Revista con la A

25 de noviembre de 2019
Número coordinado por:
Anastasia Téllez
66

Violencia de Género Institucional

Glitter Rosa: Resignificación y Reescritura de lo (INA)movible

Ytzel Maya

Como respuesta al fallido sistema de justicia penal de la Ciudad México que filtró información de un caso de violación a una menor de edad por parte de policías, centenares de mujeres salieron a las calles a reclamar justicia, esclarecimiento del caso y revocación de su cargo a quienes hayan resultado culpables de tales omisiones

La resignificación es un proceso de quiebre en la memoria: el significado que se le daba a algo pasa a trasladarse hacia otro lugar en un movimiento de rehabilitación y memoria en el mundo. La reescritura es hacer tangible este proceso en el texto. Y “el texto” también está conformado por los archivos, los silencios y cualquier sistema de signos mutables, cambiantes e inestables. Me atrevo a afirmar que nada en el mundo es inamovible.

El 12 de agosto de 2019, como respuesta al fallido sistema de justicia penal de la Ciudad México que filtró información de un caso de violación a una menor de edad por parte de policías, centenares de mujeres salieron a las calles a reclamar justicia, esclarecimiento del caso y revocación de su cargo a quienes hayan resultado culpables de tales omisiones. Esa tarde, frente a la Secretaría de la Seguridad Ciudadana, el titular de dicha dependencia recibió un puñado de glitter rosa sobre sí, abarcando apenas uno de sus hombros y su cabello. La marea de reporteros y fotógrafos se vio inmersa en una nube rosa por algunos segundos, como lograron captar varias de sus cámaras.

Me cuidan mis amigas, no la policía

El glitter rosa adoptó otro significado desde la apropiación de un proceso de significación nuevo a través de una consigna: “me cuidan mis amigas, no la policía”.

El discurso del Estado y de los medios fue el de despolitizar el concepto de violencia y volverlo superficial, carente de estructura y ponerlo en el campo abstracto de lo moralino. En ese tenor, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, calificó la protesta como una “provocación”, criminalizando la rabia y el enojo legítimos que no surgieron de la nada. En lo que va de este año, identifico al menos tres oleadas de violencia machista y patriarcal que fueron mediatizadas: el incremento alarmante de los secuestros en el metro, movilizados desde la vulnerabilidad de las mujeres que habitan la periferia; el movimiento de señalamientos a través de redes sociales que desembocó en el MeToo mexicano, impulsado primero desde el hashtag #MeTooEscritoresMexicanos y luego tocando los diversos ámbitos académicos, artísticos y laborales en general; y, claro, los más de diez casos de abuso sexual perpetrado por policías hacia mujeres tan sólo en esta ciudad que han sido documentados por diversas colectivas feministas. Nuestra rabia no viene de la nada. El movimiento feminista siempre ha sido ruido.

El glitter rosa fue visto como una poderosa arma capaz de volverse medio y combustible de un “ataque violento”. Esta arma la volvimos nuestra, la resignificamos y la dotamos de fuerza. 

Ante el discurso que alentó ataques de odio en redes sociales hacia diversos grupos de feministas y además ante la falta de respuesta por parte del Estado, se convocó a una nueva concentración el 16 de agosto, viernes a las 6 de la tarde en la Glorieta de los Insurgentes, ahora renombrada en la memoria colectiva de las que estuvimos (y las que no) ese día como Glorieta de las Insurgentes. Primero llegaron los flashes, las decenas de entrevistas, luego mis amigas y las mujeres que apenas conocía y que también, en ese mismo momento, se convirtieron en una amalgama de confianza y cariño, un solo grito, un solo rostro cubierto con un pañuelo verde y antifaz de diamantina rosa. Empezamos a avanzar hacia la concentración y todo fue más allá del tiempo para gritar, para romper, para incendiar.

