Revista con la A

25 de marzo de 2017
Número coordinado por:
Rosario Segura Graiño
50

Mujeres gitanas luchando por la igualdad

La desigualdad presente

Eduardo José Gil

Eduardo José Gil

¿Qué es lo que convierte la desigualdad en un elemento presente, en un lugar común en nuestras vidas?: la capacidad de aceptarla sin que parezca algo extraño

¿Qué es lo que convierte la desigualdad en un elemento presente, en un lugar común en nuestras vidas?: la capacidad de aceptarla sin que parezca algo extraño.

Hace unas semanas me encontraba debatiendo en el trabajo sobre épocas y referentes de la música clásica (ya saben ustedes, la típica “charreta” intrascendente para matar el tiempo cuando la faena está cumplida pero no el horario). La conversación fue de lo más informal y alcanzó picos interesantes a la hora de compartir melodías y compositores que la otra persona pudiese no conocer. De esta forma ampliábamos mutuos niveles de conocimiento. La pausa dramática llegó a la hora de enumerar a nuestros ilustres genios de la música. De pronto faltaba algo. Me invadió una cierta sensación de lapsus. Hasta el punto de preguntarle a mi compañero si podía nombrar a todos los compositores que recordase en aquel momento: Mozart y Beethoven (quizás los únicos que los neófitos nombrarían de forma casi instintiva), Brahms, Bach, Vivaldi, Puccini, Mandhel, Debussy, Ravel, Albeniz, Satie, Prokofiev, Kabalevsky, Mendelson o Schuman. Y así un larguísimo etcétera. ¿No falta algo? ¡Exacto! ¡Ni una sola mujer! ¿Por qué? Y sobre todo, ¿por qué me doy cuenta justo ahora? Lo mismo con escritores, científicos, músicos… Se citan mujeres, faltaría más, pero dense cuenta de la proporción, mejor de la desproporción…

¿Por qué sucede esto? ¿Porque no hay, o no han habido, mujeres en tales disciplinas? Tal vez, responden algunos, porque las mujeres no gozan de la suficiente capacidad intelectual si se compara con la de los hombres…, pensamiento común a todas aquellas personas cuya capacidad de análisis y deducción roza la más mundana mediocridad. Ese es uno de los mayores problemas de la humanidad: las respuestas estereotipadas, resultado de la falta total de entusiasmo por indagar tras una pregunta para la que no se tiene respuesta… es entonces cuando el cerebro se vuelve vago y hace uso de la peor versión de la navaja de Ockham (ya saben, aquel principio que dice que “si hay dos teorías en igualdad de condiciones, la más sencilla es posiblemente la correcta”). Pues resulta que no… Que sí que hay, han habido y habrán mujeres en todas las disciplinas por las que ha navegado la humanidad.

Entonces pensé: “Bueno… será culpa de la falta de información. Será que se ha hecho todo lo posible por silenciarlas y/o eliminarlas de la historia”, y no iba desencaminado, pero aun así… seguí pensando hasta reconocer que no es cierto, ¡Información hay! Sin ir más lejos hace relativamente poco descubrí a Clara Schumann, esposa del famoso compositor, y a Fanny Mendelssohn, hermana de otro no menos famoso (en ambos casos, dos ejemplos cuyos nombres conocemos por estar vinculados a famosos compositores pero no por sus obras), y me dije: “¿Mandé? ¿Cuál es el problema entonces?”. No tuve que indagar mucho, la respuesta fluyó por sí misma: la educación o, por ser más preciso, la falta de ella.

Antes que la sanidad, la ciencia, la política, la ecología, el arte, etc., la educación tiene máxima prioridad, puesto que sin educación ninguna de las otras sería posible. La falta de educación tiene consecuencias tremendas para la vida de cada persona y para la comunidad que habite; la educación veraz, naturalmente.

Cierto es que, paradójicamente, no hay nada cierto. Conceptos tales como la verdad o la realidad no existen. Son meros facsímiles. Hay tantas verdades y realidades en este mundo como personas conscientes para observarlas. Pero hay que aproximarse todo lo que podamos a tales horizontes. Revivir los elementos que han influido en convertir a la humanidad en lo que es y alumbrar el camino que nos lleve a lo que podríamos llegar a ser. No hay nada peor que vivir en un mundo injusto. ¿No hay nada? Error. Sí lo hay. Lo peor es ser partícipes involuntarios de dicho mundo.

Un mundo en el que, casualmente, nos encontramos de repente sin petición ni conocimiento, teniendo que aceptar lo que en él hallemos como si fuese la más absoluta e inmutable de las realidades. Pues bien, todo lo que somos capaces de apreciar, una vez adquirimos conciencia de nosotros mismos, en tanto que seres humanos con capacidad de hacer cultura, no es sino el resultado de años de evolución y de desarrollo. Los edificios, los avances tecnológicos, los modelos sociales, los procesos culturales, las lenguas, etc. Todo ello no son más que creaciones y obstáculos superados que partieron, como es natural, de ideas y de decisiones tomadas por mujeres y por hombres ¿Cómo es posible, entonces, que la mayoría de los referentes de dichos avances sean masculinos? De nuevo fluye la respuesta, aunque en esta ocasión tengo que darle “una o dos vueltas”: porque las tomas de poder han girado hacia un modelo patriarcal que ha intentado borrar a las mujeres de la Historia.

