Revista con la A

26 de septiembre de 2017
Número coordinado por:
Rosario Segura Graiño
53

Los estudios feministas, de las mujeres y de género en el estado español

Piscis. Mitología

Este último signo femenino y de agua, que corresponde a la última experiencia del Zodíaco y al último mes del invierno es, por su dimensión y significado simbólico, probablemente, el más complejo de explicar y entender ya que está simbolizado por el mar y la vida que contiene, con sus visiones tranquilas y apacibles o con la cólera de los maremotos y tormentas marinas. A su vez, es la representación simbólica del inconsciente colectivo, cuyo significado es “no conocido” que, como expliqué en el artículo anterior, es mucho más amplio y poderoso que lo conocido o “consciente”. Todo lo desconocido es potencialmente una fuente de miedo y respetuoso alejamiento y, por ello, también, fuente de misterios y posibles capacidades que esperan ser desveladas.

Me permitiréis que en este símbolo zodiacal final aplique un sentido de reverencia ante lo sagrado, no sólo porque este signo lo es sino porque lo son en realidad todos los símbolos y signos que los representan. No en vano he acudido repetidamente a los dioses y los mitos, algunos de más de 4.000 años de antigüedad y sin embargo actuales, para explicar algo que difícilmente puede ser explicado con palabras, tratando de hacer comprender que de los dos lenguajes observables en el ser humano uno es racional, cuando estamos despiertos y conscientes, y otro irracional y simbólico, cuando estamos dormidos e inconscientes, siendo consciente de que en esta sociedad racionalista lo incomprensible de lo inconsciente suele catalogarse como algo alejado del intelecto, incómodo y sin un sentido profundo, precisamente porque a todos aquellos a quienes afecta no tienen siquiera conciencia de ello. Admitiendo que ese inconsciente y su forma de comunicación simbólica se manifiesta, al menos, durante el momento de descanso de cada día a través de los sueños, negar su importancia y conocimiento es, como mínimo, negación de una parte de nuestro ser y vida total, cercenando el puente de comunicación entre una parte y otra, dejando abandonada a la incomprensión a aquella que despierta cada día a un mundo material y racional que no acaba de satisfacerle. Como dice René Guénon: “La civilización moderna aparece en la historia como una verdadera anomalía: de todas las que conocemos es la única que se ha desarrollado en un sentido puramente material, la única también que no se apoya en ningún principio de orden superior”. La verdadera y pura intelectualidad, que podría igualmente llamarse espiritualidad, sustituida por las ciencias experimentales con vistas a las aplicaciones prácticas a que pueden dar lugar, ha llegado a su decadencia a través de las diferentes etapas que podríamos observar en la filosofía moderna, que hoy corre el peligro de ser borrada del mapa del conocimiento por aquellos que ni siquiera entienden el valor del pensamiento creador, haciendo posible dos errores básicos, correlativos y complementarios, que reducen todo al racionalismo y el sentimentalismo. ¿Qué importa la verdad en un mundo  cuyas aspiraciones son únicamente materiales y sentimentales?

Este signo, por ser el último, representa la matriz gestante del primer signo primaveral, Aries, donde todo vuelve a comenzar regenerándose, por lo que ha de considerarse principio y fin de la experiencia vital. Piscis recoge toda la experiencia zodiacal por lo que no es extraña su riqueza de significados y sus muchas figuras mitológicas.

Signo de agua, y por tanto femenino, nos remite directamente al simbolismo de la Madre, que junto con la tierra representan el receptáculo matriz de vida presente en la mitad de los signos del Zodíaco. Pero es el mar, de mar-mare-mére, el lugar del que parte la vida y al que todo retorna para ser disuelto e incluido en él. Su ambivalencia reside en que el poder de dar vida contiene inexorablemente el poder de quitarla. Nacer supone romper el cordón umbilical que nos une a la madre, no solo desde el punto de vista físico también psicológico, así como descontar cada día el tiempo que nos lleva a la muerte, por lo que el simbolismo de la Madre, con ser el lugar de abrigo nutriente que proporciona cobijo y seguridad, es también símbolo de muerte y finitud cuyo cobijo, si es excesivo, lleva al ahogo y castración del desarrollo vital de las y los hijos.

Khali

Esta relación de la vida con la muerte, que hace que aparezcan figuras maternas de un lado protectoras y de otro terribles y destructivas, se explica muy bien a través de la trimurti hindú donde Brahma, Vishnu y Shiva representan tres principios de la experiencia única de la vida: Creación, Conservación y Destrucción. (Si sólo se crea vida y se mantiene sin destruirla nos ahogaríamos en la excesiva abundancia).

