Revista con la A

25 de julio de 2020
Número coordinado por:
Lucía Melgar y Alicia Gil
70

¿Nueva normalidad? Y feminismo

Juntas y sin miedo

Lucía Melgar

Lucía Melgar

El movimiento feminista en el mundo ha llevado a cabo una revolución pacífica, lenta, pero perseverante, gracias a la convicción de muchas mujeres, ayer y hoy, de la necesidad de cambiar no sólo el orden desigual en que vivimos sino de crear una forma de convivencia radicalmente distinta, en que la igualdad, la justicia y las libertades sean, para todas y todos, una realidad y no una promesa de papel o un anhelo lejano.

En estos días de pandemia y encierro, la incertidumbre y el agobio no deben opacar los avances que paso a paso han logrado las mujeres hacia un mundo más justo. Recuperar la fuerza que en muchos países demostró el movimiento de mujeres puede darnos ánimo y constituye una base importante para seguir pensando cómo lograr no sólo políticas públicas que respondan a nuestras necesidades sino también mayor consciencia y solidaridad social para enfrentar los muchos retos actuales, los que tenemos y tendremos por delante.

Un atisbo a la esperanza que se deriva del lento pero seguro caminar del feminismo nos lo dan las dos jornadas de protesta y resistencia que se dieron en México el 8 y 9 de marzo. Contrastantes y complementarias, la marcha en el día internacional de la mujer y el paro convocado para el día 9 demostraron, a la vez, el potencial de la acción conjunta de las mujeres que desbordaron las calles de la capital y otras ciudades el domingo, y el valor simbólico de la ausencia el lunes para hacer visible que sin mujeres el mundo no funciona.

Nunca antes habíamos visto una manifestación de mujeres tan grande como ésta en la Ciudad de México

Nunca antes habíamos visto una manifestación de mujeres tan grande como ésta en la Ciudad de México. Desde las estaciones de metro y Metrobús, horas antes del inicio de la concentración en el centro de la capital, era evidente que esta vez sería distinta: cientos de mujeres jóvenes vestidas de negro, morado y verde llenaban los vagones con su entusiasmo y alegría. Al acercarnos al monumento a la revolución, uno de los sitios emblemáticos de la ciudad,  ríos de mujeres en pequeños y grandes coreaban consignas en Reforma, la gran avenida que tantas marchas ha visto, hasta confluir al punto de encuentro donde resonaban voces de jóvenes, adultas, personas mayores, exigiendo juntas el fin de la violencia machista: ”Estado feminicida”, “¡Ni una Menos!”, denunciando el miedo que impone ésta y resignificándolo desde la valentía y la vitalidad: “Nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo”, “Cuando salgo a la calle, quiero ser libre, no valiente”. Lo mismo aquí que en Argentina, Chile y tantos países miles de voces cantaron con fuerza “El violador eres tú”, y se prometieron , bailando, “¡Abajo el patriarcado que va a caer, que va a caer!” y “¡Arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer!”, consignas nuevas y viejas, unidas en la urgencia del cambio, contra la desigualdad, la subordinación y también la feminización de la pobreza, la explotación de cuerpos y mentes, la desaparición y el feminicidio impunes, en un país donde el 98% de los delitos quedan sin castigo, ya por falta de denuncia (debida a la negligencia y la violencia institucionales)  ya por falta de debido proceso.

Como suele suceder cuando a los gobiernos los movimientos sociales independientes les dan alergia y resquemor, el camino al zócalo, destino habitual de muchas protestas, fue entorpecido con maniobras tan torpes que evidenciaron la mentira de autoridades capitalinas (encabezadas por una mujer) que se declararon favorables a la causa, pero en los hechos se alinearon con la retórica presidencial que, absurdamente, asoció la convocatoria feminista con la oposición “conservadora”. Así, se pretendió detener el transporte público a puntos cercanos a las 11 de la mañana, tres horas antes del inicio, obstáculo inverosímil en una megaciudad,  y, peor, se dejó campo libre a infiltrados que, sobre los destrozos provocados por chicas encapuchadas en toda vidriera alcanzable, se ensañaron con tiendas, paredes, bancos, cafés, en un ataque sistemático que incluyó bombas molotov y gases, creando, desde luego, preocupación y en algunos casos temor entre las manifestantes que se replegaban o abandonaban el camino al zócalo o buscaban otras vías para llegar pese a todo. Para colmo, en la plaza monumental que, al irse llenando, habría mostrado la potencia excepcional de este #8M, impedían el libre paso restos de la utilería de un concierto “para mujeres” realizado el día anterior. Ninguna de estas estrategias es realmente nueva; muestran en conjunto la resistencia de cualquier régimen, así se diga de “izquierda” para reconocer al movimiento feminista como interlocutor válido y a las mujeres como ciudadanas de pleno derecho. La magnitud de la concentración -más cercana a las 250.000 que las 80.000 del conteo oficial- muestra a su vez la necesidad de las mexicanas de todas las edades, y en particular de las jóvenes, de exigir espacios públicos seguros, espacios laborales sin acoso, espacios privados sin la misma o peor violencia que la de las calles.

Un día sin nosotras fue un éxito para las mujeres de todas las edades que así refrendaron la certeza de que “Juntas somos más fuertes” y “Si tocan a una, tocan a todas”.

En contraste, y quizá de manera más sorprendente e innovadora que la marcha, el paro del lunes 9 vació calles, transporte, oficinas, pequeños comercios. Las mujeres decidieron quedarse en casa para mostrar por ausencia la relevancia de su presencia cotidiana, de su participación en la economía, la política, la vida social y pública. Aun cuando algunas empresas e instituciones quisieron lavarse la cara machista “apoyando el paro” y de algún modo dando o fingiendo “dar permiso” a las paristas, el “Un día sin nosotras” fue un éxito para las mujeres de todas las edades que así refrendaron la certeza de que “Juntas somos más fuertes” y “Si tocan a una, tocan a todas”. En un país con 10 mujeres asesinadas al día, con desapariciones y violaciones en ascenso, ante un gobierno sordo a las necesidades de niñas, adolescentes y mujeres, saberse unidas, tener claros los problemas y las metas, es un punto de partida común para construir en la diversidad un mundo distinto y cambiar desde abajo lo que hay que cambiar.

Tal vez en este 25 de marzo, en medio de una pandemia que nos recuerda otros tiempos duros y obscuros, la alegría, colorido y fuerza de éstas y otras manifestaciones en el mundo, aparezca como cuadro difuminado. La situación misma que estamos viviendo, sin embargo, nos obliga de algún modo a actualizar esa fuerza, ese potencial de cambio, para resistir y tejer redes de solidaridad aun en el aislamiento.

Para muchas, ésta no es sólo una etapa de prueba, sino una etapa de riesgo -a la violencia, a la explotación en casa, al maltrato, a la pobreza exacerbada y al hambre-. Prevenir la violencia machista en casa, garantizar un empleo decente, reorganizar el trabajo de cuidados, ampliar para todas y todos el derecho y acceso a la salud y la educación son demandas feministas, desoídas en muchos países, respondidas a medias en otros. Hoy, la realidad que enfrentamos en todo el planeta, las ha vuelto urgentes, imprescindibles, para nuestra vida y la del mundo entero. 

 

REFERENCIA CURRICULAR

Lucía Melgar es Crítica cultural, profesora de literatura y estudios de género. Coordinadora para América Latina de Con la A.

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