Revista con la A

25 de julio de 2018
Número coordinado por:
Violeta Doval Hernández
58

Mujeres de Túnez en primera línea de la revolución árabe

Sofía Casanova y La Torre de Hércules (A Coruña)

Volvemos al mar. A ese Cantábrico profundo que, cuando se enfada de más, se eleva por encima de los espigones y de los muros. A ese capaz de entrar más allá de los puertos, a ese que se mezcla en el cabo Ortegal con el Atlántico, los dos de un azul casi negro.

Volveremos, pero a verlo desde un faro, uno antiguo, el único romano que se conserva en servicio: la Torre de Hércules. Está en una esquina de una bella ciudad, A Coruña, allí donde nació Sofía Casanova en 1861.

Sofía Casanova era Sofía Guadalupe Pérez Casanova y escribió novela, poesía, teatro y cartas. También fue traductora porque habló cinco idiomas pero, sobre todo, Sofía era periodista. Escribió para ABC, El Liberal, La Época y El Imparcial, y para el New York Times o la Gazeta Polska. ¿Se acuerdan de Carmen de Burgos, aquella periodista que fue la primera reportera de guerra?, pues Sofía Casanova fue corresponsal en la Primera Guerra Mundial y en la revolución rusa de 1917, llegando a entrevistar a Trostsky, entonces ministro de Asuntos Extranjeros. La entrevista la publicó ABC el 2 de marzo de 1918 y en ella puede leerse que el mandatario, “con voz agradable, se expresó así en francés: -Conozco España; es un hermoso país del que tengo buenos recuerdos, aunque la Policía, comme de raison, me trató mal. He visitado Madrid, Barcelona, Valencia. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un sanatorio; sentí dejar España.”

Pero, luego les cuento más sobre Sofía, regresemos ahora a la Torre, que es “de Hércules” porque la fundación de A Coruña se vincula en la leyenda a semidiós hijo de Zeus. No se crean, esto de la mitología y la ciudad no terminó ahí. El marido de Rosalía de Castro, Manuel Murguía, en la época que nació Sofía estaba impulsando la leyenda irlandesa de Breogán, un caudillo celta fundador de Brigantia, en el actual emplazamiento de la actual A Coruña. De hecho, es del propio Breogán la estatua que nos recibe a la entrada del camino que se eleva hasta la torre.

Lo que no es una leyenda es que esa estupenda torre, se construyó en la época del imperio romano, cerca del siglo II d.C. como apoyo a los barcos que llegaban hasta aquel extremo del mundo. La loma sobre la que se sitúa es Punta Eiras, un espacio de culto indígena. “En época de Trajano la torre ya cumplía sus funciones de ayuda a la navegación, alertando a los marinos de la presencia de la abrupta costa. Así queda reflejado en los escritos del historiador Dión Casio, en el siglo III. Por entonces la Torre de Hércules debería tener una altura aproximada de treinta metros, dividida en tres pisos, y una hoguera avivada con leña mantendría la llama encendida durante la noche y el humo negro sería visible durante el día”, como recuerda Juan Pedro Diego. Ahora tiene 57 metros y luce tres estilos arquitectónicos: romano en la base, neoclásico en el centro y una cúpula añadida en el siglo XVIII. Sin embargo, lo importante es que todos los días destellea en grupos de veinte segundos desde el 4 de junio de 1847.

La ciudad romana se llamaba Brigantum y quedaba lejos. Hoy no es así, se puede llegar caminando desde la plaza del Obelisco, entre calles pintorescas (por favor, no dejen de admirar las galerías de cristal) como la calle Real y Rego de Auga, hasta la plaza de María Pita (otro día les hablo de ella) donde está la Casa Consistorial. Desde allí pueden llegar a la ciudad vieja, disfrutarla y aproximarse hasta el romántico Jardín de San Carlos. Continúen el paseo hasta que el espacio se abra en un gran parque urbano, con multitud de senderos más o menos cerca del mar y suban hasta la Torre, patrimonio de la humanidad desde 2009.

Pueden visitarla por dentro, claro, es muy ilustrativo y verán restos romanos en su interior. Si lo hacen, salgan al mirador y vean toda la ciudad y, a lo lejos, las rías de Sada y Betanzos, Ares y Ferrol al oeste; y las islas Sisasrgas frente a Malpica.

