Revista con la A

25 de septiembre de 2020
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán y R. E. Toledo
71

Hispanas en Estados Unidos

Gabriela Mora. In memoriam

Foto de Edith Pavez: Gabriela Mora, New York, 2018.

Hay personas que siembran conocimiento, que inspiran a pensar y nos permiten ver la vida desde un ángulo distinto. Hay personas que inspiran, que invitan a disfrutar la vida porque ellas la gozan

Hay personas que siembran conocimiento, que inspiran a pensar y nos permiten ver la vida desde un ángulo distinto. Hay personas que inspiran, que invitan a disfrutar la vida porque ellas la gozan. Hay personas que son ejemplo de congruencia y sentido ético, que enfrentan con entereza la adversidad y defienden sus principios, aunque no sean populares. Gabriela Mora fue a la vez una gran académica, una amiga leal y generosa y una ciudadana del mundo, crítica de la injusticia y los abusos de poder. Ligada por su origen a Chile, fue sensible por su experiencia adulta a los avatares de la política interna e internacional de Estados Unidos.

Conocí a Gabriela Mora por sus artículos sobre Elena Garro, escritora mexicana que en los años 80 era más apreciada en la academia norteamericana que en México. Años después, la cercanía de nuestras universidades, Rutgers y Princeton, me permitió invitarla a dar una charla. Gabriela escogió hablar sobre Clemente Palma, escritor peruano que, según ella, debía ser más apreciado que su padre, Ricardo, autor de las canónicas “Tradiciones peruanas”, por la calidad y actualidad de sus cuentos góticos donde daba cauce al erotismo y rompía los tabús de su época. Así se inició una amistad de más de veinte años, hasta el 6 de julio en que su vida se extinguió en su casa familiar en Santiago de Chile.

Nacida en Chile en 1929, Gabriela fue desde niña una lectora ávida, de inteligencia despierta y precoz. Para que pudiera entrar a la escuela secundaria, su padre, según contaba, le aumentó dos años. Al terminar, intentó en vano seguir el camino de las ciencias y optó por una profesión que le permitiera seguir su pasión lectora. Se formó como profesora en el Pedagógico Nacional de Chile donde se graduó con una tesina sobre la obra de María Luisa Bombal, escritora poco leída y menos apreciada en los años 50. En ese entonces intentó demostrar que la autora de “El árbol” escribía como mujer, tarea que después consideró ociosa y errada pero que, a la distancia, sugiere un interés temprano por la crítica feminista de la que fue pionera en los años 70.

Interrogada sobre su interés por el feminismo y sus innovadores aportes teóricos a la crítica feminista de la literatura latinoamericana, Gabriela explicaba que desde chica había percibido el machismo en la desigualdad de trato entre ella y sus dos hermanos;  que corroboró la injusticia hacia las mujeres en la sociedad chilena cuando supo que dos compañeros suyos del Pedagógico se iban a Europa con becas que nadie había mencionado a las alumnas, y años después, cuando vio cómo chilenos exiliados en Nueva York dejaban a sus esposas por jóvenes admiradoras norteamericanas. Lejos de verse como víctima o de lamentarse por estas conductas, transformó estas experiencias en un acicate más para seguir su propia vía, desarrollar una crítica feminista que enriqueció el estudio de la literatura latinoamericana en los años 70, y contribuir a la difusión y análisis de autoras como Elena Garro, Albalucía Ángel, Cristina Peri-Rossi, y la propia Bombal. En años más recientes, se entusiasmó con la obra de Gicoconda Belli y Alejandra Costamagna.

