Revista con la A

25 de mayo de 2022
Número coordinado por:
Marie Caraj
81

Urbanismo y arquitectura feminista

¿Por qué necesitamos habitar un espacio feminista?

Marc Dalmau i Torvà

Marc Dalmau

Utilizando de palanca la impotencia de nuestro propio cuerpo, nos podemos dar cuenta de cómo funcionamos y nos movemos en la vida ordinaria, como sujetos sin empatía ni sensibilidad, específicamente ego-centrados sólo en función de nuestras capacidades

En las dos últimas semanas, el que escribe estas líneas, se ha visto sometido a una drástica reducción de movilidad debido a un simple, pero molesto, esguince de tobillo. Sin ser ni mucho menos grave, entre las muchas contrariedades de la vida cotidiana adscritas a este tipo de situaciones, quizás una de las más significativas ha sido la transformación de la percepción del tiempo y el espacio durante los desplazamientos por la calle. De repente, impelido a propulsarme a golpes torpes de muleta, los trayectos cortos de cinco o diez minutos, han sido vividos como un auténtico calvario, como si fueran itinerarios de larga duración, caracterizados lógicamente por la lentitud, el sorteo de obstáculos inauditos (veredas, escaleras, irregularidades, subidas, bajadas, pasos cebra…) y el adelantamiento subrepticio, tras el cruce de miradas cómplices, de todo tipo de abuelos, abuelas, y en general de muchas personas usuarias con movilidad reducida -que normalmente ni apercibimos-. Durante dichos viajes, también es cierto, no todo ha sido sufrimiento, pues el ritmo y la lentitud del desplazamiento han generado, a su vez, el incremento de una visión nueva, una percepción proxémica, como diría Hall (2003), aguzada por los detalles, advirtiendo cosas y circunstancias (en los portales, en las calles, en las personas) nunca vistas o percibidas antes, en mis desplazamientos habituales de hombre, sano y “omnipotente”.

Sin querer frivolizar, comparando una simple torcedura de tobillo con condiciones existenciales ciertamente más complejas, en lo que podría ser denominado, no sin humor, como el despertar de la “conciencia del cojo”, podemos tratar algunas cuestiones clave sobre cómo percibimos y usamos ordinariamente el espacio que habitamos y frecuentamos a diario. Utilizando de palanca la impotencia de nuestro propio cuerpo, nos podemos dar cuenta de cómo funcionamos y nos movemos en la vida ordinaria, como sujetos sin empatía ni sensibilidad, específicamente ego-centrados sólo en función de nuestras capacidades; ciegos o miopes a otras posibles situaciones, sin pensar en las dificultades evidentes de movilidad o de otra índole que sufren muchas de las personas que nos rodean y con las que nos cruzamos día sí día también en nuestro deambular cotidiano. Y en el ejemplo, hablamos de movilidad, pero podríamos equipararlo rápidamente a un sinfín de cuestiones relacionadas con todo tipo de necesidades, muchas de ellas relacionadas con la conceptualización y la producción del espacio.

El espacio como (re)producción sociopolítica

Porque es evidente, casi tautológico, que el espacio como producción social (Lefebvre, 2000; Massey, 2005) es percibido y apropiado de una forma diferencial en función de las características de las personas usuarias y sus necesidades. Al menos desde los trabajos de Doreen Massey, sabemos que el espacio habilita la multiplicidad y la heterogeneidad, está en permanente construcción y, seguramente lo más importante, es constitutivamente relacional. Es decir, es interdependiente respecto a los cuerpos y las relaciones sociales que lo habitan y recorren, de modo que no hay relaciones sociales sin espacio, ni espacio sin relaciones sociales (Ibídem). De esta manera, nuestras formas de vida e interacciones, nuestra condición de clase, género, etnia, edad, salud, orientación sexual –interseccional (Crenshaw, 1989; Rodó Zarate, 2021) y performativamente (Butler, 2017)- condicionan el uso que hacemos de las calles y la concepción del espacio que subyace a las mismas.

