Revista con la A

25 de noviembre de 2022
Número coordinado por:
Laura Alonso
84

Mujeres por la paz en tiempos de guerras

Editorial

Mi madre ha muerto. Sé que este suceso tan personal no debería iniciar la editorial de la revista, pero dado que este número se vertebra en torno a las migraciones, los desplazamientos forzados y los exilios, y que en estos momentos de duelo no puedo evitar reflexionar sobre lo que fue la vida de mi madre, me permito esta licencia, pidiendo disculpas de antemano, con la intención de rendir un homenaje no solo a ella, sino a todas las mujeres que, como ella, tuvieron, y tienen, que realizar un exilio interior para cumplir con los mandatos de género impuestos por el patriarcado, dedicando su vida a la crianza, al agrado y a los cuidados, quedando excluidos de su existencia sus deseos, sus sueños, los proyectos de vida que alguna vez, en su juventud, anhelaba secretamente conseguir y que terminó por olvidar hasta recuperarlos en la vejez cuando ya no era posible realizarlos. He tenido la fortuna de poder hablar mucho con ella en estos últimos años. Me lo recomendó el neurólogo: “pregúntele cosas concretas para que no pierda la memoria”, me dijo. Y yo le preguntaba por el nombre de su padre y de su madre, de sus hermanas, de sus sobrinas, de sus hijas, de sus nietas y nieto, de sus biznietas y biznieto, de las parejas de sus hijas, de toda la familia, de las amigas de la infancia… Le preguntaba por los juegos que más le gustaban cuando era niña, de si había tenido algún novio más que mi padre, y cuando me respondía le cambiaba el gesto, sonreía y miraba hacia arriba buscando en su memoria y, según la pregunta, haciendo un pequeño esfuerzo acababa por acordarse y no sólo daba respuesta a mis preguntas, sino que se extendía contándome anécdotas. Así me enteré de que le habría gustado ir más al colegio de lo que fue, que le habría gustado más vivir en un pueblo que en la ciudad, porque en la guerra la llevaron unos meses al pueblo de su madre y recordaba que fue la época más feliz de su vida, porque la familia con la que la dejaron la mimaba y no la estaba mandando todo el día. Que un primo suyo la enseñó a tocar la guitarra y que le habría gustado estudiar música y hacerse concertista, pero que todos los sueños se los guardaba porque sabía que a su padre no le habría parecido bien. Que nunca dijo que no a nada ni a nadie, porque le habían enseñado a obedecer y quería que la quisiera todo el mundo y que por eso decía a todo que sí. Que tuvo muchos pretendientes, pero que solo se dejó besar por su novio y que, aunque le hubiera apetecido llegar más lejos, nunca se lo consintió cuando él lo intentaba. Que no le gustaba la vida que había llevado porque siempre, siempre, estuvo supeditada a las órdenes de su madre y de su padre, de sus hermanas, y cuando se casó de su marido y de sus hijas, cuando nos hicimos mayores. Que le habría gustado trabajar y ser dueña de su dinero para no tener que estar pidiéndole a su marido, mi padre, que no quería que su mujer trabajara fuera de casa. Que le habría gustado tener un amante para saber si su marido, mi padre, era bueno en la cama y experimentar otras cosas porque no estaba segura que lo que había sentido con mi padre fueran orgasmos de verdad, que no tenía con qué comparar, y entonces nos reíamos. Pero sobre todo lamentaba haber acumulado tantos noes que no supo decir en su momento, que se arrepentía de haber sido tan obediente y sumisa y que eso le tenía amargada la vejez porque ya no había vuelta de hoja, y que quizás, por ello, nos animó a ser independientes, a no someternos, aunque a veces se hiciera la enfadada para cumplir su rol de madre. Decía que ojalá pudiera vivir otra vida porque todo iba a ser muy distinto a como fue, porque sentía que durante toda su vida había ocultado su verdadero yo, excluyendo la parte más importante de ella, de su personalidad, sintiéndose sola y aislada porque a nadie, hasta esos momentos de intimidad conmigo, había podido hablarle de su frustración… “Mamá, por lo que me cuentas es como si hubieras vivido un exilio interior” -le dije una vez- “Sí, eso es”. Me respondió.

 

Alicia Gil Gómez

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