Los hombres crecemos con la idea -inculcada, claro, a través de la educación- de que la feminidad es sinónimo de debilidad y que en este mundo sólo sobreviven los más fuertes. Sin embargo, una vez se nos inculca esa “verdad”, nuestro mayor pecado consiste en aceptarla sin dudar de ella, en reproducirla de generación en generación.

El cerebro es, en ocasiones -como ya he dicho-, un órgano de lo más vago, por eso es importante potenciar el desarrollo intelectual, a través de activar aquello que va inexorablemente unido a una de las mayores virtudes que el ser humano puede poseer: la curiosidad, que sólo puede ser alimentada a través de la pregunta y de la duda. Hemos de ser capaces de hacer, de hacernos, preguntas y de dudar ante cada respuesta si queremos convertirnos en auténticos librepensadores.

Hay dos tipos de ignorantes: el que “sabe” y el que quiere saber. El primero afirma con rotundidad. El segundo se pregunta

Siempre he dicho (y creído) que hay dos tipos de ignorantes: el que “sabe” y el que quiere saber. Por lo general el primero afirma con rotundidad. Tiene bases firmes, sólidas e incuestionables. Alegando, casi en todo momento, que las cosas son lo que son porque siempre han sido así. Es decir, usando el inmovilismo de lo conocido y la rutina de lo familiar. Luego está el ignorante que quiere saber, y esta segunda clase hace algo que la primera no: preguntarse.
    
Los seres humanos, afortunadamente, somos analfabetos con una interminable biblioteca a nuestro alcance. En esta biblioteca hay muchas y muchos que hablan y construyen sus identidades y sus modelos de realidad a partir no de lo que leen, sino de lo que les cuentan otros ignorantes. ¿Qué magnitud puede alcanzar el error de aquel o aquella que cimiente su mundo sobre las bases de hechos no contrastados? Por desgracia no poseemos el don de viajar en el tiempo para analizar el pasado con exactitud y, aunque así fuese, seguiríamos observándolo como observamos el presente: mediante las gafas de la subjetividad. Aun así tenemos ante nosotros un enorme bastión de conocimientos que despreciamos en pos del ocio, el poder, la riqueza y nuestras adicciones emocionales. ¿Cómo vamos a disponer de tiempo para explorar los orígenes de nuestras identidades con tanto móvil que comprar, abdominal que fortalecer, coche que estrenar, ascenso que conseguir, casa que amueblar, chico o chica a la que conquistar y familia que construir? Estamos en manos de “Los Hombres Grises”, quienes administran nuestro tiempo para que no lo gastemos en “trivialidades” propias de los “frikis” o cualquier otro “bicho raro” que no entra dentro de los parámetros que, sin saber por qué, hemos aceptado pero que otros han construido.

Como antes he mencionado, la clave principal, según mi modesta opinión, es la educación (o dicho de otro modo, la re-educación). Y la educación consiste en despejar la carretera para que circule el librepensamiento, en fomentar la curiosidad en el análisis de nuestro yo, nuestro entorno y de todas nuestras identidades. Y una vez que hemos descubierto dichas identidades, hay que desenmascararlas y desnudarnos de ellas. Ese es el principio de la igualdad. En la desnudez apreciamos el poder de la igualdad, la sutileza y banalidad de nuestras desigualdades, la profundidad de la diversidad, el despertar del individuo y la fuerza del colectivo. Colectivo sobre el que prevalece la naturaleza individual y torna en impenetrables los muros de la experiencia comunal. Sin embargo, y en contra de todo pronóstico y lógica, la voluntad humana ha incorporado no sólo el “nosotros-nosotras”, sino también la segunda y la tercera persona, plural y diversa (vosotros y vosotras, ellos y ellas), como primer peldaño de la empatía y primer arma para contraatacar las embestidas del ego.

Desde los análisis sesgados por el género (lo bueno es masculino, lo malo femenino) se argumenta la desigualdad a través de los dones naturales (y/o divinos) que los hombres poseemos y las mujeres no, pero siempre aludiendo a dones otorgados en tercera persona. La conciencia humana tiende a librarse del debate moral trasladando las responsabilidades a algo que no podemos controlar o, si entramos en el plano religioso, a algo de lo que no debemos dudar.

