Revista con la A

25 de septiembre de 2018
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán y Lucía Melgar
59

Heroínas

En memoria de Nancy Alonso

Nancy Alonso

 

El pasado tres de abril falleció la escritora Nancy Alonso. Nos lo comunicó su gran amiga y compañera Mirta Yáñez. En noviembre de 2014, en el número 35 de con la A, publicamos el cuento de Nancy “La Excursión”. A principios de este año, Nancy envió un nuevo cuento, “Domicilio desconocido”, a Lucía Melgar, nuestra directora del área internacional en México, porque quería publicar otra vez con nosotras. Ha sido una gran pérdida que, tristemente, tenemos que sumar a la de Claribel Alegría que con pesar despedimos en el número 56… Estamos muy apenadas, pero nos reconforta saber que hemos dejado un pequeño retazo para su recuerdo ¡Hasta siempre, Nancy!

 

Domicilio desconocido

Buenas tardes. Para serle sincera, no sé por dónde empezar. Lo primero es agradecerle la gentileza de concederme una entrevista. Usted debe estar muy ocupado como director de varios programas en esta emisora radial. Cuando le mandé el recado con mi vecino, el productor, no tenía muchas esperanzas de que me recibiera. Y menos si ya usted sabía de quién quiero hablarle.

Yo nunca conté esta historia. Cosa rara, con lo que me gusta hacer cuentos. Aunque, a decir verdad, los de Etiopía son un punto y aparte. Guardé silencio todos estos años por reservarle la primicia de la anécdota a su protagonista involuntaria. En espera de una buena ocasión, por una cosa o por otra, no se lo conté a ella. Hasta hace poco existió la posibilidad de hacerlo. Todo radicaba en proponérmelo. Ya ve, las cosas han cambiado y ahora acudo a usted buscando ayuda. Si me hubiera dejado llevar por el impulso, la mismísima noche en que disfruté aquella alegría, una de las mayores que sentí en África, le habría escrito a ella narrándole lo sucedido. Pero temí hacer el ridículo. Porque eso de que ella recibiera una carta aquí, en la emisora, firmada por una desconocida, con un relato semejante, vaya usted a saber qué efecto le hubiera producido. Preferí esperar para contárselo personalmente a mi regreso. Y como me entusiasmaba tanto la idea de devolverle mi gratitud a cambio de la felicidad que me hizo sentir, construí en mi mente cada detalle de nuestro encuentro. Nada, quería que fuera algo lindo de verdad.

Una vez en Cuba, fui postergando el momento de buscarla para hacerle aquella historia. ¿Usted ha cumplido alguna misión en África? ¿No? Entonces no puede saber. ¿Me cree si le digo que durante más de seis meses a partir de mi retorno tuve la impresión de estar todavía en Etiopía? Me costaba trabajo adaptarme. Hablaba poco con mis familiares y amigos, excepto con mis compañeros de misión, claro está. Creía que sólo ellos podían comprender esa extraña sensación de no pertenencia a mi propio país. Además, la rutina apenas dejaba espacio para hablar de los recuerdos africanos. Bastantes dificultades se habían acumulado en los dos años de mi ausencia. Le estoy hablando del año 1991. Imagínese usted: recién había comenzado el desbarajuste nuestro. Todos estaban demasiado ensimismados en sus problemas como para prestar atención a horrores lejanos. Cuando finalmente logré conectarme con esta realidad, me pareció menos espectacular el cuento y perdí un poco de entusiasmo por buscarla a ella y revelárselo.

Con el tiempo comprendí mi error. Como dice Antonio Gala, para cada cual la Gran Guerra es la que le derrumba el techo de su casa, pero también el ser humano es capaz de conservar un increíble sentido solidario. Por lo demás, ¿tiene idea de cuántos cubanos han estado en África? A ver, dígame un aproximado. Entre militares y civiles. ¿No adivina? Más de cuatrocientos mil. Calcule el significado de esa cifra, si tenemos en cuenta que somos once millones de habitantes en la Isla. Mire, cuando usted va montado en un tren de aquí a Santiago de Cuba, con casi mil personas dentro, puede que cuarenta o cincuenta de ellas compartan la experiencia africana. No se puede creer ¿verdad? Lo curioso es que da igual si estuvieron en Angola, Tanzania, Zambia, Cabo Verde, Mozambique o Ghana. Hay mucho de común de lo que hemos vivido. Por ejemplo, apuesto cualquier cosa a que la palabra más veces pronunciada y pensada por los cubanos, en todos esos países, es Cuba. Una cuenta los días que faltan para el regreso a Cuba, espera cartas de Cuba, sueña con Cuba, hace planes para cuando esté en Cuba, quiere tener noticias de Cuba, teme por Cuba. Una verdadera obsesión. Y precisamente esto tiene relación con mi visita de hoy.