No hay relaciones sociales sin espacio, ni espacio sin relaciones sociales

El espacio no es solamente una producción social, o mejor, una (co)producción social que exige ser reproducida. En cuanto tal, es también una instancia política atravesada por relaciones de poder; esto es, dinamizada por el conflicto, lo que la propia Massey llamó “geometrías del poder” (1993). El espacio se configura, de ese modo, como una dimensión eminentemente estratégica, que fija un marco de lo posible, envuelve y ensambla fricciones, articula cuerpos a dispositivos de control, impide o permite apropiaciones, dinamiza conflictos o anuda solidaridades. En consecuencia, la producción del espacio, como continente y contenido, fuente y recurso, producción y producto, diría Lefebvre (2000:221), operativiza relacionalmente las exclusiones, explotaciones, estigmatizaciones y sometimientos que subyacen a un determinado modo de producción, que proyecta así, u organiza, su modo de ocupación, y (im)posibilita -o no- su reproducción o apropiación.

Desde esta perspectiva, el espacio es un campo de batalla inherente y conflictivamente travesado por la disyuntiva entre producción y apropiación (Ibídem, 411). Cuando el espacio es producido funcionalmente por y para la mercantilización; el enriquecimiento (cf. Boltanski y Esquerra, 2022) y la extracción de valor en busca de la rentabilidad y la circulación de capital (Harvey, 2007); cuando, de forma combinada, es exclusivamente ideado y dinamizado bajo una lógica patriarcal para reforzar la división social y sexual del trabajo, es cuando se generan espacios públicos homogéneos y uniformes, orientados a favorecer unas determinadas movilidades y entorpecer o impedir otras [1]. Suele producirse, entonces, una topografía de espacios homologables -como las mercancías-, espacios sociófugos (Hall, 2003:134), e incardinados a fomentar una falsa individualidad insostenible (Hernando, 2018). Espacios inapropiados e inapropiables, que no reconocen la diferencia e invisibilizan la desigualdad. Es de esta manera como se articula una geografía capitalista, patriarcal y racista que impone distancias, movilidades forzadas y expropiaciones, en un espacio estatal delimitado por soberanías -públicas y domésticas-, proclive al racismo y sus lógicas punitivas y de cierre social, articulando segregaciones y fronteras en cada esquina, estallando escalarmente, aquí y allá, en contradicciones del desarrollo geográfico desigual (Smith, 2008 [1984]): centros y periferias, dislocaciones y expulsiones…, triplicándose en crisis climáticas, pandémicas y sociales.

La concepción feminista del espacio atiende a las relaciones de interdependencia que nos fundan 

Ahora bien, en su dimensión política, el espacio como marco táctico de apropiación, escenario del conflicto y mecanismo de reproducción social, también puede abrir un campo de posibilidades para la transformación del espacio concebido y producido (Certeau, 2000: 40-489), en espacios diferenciales, diría aquí Lefebvre, regidos por la imaginación, la creatividad, la autogestión generalizada y la preeminencia del valor de uso. Esta subversión e impugnación del espacio producido, permite la construcción de espacios-otros, heterotopias, al decir de Foucault (1994, 2010), rimayas y resquicios por los que asoman prácticas contrahegemónicas. En esta dirección, herramientas y perspectivas como las que brinda el movimiento feminista, resultan imprescindibles para la transformación social del espacio hegemónico. La concepción feminista del espacio atiende a las relaciones de interdependencia que nos fundan, consciente de la fuerza del saber, el cuidado y el apoyo mutuo que cada día hacen nacer a la sociedad mientras acontece. Dicho enfoque desenmascara lo invisible, lo cosificado y lo pretendidamente invulnerable (Hernando, 2018), sea subrayando la ineluctable importancia de la reproducción social (Katz y Monk, 1993; Bhattacharya, 2019; Federici, 2013), o remarcando la importancia de la noción de sostenibilidad -con las y los demás y el entorno- como preocupación y quehacer imprescindible para el sostenimiento de la vida (cf. Mies y Shiva, 2014).

¿Pero qué demonios hace un hombre hablando de espacio feminista?

