Están surgiendo diferentes formatos teatrales donde se puede observar el inicio de un camino, como en la función “¡Viva!”, un espectáculo de danza de la mano del coreógrafo Manuel Liñán, donde seis bailarines se meten en la piel de mujeres flamencas, en una búsqueda de la libertad a través del movimiento y donde no existen los patrones de género. O “tres canciones de amor”, de Patricia Benedicto, un texto que trata de romper con los estereotipos románticos. O Alex Rigola, con un proyecto que coloca a los espectadores ante los testimonios de mujeres maltratadas con un formato innovador a base de itinerarios por diferentes estancias, para buscar la empatía con las experiencias de las víctimas. O “Interrupted”, de Andrea Jímenez y Noemí Rodríguez, sobre el lastre de “la mujer perfecta” …

Diferentes textos, diferentes formatos, diversos géneros y maneras de mostrar un mismo camino: el camino hacia la igualdad. El camino hacia un espejo que no nos muestre lo que debemos o no debemos hacer, cómo debemos o no debemos actuar y qué debemos o no debemos ser o sentir según nuestro género. Un espejo que no nos muestre que nos ha tocado “azul” o “rosa”. “Princesa” o “guerrero”. Un espejo que nos muestre seres humanos que piensan, sienten y actúan como tal y que son libres de ser, pensar, sentir y actuar no como señores o señoritas, sino seres humanos que establecen relaciones con otros seres humanos.

Arreglemos el espejo. Huyamos del manido espejo distorsionado en el que llevamos siglos mirándonos y mostremos uno nuevo. Uno que no manipule, al mirarnos, cómo tenemos que vernos. 

 

REFERENCIA CURRICULAR

Jazmín Abuín Janeiro es una actriz, cantante y periodista nacida en Vigo, de padre gallego y madre canadiense. Ha trabajado en numerosos musicales y obras de teatro. También ha trabajado en cine y en varias series de televisión. Además, es docente, activista y forma parte de una ONG con la que lleva el teatro a los hospitales para las niñas y niños hospitalizados. 

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