Revista con la A

26 de mayo de 2017
Número coordinado por:
Hortensia Hernández
51

Alzamos la voz con las mujeres de Chibuleo

Pilar Fraile. “Relato de los nuevos pobladores”

Pilar Fraile

Pilar Fraile (Foto: Lourdes Contreras)

Preparar el desayuno no supuso mayor problema, a pesar de que tuvo que ayudarse con la barbilla para abrir el tarro de café, porque tenía rosca. Se recordó a sí mismo comprar tarros que no se taparan con rosca. Le vinieron a la mente esos tarros de cristal con una tapa de madera que encaja con holgura. Sí, definitivamente esos eran los mejores.

Vestirse fue un poco más difícil, especialmente abotonar la camisa, pero lo logró, aunque despacio. Cerrar la puerta, pasar por el torniquete del metro y llegar hasta la oficina no entrañó mayor dificultad. En total solo había tardado diez minutos más que un día normal. Se recordó mentalmente poner el despertador diez minutos antes.

El jefe de planta se pasó por su mesa:

—Ha llegado diez minutos tarde.

—Sí, he tenido un pequeño inconveniente.

—Recuperará usted el tiempo a la hora del cierre, supongo.

—Por supuesto.

Manejarse en el ordenador con una sola mano le resultó complicado al principio, pero en menos de una hora lo tenía casi resuelto. Tecleaba con la mano derecha a doble velocidad, transcribiendo, transcribiendo. Los datos iban pasando de una tabla a otra, de una tabla a otra y en este ritmo se sintió cómodo, esbozó una sonrisa.

Lo esperaban para comer. Estuvo tentado de decir que no iba, pero al final decidió afrontar la situación. Ellos iban a acabar por enterarse. Era mejor responder a todas las preguntas juntas. Pidió sopa y albóndigas. Con eso podía apañarse. Intentó no poner el muñón encima de la mesa. Lo dejó reposando en el regazo, aunque de vez en cuando no podía evitar que subiera solo. El muñón subía con la intención de sujetar el plato o de pellizcar un trocito de pan y él tenía que obligarlo a bajar, tenía que someterlo.

El muñón tenía un aspecto pulcro. Empezaba justo a la altura de la muñeca y era redondeado, la piel lisa y brillante; sin cicatrices, sin cortes, sin señales. No lo había mirado desde por la mañana y ahora que había tenido que hacerlo para apartarlo, no le había parecido mal. Era como si siempre hubiera estado ahí.

Ellos no notaron nada. Bien, se dijo, mejor así.

Una semana después él tampoco notaba ya nada. Siempre se había adaptado bien a los cambios. Lo habían educado para eso.

Sus rutinas siguieron como de costumbre: la oficina los días laborables, una carrera por el parque el sábado por la mañana. La mañana del domingo en la cama y la tarde un partido, descansar y comer, quizá un poco de más. Ellos seguían tratándolo como de costumbre. El vendedor de periódicos lo saludaba cuando salía del portal de casa por la mañana, el camarero del restaurante en el que tomaba un café los sábados después de correr, le sonreía cuando entraba por la puerta del bar, la limpiadora de los baños de las oficinas lo miraba de hito en hito frunciendo el ceño, como había hecho desde la primera vez que lo vio.

Compró los tarros de apertura fácil, se deshizo de las camisas con botones y las sustituyó por otras que se pegaban con velcro, renunció a comer filetes. En sueños acariciaba su muñón.

En el mes siguiente recibió dos amonestaciones: una del jefe de planta y otra de Ellos. El jefe de planta le escribió un mail en el que le recordaba que su productividad había bajado tres décimas y, si seguía así, la bajada se reflejaría en su nómina. Ellos hicieron una broma acerca de la semejanza de sus nuevas camisas con las de un campo de concentración.

El mail del jefe de planta fue inmediatamente respondido con otro en el que se disculpaba, aseguraba que su producción no se vería afectada y se lamentaba larga y efusivamente por su «descuido». Cuando Ellos terminaron con su broma lacónica se rio, intentando modular el volumen de su risa con el de Ellos.