Esa es la pregunta que te estarás haciendo ahora mismo compañera, y que me traslado a mí mismo cuando estoy escribiendo sobre lo que es o puede devenir un espacio feminista: ¿no sería equivalente a que un capitalista escribiera sobre los barrios obreros, o que un blanco escribiera sobre la racialización de los cuerpos? Tal vez. Aunque la diferencia -quizás- sea “la voluntad de cambiar” como punto de partida, diría bell hooks, y, sobre todo, el convencimiento que la transformación feminista del espacio nos hará mejores como sociedad, como seres vivientes que viven en comunidad. Como escribió ésta persistentemente aguda pensadora: “El problema no son los hombres, el problema es el patriarcado, el sexismo y la dominación masculina” (hooks, 2002:102). Aunque, reconozcámoslo, sin ser mujer es difícil, sino imposible, que pueda llegar a hacerme cargo de lo que realmente significa la discriminación, vulneración, relegación y acoso que se vive al serlo. Pero, insisto y repito, nuestras sociedades y nuestras ciudades necesitan devenires feministas, y ello pasa, entre otras cosas, por la concienciación masiva y revisión permanente de la masculinidad imperante.

Pero, ¿qué herramientas podemos aprender del feminismo para leer el espacio?

La perspectiva feminista del espacio no solamente consiste en denunciar el evidente claro sesgo androcéntrico de toda la producción académica hasta el momento, labor fundamental a la que felizmente se dedican muchas compañeras desde diferentes ángulos y campos desde hace tiempo (cf. Jacobs, 1969; Wekerle, 1984; Rose, 1993; Navas y Makhlouf, 2018; Kern, 2019; Col·lectiu Punt 6, 2019; Pérez-Rincón, 2020); sino que también se trata de extender la mirada y aplicar las herramientas conceptuales feministas al análisis de la producción/apropiación del espacio. No tan solo para denunciar la invisibilización premeditada de los cuidados y la imprescindible parte reproductiva de la sociedad, -que mayormente asumen las mujeres-, sino para generalizar la responsabilización a toda la sociedad y la sostenibilidad de una forma colectiva. Como apunta a la perfección Leslie Kern:

“Una ciudad feminista debe ser una ciudad en la que se desmantelen las barreras -físicas y sociales-, donde todos los cuerpos sean bienvenidos y tengan lugar. Una ciudad feminista debe poner el foco en el cuidado, pero no porque las mujeres deban seguir siendo sus principales responsables, sino porque la ciudad es capaz de distribuir el trabajo de cuidado de forma más pareja. Una ciudad feminista debe prestar atención a las herramientas creativas a que las mujeres han recurrido desde siempre para apoyarse entre sí, y encontrar las maneras de incorporar ese apoyo a la estructura misma del mundo urbano” (2019: 69).

Así pues, un espacio feminista sería un espacio inherentemente equitativo e inclusivo, que modula su realidad para adaptarse a las necesidades de las usuarias que lo (re)producen, lo cruzan y lo moldean. Poner el cuidado en el centro también significa visibilizar y valorizar socialmente dichas labores, responsabilizarnos, universalizar y transversalizar dicho compromiso en función de las necesidades -materiales y simbólicas- de las personas. Construir espacios complejos: propios y comunes, próximos, confortables, plurales y diversos. Y esto conlleva ser conscientes de la frágil fortaleza e interdependencia de las comunidades humanas, en función de la diversidad de las necesidades y los ciclos de vida, y de nuestra capacidad de “preservar la vida de otro” (Butler, 2021:71-104). Y también, del saber usar la cooperación social y el apoyo mutuo como única herramienta válida para la labor permanente de tejer el vínculo comunitario.

Espero que haya quedado claro, a modo introductorio, el por qué, mucho más allá de la cojera, necesitamos con urgencia construir y habitar un espacio feminista.

 

NOTA

[1] Por este motivo, es esencial combinar perspectivas de clase, género y espacio para explicar y comprender procesos urbanos como la gentrificación (Bondi, 1991, 1992; Sakizlioglu, 2018) 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Bhattacharya, Tithi (2019) Teoria de la reproducció social. Manresa: Tigre de Paper.

Boltanski, L; Esquerra, A. (2022) Enriquecimiento. Una crítica de la mercancía. Barcelona: Anagrama.

Bondi, L. (1991) “Gender divisions and gentrification: a critique”. Transactions of the Institute of British Geographers, 16, p. 190-198.

Bondi, L. (1992) “Gender symbols and Urban Landscapes”. Progress in Human Geography, Vol. 16, Issue 2, p. 157-170.

Butler, Judith (2007) [1990] El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona: Paidós.

Butler, Judith (2021) La fuerza de la no violencia. La ética en lo político. Madrid: Paidós.