Shiva

Todas las grandes diosas madre han sido también diosas de la fertilidad: Astarté, Gea, Rea, Isis, Deméter, Minerva o Kali para los hindúes. Ellas, a diferencia de los dioses masculinos distintos, representan la misma diosa con diferentes nombres y aspectos diferenciados, razón por la que aún hoy a la madre de Dios cristiana, la virgen María, se la conoce como la de los muchos nombres, algo que también ocurría con Isis en Egipto. Esto explicaría el hecho de que en la iconografía hindú, o incluso en la griega,  varios dioses se repartan una sola y única esposa explicando, a su vez, la serie de incestos de muchas mitologías.

Isis

En el periodo primitivo de la vida, el acto de parir era considerado mágico e incomprensible, ya que no se reconocía la relación entre el acto sexual y la concepción y posterior parto. Por eso, la mujer era ensalzada como divinidad cuyo poder puede observarse en las numerosas estatuillas de grandes pechos y amplios vientres que ejemplificaban su capacidad para dar vida y mantenerla. Sin embargo, y de la misma manera que el acto de la muerte es un hecho material real y al tiempo un tránsito o acto trascendente y simbólico, la maternidad posee un sentido real material y otro simbólico y divinizado. En este sentido, la Madre, como símbolo arquetípico, es considerada divina revelando la realidad espiritual del principio femenino, razón por la que ambas aparecen en la carta natal astrológica de cualquier persona, siendo el arquetipo el que juzga a la madre personal en su circunstancia social y vital.

Pero la maternidad requiere de dos participantes: la madre y su descendencia, siendo de vital importancia la relación materno-filial entre ambas. La naturaleza simbólica divinizada de la maternidad, presente en la misma naturaleza de la vida, considera a la madre divina una fuerza vital y principio femenino universal, lo que permite que la mujer desempeñe un gran papel en muchas concepciones religiosas, considerándola mensajera e intermediaria entre las fuerzas celestes, o de otro mundo, y su descendencia, algo nada descaminado que hoy podríamos entender, y así ocurre, considerándola del mismo modo mensajera e intermediaria entre el feto en desarrollo y su padre y/o la sociedad-mundo exterior.

Este signo es considerado por algunas de sus características, no todas, símbolo de la era cristiana. Cada era se estima de una duración entre 2000 y 2150 años, aproximadamente, situando la de Piscis en el nacimiento del cristianismo. El dogma cristiano, poco explicado y difícilmente comprendido, considera a María virgen y madre concibiendo a su hijo Jesús, hijo de Dios, por mediación del Espíritu Santo, lo que supone, por una parte, que la maternidad no excluye la virginidad y que Dios puede concebir saltándose las leyes naturales. Por otra, María es la madre de su Dios Padre creador siendo, a la vez de madre, hija de su hijo. Algo incomprensible que solo puede ser explicado si se conjugan dos naturalezas dentro del cristianismo: la humana y la divina. De la humana extraemos un hecho material donde la madre tiene el poder de dar carne, encarnar a Dios donándole su naturaleza humana. Siendo la madre Tierra y Agua, Naturaleza capaz de dar cuerpo material a un principio energético, nadie se escandaliza al considerar virgen a la Tierra Madre a pesar de parir cada año un sinfín de frutos. Sin embargo, difícilmente podemos entender que la naturaleza humana de María pueda concebir un principio divino salvo si se la considera un símbolo divinizado.

A su vez, la madre participa de su muerte. Es común en la mitología el relato de la muerte temprana del hijo, en este caso en la Cruz que se asimila al símbolo del Árbol, ambos de una gran profusión simbólica que, en una de sus facetas, es símbolo de la Madre, dentro del cristianismo símbolo de la virgen María y también del Paraíso donde se reúne la familia de las y los elegidos. El Árbol es andrógino, unas veces femenino y otras masculino. Su tronco erecto recuerda al miembro viril y la capacidad de dar fruto y el interior de su tronco al útero femenino. La muerte en la Cruz se asimila a la madre escondiendo al hijo sobre su regazo, devolviéndole al útero para producir un nuevo renacimiento, simbolizando también el amor del hijo atado a su madre.

Sin embargo, observamos que el avance de las religiones monoteístas en su vinculación con el Poder terrenal, supone el desplazamiento de la Madre a un segundo plano. Por ejemplo, en el caso del Cristianismo católico, María queda desdibujada, en el Nuevo Testamento, que sólo le da presencia relevante en momentos “inevitables” o en los que la Madre actúa como mediadora de los poderes Paternos: la concepción a través del Espíritu Santo -patentando así la identidad divina de Jesús-; el Nacimiento, siendo María-mujer en vehículo necesario para encarnar, para dar vida terrena a la divinidad; dándole entrada al mundo de los milagros, en las bodas de Cana; y la Pasión, envolviéndole en su seno para certificar la muerte del hijo, que volverá al lado del Padre, legitimando la figura del Padre-Hijo y del Espíritu Santo, que vincula a ambos. De tal manera María es desplazada de cualquier concepto trascendente y divino, quedando relegada a la función que el Patriarcado otorga a las mujeres: madre silente, obediente, sumisa y resignada a los mandatos devenidos del Padre, cuyo deber es reproducirlos.

