Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Editorial

Cuando repasamos los principios de la Historia, la guerra se nos muestra como un fenómeno vinculado a la subsistencia de los grupos humanos obligados a defender los recursos, que habían recolectado o cazado en su constante nomadismo, buscando el lugar y la estación más propicia que les proporcionara medios (alimento, agua, refugio, etc.) para el desarrollo de su grupo, cuando eran asediados por otros grupos humanos, también nómadas, que no habían tenido tanta suerte en su recolección y ante el hambre y la necesidad se veían obligados a quitar a los otros aquello de lo que carecían… y ahí comenzaban los altercados, las peleas, los combates. Sin embargo, es durante el proceso de la revolución Neolítica cuando se instaura el patriarcado que utiliza la violencia para su consolidación y permanencia. Antes de proseguir, es preciso que recordemos que la humanidad, hasta la fecha, solo ha tenido dos revoluciones económicas que han provocado transformaciones políticas, sociales, científicas y culturales: la Neolítica, con la transformación de los pueblos nómadas en sedentarios a partir del nacimiento de la agricultura y el pastoreo, y la Industrial, esa gran transformación económica, social y tecnológica que supuso pasar de una economía agrícola y ganadera, rural, a otra de carácter urbano, mecanizada e industrializada. Ahora estamos en el proceso de transformación económica, social, cultural, científica y política generada por el desarrollo de las tecnologías de la información, de la comunicación y de la robótica, que no sabemos, aún, qué deparará a la humanidad, si es que cuando ésta se desarrolle plenamente queda algo de humanidad para contarlo. Decíamos que cuando se instaura el patriarcado, durante el Neolítico, y las necesidades de subsistir se transforman en la imposición de mantener el poder del padre, de los bienes del padre, en los que se incluye a los seres humanos, bien a través de la vía del parentesco bien a través de esclavizar a otros seres humanos ajenos a su parentela, pero, sobre todo, esclavizando y sometiendo a las mujeres, vinculadas familiarmente o no, para garantizar la descendencia, que pasa a ser propiedad paterna, o para disfrute sexual, además de garantizar los cuidados para la vida que quedan en manos de las mujeres, la guerra cobra un papel primordial. Así pues, en este “barrido” un tanto tosco de la Historia, lo que se evidencia es que, a medida que el patriarcado consolida su institucionalización, las guerras, como máxima expresión de la violencia, es uno de los principales instrumentos de sometimiento de “otros y otras” del poder patriarcal, aumentando y sofisticando con el paso del tiempo sus ejércitos y sus arsenales, originando guerras siempre vinculadas al deseo de poseer más: más territorio, más recursos, más dinero, más, más, más… en definitiva, más poder, convirtiendo la guerra en sí en uno de los principales negocios, justificado por la existencia de un enemigo, real o ficticio, convenciendo a la sociedad de que el afán “del otro” será arrebatar sus posesiones, sus identidades, justificando, así, la existencia de los ejércitos ante la población que domina. Y en ello estamos. Ahora, en Europa, la guerra de Putin, invasor de Ucrania, ha llamado a nuestra puerta. Pero no es la única guerra que en estos momentos asola el planeta. Miles, millones de seres humanos están muriendo, sufriendo hambre, dolor, violencia de todo tipo, en definitiva, a causa de las guerras, máxima expresión de la violencia que, en toda su tipología, está intrínsecamente ligada al patriarcado y, tras la Revolución Industrial, también al capitalismo. Sin embargo, las mujeres, la mitad de la especie humana, tanto en cuanto han sido -y seguimos siendo- las proveedoras de los cuidados para la vida, defensoras del bien común de la paz y la libertad, no solo no han participado activamente en las acciones bélicas, padeciendo, eso sí, sus terribles consecuencias, sino que aquellas que no han aceptado el sometimiento a los designios patriarcales, al sufrimiento y muerte que desencadenan sus prácticas violentas, se han rebelado contra ese modelo de poder. En este contexto de resistencia y rechazo hacia las guerras, tomando como referencia para la convivencia los valores generados por el ejercicio de los cuidados para la vida, nació la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF, en inglés), tras una reunión celebrada, en 1915, convocada por Jane Addams (a quien en 1931 le fue concedido el Premio Nobel de la Paz) y Carrie Chapman Catt, a la que acudieron más de 3.000 mujeres, y en la que se aprobó la creación de una plataforma para exigir el sufragio universal para las mujeres y la celebración de una conferencia de países neutrales a partir de la cual mediar, de forma continua, para poner fin a la I Guerra Mundial, jugando un importantísimo papel a favor de la Paz y contra las violencias para lo que todavía hoy, ciento siete años después, siguen trabajando. Es por ello que siete mujeres de WILPF España han escrito sobre su valiente posicionamiento ante las guerras, ante las violencias, explicándonos en este número de con la A que lograr una Paz duradera es posible y necesario pues en ello está el futuro de toda la humanidad.

 

Alicia Gil Gómez

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