Crenshaw, Kimberlé (1989) “«Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory, and Antiracist Politics». The University of Chicago Legal Forum, 14, 1989, p. 538–54.

De Certeau, Michel. (2000 [1990]) La invención de lo cotidiano 1. Artes de Hacer. México D.F: Universidad Iberoamericana.

Federici, Silvia (2013) Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de Sueños.

Foucault, Michel (1994). Dits et Écrits, 1954-1988. Tome III : 1976-1979 Paris: Gallimard.

Foucault, Michel (2010). El cuerpo utópico. Las heterotopias. Buenos Aires: Argentina.

Hall, E.T (2003 [1972]) La dimensión oculta. Méjico DF: Siglo XXI.

Harvey, David (2007). Espacios del capital. Hacia una geografía crítica. Madrid: Akal.

Hernando, almudena (2018) La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Madrid: Traficantes de Sueños.

hooks, bell (2002):102). La voluntat de canviar. Homes, masculinitat i amor. Manresa: Tigre de Paper.

Jacobs, Jane. (2011 [1969]) Muerte y vida de las grandes ciudades, Madrid: Capitán Swing.

Katz, Cindi; Monk, Janice. (1993) Full circles. Geographies of women over the life cours. London, New York: Routledge.

Kern, Leslie (2019) La Ciudad feminista. Barcelona: Bellaterra edicions.

Lefebvre, henri (2000 [1974]) La production de l’espace. París: Anthropos. [Versión castellana: La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing, 2013.]

Massey, Doreen (1993) “Power-geometry and a progressive sense of place”. En: VVAA Mapping the Futures. Local cultures, global change. London: Routledge.

Massey, Doreen. (2005) For space. London: Sage publications.

Mies, Maria y Shiva, Vandana. Ecofeminismo. Barcelona: Icária Editorial, 2013 [1993].

Pérez-Rincón, S. (2020). “Feminismo popular contra la desposesión y la transformación urbana neoliberal: la experiencia del Pedregal de Santo Domingo de la Ciudad de México”. Ciudades. Revista del Instituto de Urbanística de la Universidad de Valladolid, (23), p. 185-205. https://doi.org/10.24197.

Rodó-Zárate, Maria (2021) Intersecionalitat. Desigualtats, llocs i emocions. Manresa: Tigre de Paper.

Rose, Gilian (1993) Feminism and geography: the límits of geographical knowledge. Cambridge: Polity Press.

Sakizlioglu, B. (2018) “Rethinking Gender-gentrifications nexus”. A: Lees, Loretta (ed.). Handbook of gentrification studies. Leicester: Edward Elgar Publishing.

Smith, Neil (2008 [1984]). Uneven development. 3º edició. Athens, Georgia: The University of Georgia Press. [Versión castellana: Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y la producción del espacio. Madrid: Traficantes de Sueños, 2020.]

Wekerle, Gerda.(1984) “A Woman’s Place is in the city”. Antipode, vol. 16, nº3, 1984, pp. 11-19.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Marc Dalmau i Torvà es Socio-fundador de La Ciutat Invisible SCCL, trabaja en el área de investigación y formación de la cooperativa. Es Sociólogo y Doctor en Antropología Social y Urbana por la Universidad de Barcelona. Es profesor asociado en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad de Barcelona. Es miembro del Observatorio de Antropología del Conflicto Urbà (OACU) y forma parte del Grupo de Investigación en Antropología del Conflicto Urbà (GRACU) del Grupo de Investigación sobre la Exclusión Social y Control Social (GRECS) de la Universidad de Barcelona. También forma parte de la Universidad Popular Autogestionada (UPA). Es especialista en tres campos de conocimiento: los estudios urbanos; el cooperativismo y los movimientos sociales, y cuenta con la publicación de varios libros y artículos sobre dichas temáticas. Ha estudiado procesos de gentrificación y segregación socioespacial, estigmatización de barrios, expulsiones y procesos de resistencia comunitaria. Por ejemplo, recientemente co-dirigió con Gabriela Navas el estudio “La gentrificación en la ciudad de Barcelona desde una perspectiva de género: Aproximación a las dinámicas de género y propuesta de indicadores” (2019-2020), encargado por el Ayuntamiento de Barcelona.

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