La diversidad se convierte en un instrumento de medición en el que los posicionamientos son simplemente tomas de poder

La diversidad se convierte, pues, en un instrumento de medición en el que los posicionamientos son simplemente tomas de poder. Insisto, puesto que lo considero muy relevante, que desde el punto de vista del llamado “solipsismo epistemológico” nosotros y nosotras somos nuestro propio universo. Si después de la muerte no hay nada más, cuando muramos el universo morirá con nosotros, también con nosotras y con vosotros y con ellas. Es por esto que la reflexión sobre la diversidad, individual  y colectiva, debiera ser obligatoria o, cuanto menos, sugerente… Pensándolo mejor, la reflexión en particular y todas las reflexiones en general deberían ser materias obligatorias de la educación…

Desterremos los dogmas y las imposiciones de la escolástica y aprendamos a fomentar la virtud de la curiosidad… Por ejemplo, propongo que cuando una palabra como “feminismo” resuene chirriante en nuestros oídos, especialmente en los oídos de los hombres, y acudan a nuestro cerebro -vago de por sí- lugares comunes y estereotipos que tranquilicen, en lugar de dar por válidas las primeras respuestas pongámoslo a trabajar… y observaremos que los horizontes del conocimiento se amplían inconmensurablemente. De hecho, tras reflexionar sobre el ideario feminista, he llegado a la conclusión de que los hombres deberíamos ser los más feministas, sí, sí, más que las propias feministas y no por afán de arrebatar a las mujeres un lugar en el que son las absolutas protagonistas, sino porque el feminismo nos ayuda a analizar el mundo, las relaciones entre las personas, desde una perspectiva desconocida y a ponernos en la piel de otros seres humanos, tan iguales, tan distintos, tan cercanos… Así, pensando el mundo desde otra perspectiva se rompe la individualidad y se genera el colectivo. Hasta aquí llega la teoría. Pasemos a la práctica.

Para ello, voy a proponer un ejercicio a todas y todos. Sencillo en apariencia, pero sólo en apariencia. Lo primero que tenemos que hacer es lanzar la que posiblemente sea la pregunta menos práctica y más imaginativa de la historia: ¿Qué pasaría si…?

¿Qué pasaría si pudiésemos meternos en la piel del género opuesto por un día?

¿Qué pasaría si pudiésemos meternos en la piel del género opuesto por un día? Plantéenselo de esta forma. Intente pensar en cómo se comportarían. No hace falta que busquen información. Analicen todo lo que saben (o todo lo que creen saber) sobre el sexo opuesto. Utilicen los recuerdos, las experiencias, los tópicos y los patrones para describir cómo creen que actuarían desde ese horizonte desconocido, y anoten cada paso… ¿Qué creen que sería lo primero que pensarían? ¿Cómo actuarían? ¿Qué cosas dirían o cómo hablarían desde su nueva identidad? ¿Consideran que las demás personas les verían de forma distinta? ¿Cambiarían mucho sus hábitos? ¿Relaciones? ¿Reacciones? ¿Estética? Anoten todo eso. Después, al leer los registros, observarán toda una serie de patrones, “verdades universales”, tópicos y construcciones de identidad… ¡reflexionen sobre ello!

Tras la observación reflexionada, inicien la fase documental, la fase de contraste. Hagan un esfuerzo por responder al origen de todos esos elementos estereotipados. Y aunque crean poseer la respuesta, asciendan un peldaño más e intenten sacar provecho a esta “grandiosa” era de la comunicación y curioseen entre distintas fuentes. Descubrirán (muchos con asombro y algunas también) que tales construcciones de identidad nada tienen que ver con orígenes naturales o divinos, y sí mucho con causas propias del siempre confuso y contradictorio ser humano, cuyo desarrollo emocional (susceptible también de ser educado) tiende casi siempre a identificar por la característica y no por la cualidad. La curiosidad debería convertirnos en exploradores de la identidad y en excavadores de las cualidades.

Para concluir (y como paso final del ejercicio) si alguna vez las informaciones y las conclusiones de su alrededor les llevan a pensar que la igualdad de género es ya un hecho, o que nunca hubo desigualdad, o de pronto se encuentran en un debate en el cual otras personas den por sentado que en las modernas y democráticas sociedades occidentales no hay desigualdades, recuerden el principio de este texto y háganse la siguiente pregunta: ¿A cuántos escritores, científicos, políticos, compositores,  descubridores, deportistas, directores de cine y demás personalidades relevantes conocen? Nómbrenlos y construyan una balanza imaginaria. Ahora introduzcan los nombres masculinos en un plato y los femeninos en el otro: ¿Hacia dónde cae? ¡Et voilà!

REFERENCIA CURRICULAR
Eduardo José Gil es Licenciado en Comunicación Audiovisual (2006). Máster por la Universidad Ramón Llull en Ficción en cine y televisión, producción y realización (2008). Ha publicado varios relatos entre los que destaca “La Celda y el Último Ángel” (finalista en la XVI edición del concurso de relatos de España y Latino América “El Fungible” 2007). Ha compuesto bandas sonoras para diversos cortometrajes y obras de teatro. Fue director del programa de radio “El Montaje del Locutor” (2008-2010). Fue actor en la compañía de teatro universitario “Paradigma Teatro” (2004-2006) y guionista y presentador del programa de televisión “Encuentros con el Cine” (Televisión de Castellón, 2002).

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