Salir a las calles es una forma de protesta y de visibilización de nuestras luchas, pero también es una manera de conformar un archivo desde el cuerpo

El reverso de la totalidad, el otro, el no-sujeto, un continente oscuro: así han sido definidos nuestros cuerpos desde la narrativa política de la construcción patriarcal. Salir a las calles es una forma de protesta y de visibilización de nuestras luchas, pero también es una manera de conformar un archivo desde el cuerpo: un cuerpo-texto. Escribimos sobre nuestros cuerpos para (re)escribir esa historia de la que hemos sido relegadas siempre. Las estaciones de metrobús destrozadas, los cristales, las estaciones de policía incendiadas forman parte de este archivo. Por ello el “suceso”, esta concentración en la Glorieta de las Insurgentes, se traslada del aislamiento hacia la resignificación de un proceso social e histórico de la politización y representación tangible del movimiento de las mujeres. Escribimos y gritamos con el cuerpo.

En tan sólo un año, las cifras de feminicidios en México aumentaron de siete mujeres asesinadas por día a diez. Además, cada cuatro segundos una mujer es violada en este país. ¿Como por qué no estaríamos quemándolo todo?

La concentración del 16 de agosto comenzó con la potencia que éramos todas las mujeres en la glorieta. Después, tres mujeres con la cara cubierta se subieron a una estatua en medio de todo para leer el pliego petitorio a las autoridades. Dicho pliego desplegaba trece puntos en contra de la violencia policiaca y militar en la ciudad, además de abogar por la urgencia de decretar la Alerta de Violencia de Género Contra las Mujeres y la capacitación con perspectiva de género no sólo de trabajadores del Estado como policías, sino también a servidores públicos, incluida la jefa de gobierno. Una vez terminada la lectura, empezó el fuego. Ya no nos íbamos a quedar calladas. Vi de frente cómo el acuerpamiento del movimiento se convirtió en todas nosotras rompiendo cristales, aventando diamantina rosa, quemando anuncios publicitarios que, irónicamente, nos incentivaban con el texto “Toma el control”. Todo este cuerpo que era una se movió hacia la estación de policía cercana a la calle de Florida que terminó en llamas y hacia el Ángel de la Independencia, ahora reflejo de todo eso que reclamamos: reescritura, resignificación, nuevos cánones, nuestra historia visible. Esta sí es nuestra Victoria Alada.

El cuerpo es una amalgama de todas las proyecciones que lo hienden. El cuerpo también es un espacio (o un no-espacio) en el que podemos escribir nuestras historias, que no tienen que trastocar, necesariamente, a un ámbito mayor o público; que las historias privadas son relevantes y que desde ese espacio íntimo se puede hacer una especie de política de los afectos. Desde esta escritura, esta historia que vamos reflejando en el cuerpo, se plantean y se exigen cambios hondos y trascendentales en el Estado sin entrañas, como lo llama Cristina Rivera Garza, en un Estado feminicida, para volcar el mundo. Pienso en el cuerpo-texto como una sola palabra y un solo ente que se mueve a la par de los diversos feminismos porque en este momento de coyuntura las sombras de las voceras y las representantes salen sobrando. El decir “fuimos todas” es también político. Marchamos e incendiamos por las que no pudieron hacerlo.

La escritura de la historia de las mujeres se está haciendo en comunidad, desde los gritos, la rabia y el enojo

Toda escritura es un inmemorial de otras escrituras, de cuerpos que han escrito y siguen escribiéndose. La escritura de la historia de las mujeres se está haciendo en comunidad, desde los gritos, la rabia y el enojo.

Estamos destruyendo la Historia y convirtiéndola en nuestra, desde nuestros afectos, desde nuestros propios textos, con nuestros ojos y con nuestras manos, una resignificación de los monumentos y todo lo inamovible a través de los movimientos sociales que nos acontecen, que nos atraviesan el cuerpo, todo esto conjugado en un solo grito: Mi cuerpo es mío, tengo autonomía, yo soy mía.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Ytzel Maya es editora, activista y ensayista. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas y la especialidad en Enseñanza de Español para Extranjeros en la UNAM. Fue becaria de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo. Formó parte del I Parlamento de Mujeres del Congreso de la Ciudad de México. Actualmente trabaja como consultora en temas de violencia sexual en el INALI y en la UNAM.

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