Además de pionera de la crítica feminista en la academia norteamericana fue una gran especialista del cuento, a cuyo estudio aportó un aparato teórico riguroso

Además de pionera de la crítica feminista en la academia norteamericana, donde se formó en los años 60 y en la que desarrolló su carrera profesional a partir de 1971, Gabriela Mora fue una gran especialista del cuento, a cuyo estudio aportó un aparato teórico riguroso y nuevos acercamientos a colecciones y relatos tan diversos como los de Garro, Cortázar, Clemente Palma, entre otros. Su interés por las historias de vida, que la llevó a analizar la autobiografía hispanoamericana para su tesis doctoral, le abrió nuevos caminos a la investigación, como el descubrimiento entre cajas desordenadas del diario de Eugenio Hostos, intelectual puertorriqueño, defensor de la educación de la mujer, al que dedicó un pequeño libro. Abierta a una variedad de estilos, sensible a la novedad y a la originalidad, igual supo apreciar Cien años de soledad en 1968 que elogiar las novelas de su compatriota Patricio Manns en el siglo XXI.  De la novela de Macondo publicó en una revista académica de Estados Unidos una reseña que, quién sabe cómo, reprodujo un periódico colombiano y llegó a los ojos de García Márquez, según le contara éste, agradecido, en un encuentro fortuito en Cuba años después.

Gabriela Mora estuvo siempre ligada a la literatura: dedicó a la docencia la mayor parte de su vida, primero en Chile, luego en Estados Unidos; pasó muchos veranos en archivos y bibliotecas, escribiendo artículos y libros, según decía para ganarse la vida (y, dos veces, la permanencia en la universidad) pero también por gusto. Quizá por eso le fue importante reunir en un libro una amplia selección de sus ensayos y publicarlo en Chile, como un legado para el público de su país, donde se la conocía poco. Hablar de las novelas que la entusiasmaban la animó a mantener hasta cuatro grupos de lectura, ya jubilada de la universidad.

Otra constante en su conversación y en su vida fue la política. Si el ascenso de Allende y luego el golpe de Estado de 1973 en Chile le abrieron los ojos a la política latinoamericana, vivir en Texas primero y en la frontera con Harlem después, le mostró de cerca el racismo en Estados Unidos, que también conoció a través de escritos de James Baldwin, Malcolm X y Toni Morrison. La pesada carga y urgencia del trabajo universitario no fue obstáculo para dedicar tiempo y energía a la causa de las y los exiliados chilenos y a la protesta contra la dictadura militar en su país. Además de acoger en su casa a algunas y algunos sobrevivientes de torturas y persecuciones, participó en iniciativas políticas de apoyo a Chile, se unió al Grupo de Acción por las Mujeres en Chile (AFWIC) compuesto por mujeres norteamericanas y chilenas solidarias con esta causa; participó en programas de radio para dar a conocer la situación en su país, y se mantuvo atenta a los acontecimientos que llevaron a la transición y a los gobiernos subsecuentes. Ajena a cualquier nacionalismo, se indignaba también por el sufrimiento del pueblo palestino y se enfurecía por la alianza de Estados Unidos con el gobierno israelí. Las guerras emprendidas por su país adoptivo también la enojaban y preocupaban. Fue una pacifista convencida y, en espíritu, una ciudadana del mundo sensible a las injusticias. Durante más de tres décadas compartió estos intereses con Harold, su marido, especialista en filosofía de las ciencias, cuya muerte súbita en 2005 fue un golpe terrible para ella.

Apegada a Nueva York, donde vivió casi medio siglo, enamorada de la vista al río Hudson que contemplaba desde sus ventanas, Gabriela Mora supo preservar sus amistades hasta el final de su vida y mantuvo su independencia mientras su salud se lo permitió. A fines del año pasado, volvió a su casa natal en compañía de su familia más cercana.

Gracias a su inteligencia, sensibilidad y trabajo constante y entusiasta, Gabriela Mora nos legó textos que invitan a apreciar con ella la riqueza literaria de Hispanoamérica. Quienes la conocimos le agradecemos además su generosidad intelectual y su alegría de vivir.

 

Lucía Melgar

REFERENCIA CURRICULAR

Lucía Melgar es Crítica cultural, profesora de literatura y estudios de género. Coordinadora para América Latina de Con la A.

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