Revista con la A

25 de noviembre de 2017
Número coordinado por:
Lucía Melgar
54

Refugiadas, desplazadas, inmigrantes: urgencia y solidaridad

Tomasa Cuevas y La Alcarria

La Alcarria es una comarca que ocupa el centro y sur de Guadalajara y el oeste de Cuenca. Su nombre, dicen las y los arabistas, proviene de un término que significaba “alquería” que, según el diccionario de María Moliner, era “una finca rústica con una o más edificaciones”. Pero también tiene una acepción, probablemente de origen prerromano, que significa “terreno alto y generalmente raso y con poca hierba”. Y, efectivamente, hay poca hierba por esos campos llanos poblados por matorrales y plantas aromáticas. Un territorio que desde tiempos inmemoriales, hizo de la necesidad virtud produciendo miel, el edulcorante natural hasta que empezó a llegar el azúcar de América. Así que los panales son parte del paisaje y, desde 1992, la miel de la Alcarria tiene denominación de origen.

Me dirán que no están para andorrear por el campo, pero se equivocan. Esta vez les sugiero calzarse adecuadamente y pasear por mitad de la llanura alcarreña para ver un espectáculo: los cultivos de lavanda, un aceite esencial que se extrae de la planta que se llama espliego y que, en términos botánicos, es una especie de lavándula, la angustifolia. La flor del espliego es púrpura y en grandes extensiones el color y el olor llenan los sentidos.

Pero, además, irán con compañía. Desde la distancia histórica, una mujer nos enseñará las tierras de su pueblo: Tomasa Cuevas. Ella nació hace cien años, en 1917, en Brihuega, un pueblo situado en un altiplano en la vega del río Tajuña a 32 km. de la ciudad de Guadalajara, en plena Alcarria. Un pueblo, por cierto, poblado desde el tiempo de los íberos (fue el Castrum Briga) -aún mantiene unas bellas murallas-  y con una historia plagada de acontecimientos.

A Tomasa se la oye decir, en un documental, que era “una jovencita indignada” afiliada con 14 años en las Juventudes Comunistas y que defendió la República en la Guerra Civil. La batalla de Brihuega, en 1937, terminó con el pueblo ocupado por las tropas italianas aliadas del ejército de Franco. Después… bueno, después  mejor que lo cuente Marc Carrillo tal como lo relataba en la necrológica que escribió sobre Tomasa: “Acabada la guerra, es encarcelada y condenada a 30 años de prisión. Desterrada a Barcelona, se une al PSUC. En 1945 vuelve a ser detenida y salvajemente torturada por los Polo, Creix y otras excrecencias del género humano en la lúgubre jefatura de Via Laietana de Barcelona de la inmediata posguerra. Después es trasladada a la prisión de Les Corts y pasará tiempo en muchas otras de toda España, llegándose, no obstante, a fugar de la enfermería de la cárcel de Santander. A partir de 1951 se exilia a París y Praga, volviendo a la clandestinidad en Barcelona a partir de 1969.”

Y cuando regresa, lo hace con un arma: una grabadora que utilizará a partir de 1974, recorriendo la península y entrevistando a excompañeras de prisión -había estado en las cárceles de Guadalajara, Durango, Santander, Ventas, Amorebieta, Segovia y Les Corts-. Su trabajo culminó en una trilogía cuya primera edición fue de 1962, “Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas”, donde recogió más de 300 voces que hubieran quedado en el olvido de no ser por ella. El libro es duro como su vida, como la vida de todas esas mujeres, muchas de las cuales ni sabían por qué habían terminado de ese modo.

No sé si a Tomasa le dio tiempo a disfrutar de su tierra. Parece, por su historia, que tuvo poco tiempo para paseos campestres. Pero, no sé por qué, estoy segura de que en algún momento de sus idas y venidas, tal vez cuando volvió a Guadalajara a entrevistar a esas mujeres supervivientes de las cárceles, se detuvo en mitad de la nada y sintió el olor del tomillo, del espliego o del romero.

Ahora, democracia por delante y con mucha tarea todavía para recuperar la memoria, allí en Brihuega se organizan muchas actividades en julio para celebrar esa floración que no tiene nada que desmerecer a la de Provenza. Hay música entre los cultivos, se come cabrito al horno con patatas panaderas -el plato de la zona-, hay una jornada fotográfica, el pueblo se viste de morado y el olor de la lavanda inunda todo.

Pueden ir entonces cuando las flores están en todo su esplendor, pero también ahora, para recorrer las calles del pueblo, ver sus murallas y jardines, y recordar que allí nació una luchadora, una mujer que representa a muchas porque así quiso hacerlo y que estos días conmemora su centenario. 

En 2004, Tomasa Cuevas recibió la Creu de Sant Jordi por parte de la Generalitat en reconocimiento a su lucha contra el franquismo y, luego, la Medalla al Mérito al Trabajo por el Gobierno de España, pero murió enseguida: en 2007, en Barcelona, allí donde fue desterrada en 1944 y donde regresó tras su exilio para recuperar la memoria de tantas mujeres que se merecen, a través de ella, nuestro más agradecido reconocimiento.

Para saber más:

 

REFERENCIA CURRICULAR

Pepa Franco Rebollar es consultora social; empresaria desde hace más de veinte años; experta en intervención social y políticas de género. Coordina proyectos de investigación, formación y apoyo a las organizaciones sociales, entidades y organismos de la Administración. Además de su profesión, de sus amistades y de su familia, le apasiona la Literatura y la Historia.

 

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