A mí la nostalgia por Cuba me mordió antes de salir de aquí. Metí en la maleta afiches, postales y abanicos de mar para tener algunos pedacitos de la Isla a mi lado. Me llevé varios casetes con mi música preferida donde no faltaban, por supuesto, Bola de Nieve, María Teresa, Omara, Elena, José Antonio, Pablito y Silvio. Ni sé las veces que escuché aquellas canciones y las horas que pasaba contemplando una imagen del Morro con el Malecón y ese mar increíble. Dejé instrucciones precisas a mi familia para que me enviaran, semanalmente, óigalo bien, se-ma-nal-men-te, los periódicos más enjundiosos de entonces. Quería mucho estar al tanto de lo ocurrido en este país durante dos años de ausencia. A veces pienso si de verdad todo aquello me ayudaba a espantar el gorrión o, por el contrario, lo alimentaba. Quién sabe.

En fin, le hablo de esto para que comprenda cuán decidida estaba yo, desde los preparativos de mi viaje, a mantenerme ligada a Cuba. ¿Qué le voy a contar entonces de lo sucedido cuando me vi en el cuerno africano? Vivía pendiente del correo. Sin embargo, las cartas y los periódicos me dejaban cierta amargura cuando veía las fechas. A veces se tardaban más de un mes. ¿Entiende? Siempre era información atrasada.

Las llamadas telefónicas eran otra cosa. Esas sí me permitían tener noticias frescas, como estar en Cuba aunque fuera por los escasos minutos de comunicación. Sólo que eso ocurría una vez al mes, o en el mejor de los casos cada quince días. ¿Sabe lo que hacíamos en la brigada? Pues nos poníamos de acuerdo para que nos llamaran en fechas diferentes y así nos manteníamos más cerca de Cuba. Quizás le parezca una locura. Así mismo era, una locura.

A lo anterior súmele el despiste total sobre lo que ocurría en el mundo a causa del idioma. Nos comunicábamos con los nativos en inglés o con traductores del inglés a los dialectos locales. Del amhárico, la lengua oficial, sólo conocíamos unas cuantas palabras. No podíamos leer el periódico, y encendíamos el televisor de la brigada nada más cuando transmitían en inglés. Y para eso el noticiero era pésimo y hablaban tan enredado que ni a derechas entendíamos. Podía haberse desencadenado la tercera guerra mundial y nosotros nos hubiéramos enterado, si acaso, por las conversaciones con los etíopes.

Aquello era demasiado para mí. Entonces se me ocurrió la idea del radio. Sí, de comprarme un radio. Con onda corta, claro, para escuchar las estaciones internacionales. Aún recuerdo como si fuera hoy el día de la compra del flamante Philips de color negro y plateado. El dueño de la tienda era un etíope musulmán llamado Kaid. Bajito, de bigote recortado, muy amable. Me explicó las ventajas de aquel radio portátil con tres bandas y garantía por un año. No lo pensé dos veces y desembolsé los ciento cincuenta birr. Casi la mitad de mi salario mensual.

Mi vida en África cambió totalmente con el Philips. ¿Se ríe? Pues le hablo en serio. Los primeros días me dediqué a localizar los programas que más me gustaban. Sobre todo los informativos y los musicales. Tempranito por la mañana, antes de salir hacia las clases, oía el “Servicio para América Latina” de Radio Moscú en español. Al regresar por la tarde me apresuraba a sintonizar Radio Exterior de España y los domingos no me perdía el “Diario Hablado” de esa misma emisora. A las nueve de la noche escuchaba las noticias de la BBC, precedidas por la inconfundible musiquita, las campanadas del Big Ben y la voz del locutor diciendo la hora por el meridiano de Greenwich y el anuncio de This is London. A las diez ponía Radio Francia Internacional y trataba de cultivar mi francés estudiado en la Alianza. Ya a las once, para dormir, me acompañaba una emisora africana, The Voice of Kenya, Nairobi, que a esa hora trasmitía en inglés un noticiero breve y luego un programa musical excelente. Esas eran mis audiciones radiales, digamos sistemáticas. Además se añadían, en las madrugadas sin sueño, la compañía de Radio Netherland, The Voice of America y otras, en italiano y portugués, cuyo nombre no recuerdo ahora. De esa forma fui calmando mi necesidad de saber qué diablos estaba pasando en el mundo.

