Revista con la A

25 de enero de 2021
Número coordinado por:
Violeta Doval Hernández
73

Marruecos: un balance de las conquistas feministas y los desafíos actuales contado por sus protagonistas

La dramaturgia de la violencia

Ana Cordelia

Ana Cordelia

Más allá de lo biográfico, estoy convencida de que la obra de las mujeres surge desde el cuerpo, porque ¿Cómo ignorar un cuerpo que biológica, social y políticamente ha determinado nuestro ser, decir y hacer en el mundo?

Cuando admiro el quehacer artístico de las mujeres, me pregunto cómo fue o es su vida doméstica, cómo lograron -si lo hicieron- reconciliar lo público y lo privado, quiénes están, no detrás, sino muy presentes en su obra. Resulta inevitable toparse con biografías llenas de vicisitudes: pequeñas o grandes batallas domésticas y profesionales que todas han tenido que enfrentar. Más allá de lo biográfico, estoy convencida de que la obra de las mujeres surge desde el cuerpo, porque ¿cómo ignorar un cuerpo que biológica, social y políticamente ha determinado nuestro ser, decir y hacer en el mundo? Esto me ha llevado a reflexionar acerca de las violencias que experimentan las artistas y algunas formas en que se manifiestan en contextos determinados.

Por ejemplo, en las distintas escuelas de formación artística siguen imperando pedagogías de la crueldad que invitan al alumnado a destrozar, como parte del proceso de “aprendizaje”, a sus colegas; y si son mujeres, mucho más. Con frecuencia, las estudiantes son expuestas y aguijoneadas por sus pares o incluso por maestros capaces de esgrimir frases como “te falta que te cojan” -aludiendo a ello como un “requisito” para ser una verdadera actriz, dramaturga o bailarina-, “no hay buenas directoras” o “hay mejores actrices que madres”.

Como artistas, sus cuerpos son juzgados, tocados y disciplinados para convertirlos en capital explotable en la obra de los grandes directores o coreógrafos. Por otra parte, como asistentes de dirección y producción llegan a ocuparse en tareas de índole personal (encargos domésticos, cuidado emocional, etc.) y, en algunos casos, incluso son explotadas y humilladas por el equipo de trabajo. Estas dinámicas borran los límites entre lo personal y lo profesional, demandando una gran energía física y psicológica de las participantes de algunos montajes.

Muestra de lo anterior son casos inauditos de representaciones de la violencia de género o el feminicidio -temas de moda en el teatro nacional- donde el público presencia auténticos actos de agresión física y sexual en escena, o su resultado, disfrazados de crítica. Y es que, en disciplinas como la danza y el teatro, profesores y directores suelen exigir una apertura total, un estar dispuestas a dar todo por el arte. Si bien considero que éste requiere disciplina, técnica y entrega, difiero en que deba destruirse a un ser humano para obtener al Artista o una gran obra.

Hay también historias de mujeres artistas cuyas parejas eran de la misma profesión que ellas y, en teoría, apoyaban su desarrollo profesional, pues nunca les impidieron, de forma directa, escribir o crear. Sin embargo, al no colaborar en las tareas del hogar y los cuidados, sistémicamente delegados a la mujer, dificultaron la creación de aquéllas dentro y fuera espacio doméstico; un boicot disimulado. A esta dinámica se suman factores como la clase, la raza, las creencias religiosas o la preferencia sexual que atraviesan todas sus decisiones; la desigualdad en las relaciones de pareja y los conflictos emocionales derivados del machismo que merman la salud e imponen una carga extra a su labor creadora.

Un aspecto cuestionable de las becas artísticas es el requerimiento de determinado número de años de carrera ininterrumpidos, pues, en automático, deja fuera a las artistas que deciden parar por maternidad

A propósito de lo anterior, es un aspecto cuestionable de las becas artísticas el requerimiento de determinado número de años de carrera ininterrumpidos, pues, en automático, deja fuera a las artistas que deciden parar por maternidad, por ejemplo. Se impone la consigna absurda de que primero es el Arte y luego la vida, obviando que las principales responsables del sostenimiento de ésta han sido las mujeres y que, en gran medida, son ellas quienes han posibilitado la existencia de toda obra cultural del mundo. Si los varones pueden volcarse en su quehacer es gracias al trabajo y cuidados de alguien más.

Si bien el feminismo ha puesto el acento en estas problemáticas y promovido cambios importantes en algunas políticas culturales, aún hay quienes se oponen a los apoyos en el arte para mujeres o a las cuotas de género, alegando que en éstas no se evalúa la calidad del trabajo de las artistas sino la condición de su sexo -como si los creadores fueran todos ejemplo de excelencia-. A eso habría que sumar la hostilidad de la actual administración hacia las mujeres y las comunidades artística, cultural y científica.

Existen muchas autoras (vivas y no) ignoradas a propósito por el canon y las instituciones, y cuya obra ha sido excluida de los programas escolares. Me viene a la memoria una anécdota, narrada por un profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, acerca de la escritora Luisa Josefina Hernández: contaba que, al prepararse para recibir su nombramiento como profesora emérita en la UNAM, se miró al espejo y dijo “El sueño de Sor Juana: estar sentada junto a los hombres”.

Desconozco la veracidad de esta anécdota; no sabemos si ése era el sueño de la poeta, pero sí que esos lugares estaban vedados a las mujeres. Volviendo a Luisa Josefina Hernández, pienso que la han colocado en un pedestal que impide que, salvo en homenajes recientes, sus textos dramáticos -vigentes y necesarios- sean puestos en escena con más frecuencia o que más de sus extraordinarias novelas sean reeditadas. La autora ha sido arrojada, aunque con todos los honores, al mausoleo de la literatura nacional.

Se da por hecho que para salir del ámbito doméstico al público hay que estar dispuestas a pagar el precio: desde pasar por la condescendencia, el acoso, burlas, indiferencia, hasta ser sujeta de juicio general

Pareciera que ser mujer implica someterse a una serie de pruebas para poder crear, obtener una formación escolar y ejercer la profesión. Se da por hecho que para salir del ámbito doméstico al público hay que estar dispuestas a pagar el precio: desde pasar por la condescendencia, el acoso, burlas, indiferencia, hasta ser sujeta de juicio general. Esto último no sólo por parte de colegas -sobre todo hombres-, sino de la familia y la sociedad entera que les exigen ser excelentes hijas, esposas y madres, además de profesionales (pero con frecuencia se les escatima el crédito si lo logran). Esperan que sean generosas, humildes y silenciosas. Y en caso de tener voz, que replique las voces masculinas; las de hombres que sean sus referentes, influencias y guías más importantes, a quienes hagan promoción y, por supuesto, jamás cuestionen.

Afortunadamente, muchas han desobedecido estas reglas tácitas en la cultura universal. También movimientos como el #MeToo han contribuido a visibilizar muchas de las ya mencionadas violencias a las que son sometidas las artistas, así como la impunidad que prevalece todavía. Estos esfuerzos muestran el papel crucial que tienen las redes de mujeres en estos tiempos de tanta vulnerabilidad. Colectivizar los trabajos domésticos y de cuidados, así como erradicar las violencias son pasos urgentes y fundamentales para lograr una sociedad igualitaria y libre, donde el arte y la cultura no sean la plusvalía del sufrimiento de ningún ser humano.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Ana Cordelia Aldama (ÁNIMA TEATRO) es actriz y directora de teatro, licenciada en Literatura Dramática y Teatro por la FFYL de la UNAM, también es docente y miembra de la colectiva Pensar lo doméstico.

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