—He decidido que este look me sienta mejor.

—Si tú lo dices.

Le incomodaban: los cabellos desordenados, el polvo encima de la televisión, las películas con largas escenas de diálogo, los diálogos de tú a tú.

La mañana después de haber alcanzado su estándar de productividad notó dificultades para agarrar el cepillo de dientes —tenía la costumbre de cepillarse nada más levantarse—, vio su mano derecha en el espejo y notó que le faltaban el meñique, el anular y el corazón. Observó un momento los muñones, estaban, como el otro, lisos y relucientes.

Esta vez tardó una hora más en llegar al trabajo. Los ojos del jefe de planta se clavaron en él cuando pasó por delante de su acristalado despacho. No volvería a suceder, explicó después, con convencimiento, sin patetismo.

Todos tenemos contratiempos y eso no nos impide cumplir con nuestras obligaciones.

—Por supuesto.

—Por supuesto.

El jefe de planta tenía accesos de ira y era algo que no podía ocultar. A menudo intentaba contenerse. El problema era que al contenerse se ponía tan rojo que parecía que la cara fuera a estallarle y tenía que ir al baño, a remojarse. Así que intentaba evitar los conflictos. Intentar evitar los conflictos multiplicaba por dos el rubor, lo que lo obligaba a remojarse todavía con más frecuencia. Esa mañana fue al baño al menos seis veces. Ellos temblaban. Él comprendió que tenía que buscar soluciones más imaginativas a sus problemas.

Dejó de comer con Ellos. Optó por comida que se pudiera sorber con pajita y en su mesa. Era más fácil, rápido y le permitía seguir trabajando. Muchos zumos para no deshidratarse. Empezó a poner el despertador dos horas antes para prever cualquier otro contratiempo.

Ante la adversidad, acción: así lo habían educado.

Ahora los retos diarios eran: conseguir mantenerse despierto desde las cinco de la mañana, abrochar todos los botones que no había conseguido descartar de su indumentaria, meter el bono bus en la ranura, impedir que los muñones tomaran protagonismo; daba la impresión de que siempre quisieran estar en primer plano. La ventaja era que había dejado de preocuparse por Ellos. El vendedor, los otros tecleadores de planta, la señora de la limpieza, nadie parecía notar sus percances. Los saludaba como siempre, con una abierta sonrisa.

Cuando un día se levantó sin medio pie derecho se quedó azorado. No pensaba que los pies pudieran desaparecer. Volvió a recordar sus enseñanzas: nunca ceder ante los contratiempos, la acción todo lo resuelve.

Eran las cuatro de la mañana. Eso le daba un margen.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Pilar Fraile Amador (Salamanca, 1975) es Profesora de filosofía. Actualmente trabaja en su tesis doctoral en el departamento de Teoría de la Literatura de la UCM. Ha publicado los libros de poemas: El límite de la ceniza (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2006), La pecera Subterránea (Amargord, 2010), Larva seguido de Cerca (Amargord, 2012) y Falta (Amargord, 2015). Así como el libro de relatos Los nuevos pobladores (Ediciones Traspiés, Granada, 2014) y las plaquettes: La disección de los insectos (Delirio, Salamanca, 2006) y Antídoto (Legados, Madrid 2009).

Sus poemas han aparecido en diversas Antologías: Pájaros raíces (Abada Editores, 2010) o Por donde pasa la poesía, (Baile del Sol, Tenerife, 2009); y también en distintas revistas de arte y literatura de ámbito nacional e internacional: Tears in the fence, La Galla Ciencia, Conversos, Narrative Northeast, Nayagua, Pata de Gallo, 7de7, Hache, Trece trenes, Alhucema, Galerna, Gulf Coast Magazine, Asymptote, Brookling Rail.

Una selección sus poemas ha sido traducida al inglés y antologada por el escritor estadounidense Forrest Gander en el libro Panic Cure — Poetry from Spain for the 21st Century, (Shearsman Books, London, 2013 y Seismicity Books, 2014, EE.UU).

Parte de su trabajo ha sido también traducido a otras lenguas como el noruego o el catalán.

 

 

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