Pero, si no quieren subir sus 234 escalones, pueden sentarse fuera, en el murete que marca el camino. Seguro que se quedan allí un buen rato mirando, sólo mirando, porque el mar, como todo el mundo sabe, hipnotiza.

A la vuelta hacia la ciudad, aprovechen el larguísimo paseo marítimo y no dejen que el recuerdo del desastre del Prestige, de 2002, les amargue la vista del mar Cantábrico en todo su esplendor.

Supongo que ese mar es el que anhelaba la acompañante de Sofía en sus viajes, una señora gallega que se llamaba Pepa, a la que también había llevado hasta Polonia. ¿Por qué Polonia?, pues porque Ramón de Campoamor, en una de las tertulias donde coincidía con Emilia Pardo Bazán, le había presentado a un diplomático de aquel país y, cosas del corazón, se casó con él. Así que en 1887 Sofía se fue a Polonia desde donde conoció mundo, aprendió idiomas y tomó parte en los conflictos de la Europa del siglo XX. Volvió a España en un paréntesis de su vida, despechada de su matrimonio. Ella vivía en Madrid, rodeada de la intelectualidad, mientras en A Coruña se asistía al resurgimiento de un regionalismo que terminaría fortaleciendo el nacionalismo gallego. Se denomina precisamente rexurdimento al momento aquel donde Galicia buscaba su propia identidad. Fue un movimiento cultural y literario dirigido en parte por Manuel Murguía (ya le conocen), que desembocó en la fundación de las Irmandades da Fala donde se integraron figuras como Castelao y, probablemente, hubiera sido del gusto de Sofía Casanova. Ella fue admitida en 1906 en la Real Academia Gallega y, cuando regresó a Varsovia, se hizo defensora del nacionalismo polaco. Admiraba, entre otras cosas, el papel de sus mujeres. “Nada hay que dé tan exacta idea de la cultura de un pueblo como la situación que en su sociedad ocupa una mujer. La instrucción de esta, que es factor importantísimo en el desarrollo general, se cuida extremadamente en Polonia. El estudio de los idiomas forma parte principalísima del programa educativo… la gran mayoría de las educandas habla y escribe cinco y seis lenguas europeas”, decía en uno de sus artículos de 1926, antes de que la II República lo intentara en su propia patria. 

A Polonia había vuelto a cubrir el estallido de la Gran Guerra para el periódico “El Liberal”, hasta que Torcuato Luca de Tena le propuso la corresponsalía de ABC en el frente oriental. Como corresponsal, vivió en sus carnes la guerra, lo hizo cuidando de los heridos en los hospitales del frente y de la retaguardia, y lo contó en sus artículos, crónicas y conferencias. Dio a conocer el horror de la batalla (“¡Cómo estaba aquello, Dios mío! Heridos, muertos, terror”, dice en una de sus crónicas), también de la revolución del 17 en Rusia -y por eso su entrevista a Trotsky-, la Guerra Civil española en la distancia y la Segunda Guerra Mundial. Sí, se posicionó a favor del bando franquista: confundió república y comunismo, había visto demasiado del comunismo europeo y, a pesar de que entrevistó a Franco en 1938, no cayó en la cuenta de que el fascismo no era mejor.

Sofía murió el 16 de enero de 1958, casi centenaria, ciega y olvidada en la gélida Polonia soviética. En su A Coruña natal, Franco inauguraba ese mismo año la fábrica de armas que produjo armamento portátil de repetición, mosquetones, subfusiles y pistolas de señales. Dudo que Sofía lo hubiera aprobado.

Para saber más:

De Sofía Casanova:

  • Sofía Casanova. La revolución bolchevista. Editorial Castalia, 1990.
  • Inés Martín Rodrigo. Azules son las horas. Editorial: S.L.U. ESPASA libros. 2016.

De A Coruña y la Torre de Hércules.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Pepa Franco Rebollar es consultora social; empresaria desde hace más de veinte años; experta en intervención social y políticas de género. Coordina proyectos de investigación, formación y apoyo a las organizaciones sociales, entidades y organismos de la Administración. Además de su profesión, de sus amistades y de su familia, le apasiona la Literatura y la Historia.

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