Otro de los símbolos de Piscis es el pez, mucho más antiguo que el cristianismo y a menudo representado en pareja. Su origen parece provenir del norte de Europa, encontrándose presente también en las doctrinas de India y Persia. En la iconografía hindú se asocia al nacimiento y la restauración de la vida cíclica donde el pez es Salvador e instrumento de la Revelación. Avatar de Vishnú (principio de conservación), que guía el arca celestial para salvar a Manu del diluvio, del que había sido advertido por la deidad señalando el diluvio como causa de destrucción del mundo, ordenándole construir un arca en la que encerrarse con los gérmenes del mundo futuro…, siendo, este episodio, un ejemplo más de unidad entre tradiciones aparentemente diversas donde se puede ver claramente que todas tienen un origen común.

En la iconografía indoeuropea, los peces son emblema del agua, símbolos de fecundidad y sabiduría que controlan la fecundidad del mundo distribuyendo lluvia e inundaciones. En el Egipto antiguo se consideraban sagrados guiando, como peces-piloto, el barco de Ra. En las religiones sirias son el atributo de las diosas del amor. En la antigua Asia Menor eran considerados el padre y la madre de todos los seres humanos por lo que su consumo estaba prohibido, mientras que en Egipto eran de consumo corriente para el pueblo salvo para las figuras sacralizadas como reyes o sacerdotes que no podían consumirlos. Su significado simbólico se extendió al cristianismo que tomó el agua como bautismo capaz de la regeneración, agua sagrada que se toma de una concha, emblema de Vishnu. Si el pez se representa llevando una barca sobre su dorso es símbolo de la Iglesia cristiana, mientras que si figura al lado del pan es símbolo de la eucaristía. En las catacumbas representaba al mismo Cristo que es pez y pescador como sus apóstoles.

La imagen de Cristo como Salvador y Víctima sacrificial impregna la personalidad de Piscis, que unas veces adopta el papel de salvador a través de profesiones como la de sacerdote, médico o psicólogo, y otras la de víctima siendo el pecador, el enfermo o el delincuente. Y de no serlo es víctima en el trabajo, en la vida familiar o en cualquier puesto social que ocupe. Piscis suele quejarse de su destino ya que este anula su personalidad en aras de una entidad mayor como es la del colectivo, un destino que suele no entender, no elegir conscientemente, pero que a menudo le otorga el poder de hacerle visible. Toda víctima necesita un verdugo para serlo, de forma que intercambia ambos papeles con facilidad ya que su queja es también la causa del sufrimiento de quien la tiene que soportar.

La figura de Cristo se asocia también a la de sacrificio, cuya palabra viene de sacro-facere -hacer santo-, lo que puede indicar que la disolución que pide es similar a la que puede darse en cualquier experiencia material o espiritual que conlleve la disolución de un elemento particular o individual en pro de un conjunto o totalidad. En el caso del trabajo empleado para lograr un edificio completo se tienen, primero, que individualizar todos los elementos que van a emplearse; después se reúnen en la forma adecuada haciendo que cada uno ocupe su lugar a la manera de un ser orgánico.  Este sacrificio no implica la desaparición de la individualidad sino la integración de esta individualidad en la totalidad para poder expresar así todo su sentido.

El sacrificio máximo que representa la Pasión de Dios hecho hombre para el mundo cristiano se conmemora con el rito de la misa. Recuerda, especialmente, la última cena antes de la cual Cristo lava los pies a todos sus discípulos, uno por uno, haciéndoles ver que es necesario. Antiguamente era costumbre lavar los pies de oficiantes o asistentes al rito antes de la misa. Los pies están regidos por Piscis siendo los que, de un lado, soportan y sustentan todo el edificio del cuerpo y, de otro, los que están en contacto directo con la tierra por tanto con la escoria del mundo material, por lo que al llegar al término de su camino evolutivo y de su vida debe lavarlos para desprenderse hasta del último recuerdo de este mundo material.

En el próximo número, abordaremos los significados piscianos del Ritual de la Misa católica, además de las predicciones para el signo Piscis, cerrando así las representaciones simbólicas de los signos del zodiaco que hemos venido presentando capítulo a capítulo.

 

FotoMariaGarridoREFERENCIA CURRICULAR

María Garrido Bens es astróloga, con una experiencia profesional de 35 años como docente y consultora en el campo de la Astrología tanto personal como mundial. Experta en Lenguaje Simbólico y Mitología aplicada a la Psicología. Profesora de Evolución Mental, Sanación y Meditación. En la actualidad ocupa el cargo de Tesorera de la Asociación con la A.

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