Pero de Cuba, ni una noticia. Nosotros aquí creemos ser algo así como el ombligo del universo. Y de eso nada. Yo me pasaba días y días con la oreja pegada al Philips y no escuchaba la palabra Cuba. Como si hubiera desaparecido de la geografía. Mire, una vez a un compañero lo llamó su esposa desde Pinar del Río para decirle que la Isla estaba rodeada por barcos militares yanquis y se había decretado una alarma combativa por lo peligroso de la situación. ¡Para qué fue aquello! El verdadero zafarrancho de combate se armó en la brigada. Cundió el pánico. Inmediatamente se decidió montar una especie de guardia radial, de la cual yo era responsable, para monitorear las más importantes emisoras y tener noticias de los sucesos. Para nuestra sorpresa, de Cuba no se decía absolutamente nada. Menos mal que a los dos días entró otra llamada y supimos que se trataba de unas maniobras militares de rutina desde la Base Naval de Guantánamo. La sangre no iba a llegar al río.

Por esa época nos visitaba mucho Dawit, un etíope graduado de agrónomo en Cuba, lleno de nostalgias por su segunda patria. Un día me confesó que mitigaba la tristeza cuando a veces podía captar Radio Habana-Cuba por las madrugadas. Ahí mismo le pedí los datos de la banda y frecuencia e incorporé una nueva obsesión en mi trastornada cabeza: escuchar noticias de Cuba desde Cuba. Noches enteras me las pasé en vela tratando de captar la ansiada señal. Todos los intentos resultaron infructuosos durante meses. Me daba tremenda pena con la gente de la brigada cuando me preguntaban, ¿pudiste oír Radio Habana-Cuba anoche? Tenía usted que haber visto sus caras cuando recibían mi negativa por respuesta. El caos y la desolación.

¿Lo aburro con tanta perorata? No se preocupe, ya viene la historia en cuestión, la que me trajo a verlo. Mis amigos dicen que hago los cuentos interminables. Pero cómo iba a entender usted la trascendencia de lo sucedido si desconocía todo lo anterior, la psicología de los cooperantes internacionalistas. En relación con Cuba, quiero decir.

Vamos al grano. Una madrugada, como a eso de las dos, me desvelé. En Cuba serían las seis de la tarde del día anterior. Encendí mi Philips buscando entretenerme un rato y sintonicé a ciegas una estación que trasmitía en ese momento música instrumental agradable. Y ahora viene lo mejor. Puede creerme o no esto que le voy a contar, pero le juro que antes de darme cuenta de nada yo sentí una opresión muy grande en el medio del pecho. El corazón se me desbocó sin yo saber por qué. Una fracción de segundo después identifiqué los acordes de presentación de esta emisora, sí, de la suya, y a continuación la voz cálida de una mujer, ya sabe de quién, que decía: “Están escuchando Radio Habana-Cuba”. Todavía hoy me conmueve recordar aquello. Era como si ella me hablara a mí desde Cuba, ¿entiende? Un mensaje muy especial en un noticiero de cinco minutos. Lloré de felicidad. Le agradecí a esa voz su existencia, pues era una forma de demostrarme la de Cuba. Allí estaba Cuba, estaba Radio Habana-Cuba, y estaba esa excelente locutora, una de las mejores voces de nuestra radio y televisión. Segura, con una dicción perfecta y una entonación precisa, como siempre. Se fue del aire la emisora y, de la emoción, me quedé despierta, esperando el amanecer para contarles a mis compañeros lo que había escuchado.

Quizás se esté preguntado a dónde va a parar todo esto. Como le dije al principio, nunca le conté a ella esta historia. Y ahora ya no se la puedo contar porque, como usted sabe, se fue del país. Se cansó o se aburrió, no lo sé. El asunto es que no está aquí y me he puesto a pensar que seguramente añora a Cuba, sueña con Cuba, necesita saber de Cuba.

Por eso creo que sería bueno hacerle llegar esta anécdota. Para ayudarla a espantar el gorrión o para alimentarlo. Quién sabe. Pero no sé dónde vive. Desde Etiopía yo pensé escribirle aquí, a esta emisora, y ella hubiera comentado con usted y los demás compañeros de trabajo, la carta de una internacionalista obsesionada con Cuba. No, no importa si no tiene su dirección, ya me lo imaginaba. He pensado en algo mejor. ¿Y si usted incluyera este relato en alguno de sus programas? Sin decir el nombre, por supuesto. Puede que donde quiera que esté, ella escuche Radio Habana-Cuba y así conozca esta historia que le pertenece. Seguro nos lo va a agradecer, ¿verdad?

 

REFERENCIA CURRICULAR

Nancy Alonso (La Habana 1949) falleció el 3 de abril de este año 2018.  Narradora cubana, bióloga y profesora universitaria. Publicó los libros Tirar la primera piedra (1997), Cerrado por reparación (2002) y Desencuentro (2009), estos dos últimos traducidos al inglés por Anne Fountain y publicados en EE UU: Closed for Repairs (2007) y Disconnect (2012). Hizo la compilación, junto con Grisel Terrón, de los cuatro tomos del Epistolario de Emilio Roig, primer historiador de La Habana. Trabajó en la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana. Hasta su partida, ha sido integrante de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Descansa en paz, amiga Nancy.

 

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