Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

El Memorial del campo de Rivesaltes, un lugar donde descifrar los estratos del tiempo

Aránzazu Sarría

Aránzazu Sarría

Es frecuente en nuestros días asociar cualquier imagen de población desplazada a un discurso sobre protección de fronteras, gestión de la mano de obra extranjera e identidad nacional, lo que favorece reducir el fenómeno de los desplazamientos a la problemática migratoria

A Marina Carrasco Tierra, por la memoria transmitida

Es frecuente en nuestros días asociar cualquier imagen de población desplazada a un discurso sobre protección de fronteras, gestión de la mano de obra extranjera e identidad nacional, lo que favorece reducir el fenómeno de los desplazamientos a la problemática migratoria. Bajo la supremacía de las políticas de seguridad, las coordenadas espaciotemporales que encierra todo desplazamiento de índole masivo tienden a ser relegadas, escatimando su necesaria contextualización y diversidad. Ya de por sí, el volumen de población afectada señala la gran complejidad del fenómeno: según los datos publicados por el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), en 2021, este año se cerró con más de 89 millones de personas en la categoría de desplazados forzosos, con Siria, Venezuela y Afganistán entre los países situados a la cabeza de este ranking. Antes incluso de la invasión rusa de Ucrania, que ha desencadenado “una de las crisis de desplazamiento forzado de mayor magnitud y rápido crecimiento desde la Segunda Guerra Mundial”, el incremento de personas afectadas ha sido constante desde la última década, una tendencia que urge a resolver problemas de acogida y reasentamiento de refugiados [1].

La alusión en los informes oficiales al conflicto mundial de 1939-1945 -que dejó en Europa unos ocho millones de personas desplazadas- es significativa de una memoria traumática que opera como señal de alarma, no solo por el volumen entonces alcanzado, sino por las condiciones inhumanas padecidas por la población afectada. La velocidad y progresión de las cifras actuales dan cuenta del aumento y el enquistamiento de los conflictos en los últimos años por todo el planeta, pero el fenómeno del desplazamiento masivo remite a mecanismos de exclusión y reclusión conocidos, aplicados de manera más o menos recurrente a lo largo de la historia. De ahí el interés en inscribir dichos procesos en una larga trayectoria que en el siglo XX se torna paradigmática por la extensión y la intensidad de la violencia ejercida sobre civiles.

El fenómeno del desplazamiento masivo remite a mecanismos de exclusión y reclusión conocidos, aplicados de manera más o menos recurrente a lo largo de la historia

Hoy como ayer, la ruptura que supone el desplazamiento forzado para el devenir del individuo en tránsito -evadido dentro de las fronteras del propio país, refugiado o demandante de asilo-, sigue estando supeditada a la lógica de los Estados, con frecuencia países vecinos en los que recae la responsabilidad de ofrecer modalidades de acogida. En este punto, y a pesar de los avances imputables a la actuación de organismos internacionales y de ayuda humanitaria, se vuelve difícil eludir las correspondencias entre el tratamiento del asunto en los Estados democráticos durante las décadas de los 30 y 40 del siglo pasado y la actualidad.

Incorporar el factor tiempo al espacio, o más bien a los espacios que pautan la trayectoria del sujeto desplazado -entiéndase fronteras, campos o centros de acogida-, permite asomarse a la complejidad de estos movimientos de población. Así como determinados tiempos históricos actúan como depósitos de experiencia, sobrepasando las vidas de individuos y generaciones, resulta plausible concebir estos lugares de tránsito como operando a modo de estratos del tiempo. Se trataría de espacios impregnados de las experiencias allí vividas y donde, más allá del acontecimiento que las desencadenó, permanecen disponibles al alcance de otras generaciones [2]. Repensar así ese espacio lo convierte en un estrato en el que las experiencias desbordan el círculo biológico y se despliegan en el tiempo por la vía de la transmisión generacional, adquiriendo carácter transcendente.

Las experiencias desbordan el círculo biológico y se despliegan en el tiempo por la vía de la transmisión generacional, adquiriendo carácter transcendente

Uno de esos lugares depositario de experiencias pasadas que ha llegado hasta nosotros es el campo de internamiento de Rivesaltes en Francia. Situado en tierras del Roussillon, en el actual departamento de Pirineos Orientales, este antiguo campo militar constituye un universo en sí mismo, tan aislado a primera vista del mundo exterior como expuesto a las secuelas de los acontecimientos más violentos del siglo XX [3]. Las familias de republicanos españoles de la Retirada de 1939 fueron las primeros en ocupar el lugar. Transformado en campo de internamiento en enero de 1941, el régimen colaboracionista de Vichy prolongó en él la política de exclusión de los últimos gobiernos de la III República, basada en la figura del “indeseable” y aplicada a grupos de población que debían ser separados del cuerpo social y recluidos por su supuesta peligrosidad política y social [4]. Aunque de los primeros campos improvisados en las playas de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien o Le Barcarès ya no queda rastro alguno, este exilio que siguió a la Guerra Civil española inaugura la aplicación en Francia de una lógica de excepción, que hace del campo un dispositivo esencial de control y persecución extendido por la Segunda Guerra Mundial -como muestra la cartografía del internamiento para este período, que supera los doscientos campos repartidos en todo el territorio francés-.

