Revista con la A

25 de mayo de 2018
Número coordinado por:
Guadalupe Huacuz
57

Mujeres, música y feminismo

Imágenes del feminicidio

Lucía Melgar

Lucía Melgar

¿Qué nos dicen las imágenes con que se representa el feminicidio? ¿En qué medida los medios han contribuido, por lo menos en México, a reproducir la violencia que representan? ¿Por qué lo que antes horrorizaba se ha normalizado? ¿Y qué discursos alternativos se han creado o se pueden crear para contrarrestar el discurso predominante?

¿Qué nos dicen las imágenes con que se representa el feminicidio? ¿En qué medida los medios han contribuido, por lo menos en México, a reproducir la violencia que representan? ¿Por qué lo que antes horrorizaba se ha normalizado? ¿Y qué discursos alternativos se han creado o se pueden crear para contrarrestar el discurso predominante? Estas son algunas de las preguntas que plantea, para  el caso mexicano, la investigadora Mariana Berlanga en su libro Una mirada al feminicidio (UACM/Itaca, 2018), recién publicado y que merece una amplia difusión por su cuidadoso examen de las imágenes y el bagaje teórico desde el que cuestiona tanto la cultura visual como la estructura patriarcal cuyos encuadres reducen a las mujeres a posiciones subordinadas, cosificadas y marginales.

Más allá del caso mexicano, distinto del español o del argentino, por ejemplo, preguntarse por lo que representan las fotografías que muestran a las víctimas del feminicidio es tan importante como interrogar sobre lo que vemos en las fotografías de guerra, como se lo preguntaron antes Virginia Woolf, frente a las imágenes de la guerra civil española, y Susan Sontag. Ambas señalaron el impacto, la con-moción en quien mira estas representaciones de la barbarie. A la vez que documentan, como evidencias, unos hechos, estas fotografías sitúan a quien mira en posición de voyeur. Si bien, pueden ser necesarias y nos enfrentan al “dolor de los demás” (Sontag), no es evidente que cada vez tomemos posición frente a ellas, sobre todo si lo antes insólito se repite hasta la náusea.  

En México, por ejemplo, la “guerra contra el narco”, declarada a fines de 2006, ha acostumbrado a la sociedad a ver imágenes de una crueldad y crudeza que corresponden a un contexto bélico. Hace una década, ver en la portada de una revista un conjunto de cabezas humanas tiradas en un bar daba escalofrío, remitía a una realidad casi inimaginable. La naturalidad, relativa, con que hoy se ven, o la costumbre de mirar de lado para evitarlas, remite a una creciente tolerancia social hacia ellas y hacia la violencia extrema. Quizá en otros países este tipo de imágenes ni siquiera estarían en portada (en algunos, por ejemplo, no se pueden mostrar escenas de brutalidad por respeto a los derechos de la infancia). Quizá habría que exigir que no se mostraran en los kioscos. En cualquier caso, la forma misma de mostrar la muerte violenta ha de ponerse en cuestión.

Éstas no son las únicas imágenes del horror que rondan el imaginario social mexicano.   Antes de 2007, las de mujeres brutalmente asesinadas, tiradas en el espacio público como basura, conmocionaron a muchas personas por la brutalidad que implicaban. A muchas también las dejaron indiferentes, como si fuera insignificante que escenas que antes sólo aparecían como casos monstruosos en la contraportada de una revista amarillista (¡Alarma!) pasaran de pronto a la portada de cualquier diario. 

Desde entonces, la reacción social tiende a la tibieza. Podría decirse que esas imágenes de mujeres asesinadas contribuyeron (antes de las que hoy abundan), a normalizar la visión del horror. Sobre todo cuando, en el discurso oficial, las acompañaban recursos retóricos para minimizar la violencia machista: la estigmatización de las víctimas, el hacerlas responsables de su propia muerte, la negación o trivialización de los crímenes en el discurso oficial. Y desde luego la persistencia de la impunidad.