A partir de 1941 el trazado del campo de Rivesaltes sirve de delimitación para los relegados de la historia. En apenas dos años concentra 17.500 personas. Junto a los republicanos españoles, que representan el 55 por ciento de la población internada, se encuentran 7.000 judíos extranjeros, evacuados o expulsados de los países del norte de Europa (Bélgica, Luxemburgo y Holanda) y de los cuales 2.300 serán deportados a campos de exterminio a partir del verano de 1942, y 1.300 gitanos de nacionalidad francesa procedentes mayoritariamente de los departamentos de Alsace-Moselle. El campo, de una extensión de 600 hectáreas, se llena así del paso y de la vida en tránsito de miles de desplazados: hombres, mujeres, niñas y niños, jóvenes y personas ancianas, combatientes y civiles de nacionalidades, lenguas y confesiones diferentes desfilan sobre una tierra pedregosa y rojiza, ocupan barracones miserables y esperan en silencio, postergados por condiciones tan extremas como inhumanas, un destino suspendido a la decisión de un sistema administrativo que los anonimiza.

Bajo la ocupación alemana de la zona sur de Francia, entre 1943 y 1944, el campo es cerrado para volver a desempeñar una función de cuartel militar, esta vez para la Wehrmarcht alemana. Tras la Liberación, el internamiento se impone de nuevo como uso, adecuándolo a las necesidades que impone la victoria. Es el turno de acusados de colaboracionismo y prisioneros de guerra: más de 10.000 soldados alemanes y austríacos, buena parte de ellos destinados a trabajos agrícolas y de remoción de minas, ocupan el espacio hasta mayo de 1948.

Otra guerra y otro exilio, herencia de la historia colonial, aportan al campo de Rivesaltes aún un estrato más de experiencias: en los primeros meses de 1962, son internados nacionalistas argelinos del Frente de Liberación Nacional (FLN) y a continuación familias de harkis, musulmanes enrolados en las tropas francesas en la guerra de independencia de Argelia. Reagrupadas en la precariedad y la urgencia, 21.000 personas transitan entre dos nacionalidades, traidoras para unos, peligrosas para otros, hasta el cierre del campo en diciembre de 1964. Aún después, los coletazos de los procesos de descolonización en África y Asia hacen del campo un destino provisional para familias de militares guineanos y de la antigua Indochina. Finalmente, entre 1986 y 2007, se instala un centro de retención para extranjeros susceptibles de ser expulsados.

Hoy la primera impresión del recinto que albergara el campo de Rivesaltes es la de un lugar sin vida, como si en él nunca hubiera podido haberla. Todo permanece allí, sin embargo. Entre las ruinas de los barracones que todavía permanecen en pie, destaca un memorial, inaugurado en 2015, cuya arquitectura se funde en el paisaje para encerrar las huellas de experiencias allí acumuladas. A través de imágenes, objetos, documentos y testimonios, multitud de escenas parecen resurgir entre muros semiderruidos y restos de ventanucos huecos. Nos cuentan tiempos de hambre, miseria, reclusión, abandono, soledad y privación de libertad. Y nos hacen testigos de la transmisión de la memoria de los que sobrevivieron a penurias materiales, con su carga de violencia moral, y de los que transitaron hacia la muerte.

Pese a lo inhóspito del lugar, en ese silencio solo roto por el soplo de la tramontana que impone con dureza su lenguaje cabe la humanidad entera. Tal es la fuerza del memorial. Como estratos del tiempo, en su unicidad, recurrencia o transcendencia, el campo se revela ante los ojos del visitante intacto de la humanidad de quienes allí estuvieron internados. La que comparten con los millones de personas desplazadas de nuestro presente que algún día necesitarán un lugar desde donde contar su historia.

 

NOTAS

[1] https://www.epdata.es/datos/desplazados-forzosos-mundo-datos-graficos/397

[2] Propuesta teórica formulada por el historiador alemán Reinhart Koselleck en Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Editorial Paidós, Barcelona. 2001.

[3] Le Mémorial du camp de Rivesaltes. Beaux-Arts Éditions, Paris, 2015. https://www.memorialcamprivesaltes.eu/lhistoire-du-camp-de-rivesaltes

[4] Geneviève Dreyfus-Armand, «Mémoires de luttes. Les réfugiés espagnols en 1939, des ‘indésirables’», Plein droit, n°108, marzo 2016, p. 44-48 y Les Républicains espagnols à Rivesaltes. D’un camp à l’autre, leur enfants témoignent (janvier 1941-novembre 1942), Éditions Loubatières, 2020.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Aránzazu Sarría Buil es historiadora. Docente e investigadora en la Universidad Bordeaux Montaigne, la historia y la memoria del exilio republicano español ocupan un lugar central entre sus temas de estudio.

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