Si pensamos en quienes nacieron en los años 90, durante casi toda su vida han estado oyendo y viendo que en México se mata mujeres y no pasa nada. Un mensaje de terror. Saber esto y además ver imágenes de mujeres “derrotadas”, tomadas desde un “encuadre patriarcal”, como diría Berlanga, que omite el contexto, que muchas veces da el primer plano a hombres vestidos, de pie, que miran un cuerpo femenino semidesnudo, tirado en el suelo, es demoledor para la esperanza, para nuestra visión de la vida, sobre todo si se es mujer, y si además se es pobre y “no blanca”, y se vive en condiciones de riesgo. Como explica Berlanga, este tipo de representaciones reproducen la violencia  machista,  envían un mensaje de terror a las demás mujeres y  a la sociedad.   

¿Qué hay detrás de esas fotografías? No una mirada singular, sino la mirada desde el sistema patriarcal, el sistema mismo: la desigualdad estructural de género, las normas sociales que todavía prescriben una masculinidad violenta y una femineidad sometida; un sistema económico que abarata al máximo la mano de obra femenina y mercantiliza los cuerpos femeninos, una historia de represión contra las mujeres que son tachadas de transgresoras. Una mirada que deja fuera el dolor o que lo representa sin permiso de la víctima, sin preguntarle a la madre de una chica asesinada si acepta que su dolor -que acompaña la denuncia o la búsqueda de justicia- se haga público.

Las imágenes de la muerte violenta o del dolor privado constituyen evidencias, conforman un archivo. No son neutrales ni tienen la misma función en cualquier caso, son manipulables e interpretables. Pueden ser apropiadas, como lo han sido, por los voceros de la historia oficial. Por ello es necesario cuestionarlas y sobre todo reconocer y promover, o crear, otros discursos visuales, signos que no dupliquen el efecto de la muerte y el trauma.

Desde hace dos décadas, la sociedad, las madres de víctimas del feminicidio primero y otras después, han ido creando otros discursos, otras imágenes. Como las Madres de Plaza de Mayo, son ellas quienes más han combatido la impunidad y el olvido con una fortaleza y determinación que demuestra su agencia, pese a su marginalidad y su dolor. Además de convertirse en críticas del sistema judicial, del discurso legalista del patriarcado, han enriquecido la cultura visual, e intervenido el espacio público con las cruces rosas, símbolo con que conmemoran a sus hijas y denuncian su muerte violenta. Izadas o pintadas primero en Ciudad Juárez, esas cruces se han vuelto peregrinas, como la Cruz itinerante en el Estado de México (hoy caso paradigmático de feminicidio impune), o como las cruces portátiles con que este 25 de febrero colectivos feministas exigieron que el gobierno de la Ciudad de México reconociera, con la Alerta de Violencia de Género, la gravedad de la violencia machista y el quiebre del sistema de justicia en la capital. 

Además de las cruces, como celebración de la vida de niñas y mujeres asesinadas,  han surgido murales (de elaboración colectiva en muchos casos) que intervienen a la vez el discurso social y visual y el espacio público. Como las cruces, constituyen un acto de memoria, pero al celebrar la vida de las chicas asesinadas son también un acto contestatario contra el concepto de que hay vidas que no merecen duelo, y también contra la representación tradicional de las mujeres en el arte público oficial.

Hay otros signos de memoria y denuncia que surgieron en protesta contra la violencia criminal extrema desatada en 2007. Entre ellos, como señala Berlanga, los Bordados por la Paz que desde 2011 le han dado nombre e historia a asesinados y desaparecidos y, desde 2012, los bordados por el feminicidio. Ambos se siguen haciendo y se exhiben en el espacio público. Las breves historias bordadas en pañuelos sacan del anonimato a quienes han sido despojadas de todo, recuperan su historia. En la medida en que el bordado es colectivo y suele hacerse en el espacio público, se resignifica una labor tradicional femenina en un trabajo político en el que cualquiera puede participar.   

Estos signos, estas imágenes alternativas, son en gran medida efímeros pero dan muestra de resistencia social ante la impunidad y el horror; forman parte de la memoria colectiva, de memorias que se contraponen al discurso oficial y, desde ahí, cuestionan el encuadre patriarcal y sus archivos visuales. Conforman un discurso que nos permite ver y entender el feminicidio sin reproducir la violencia.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Lucía Melgar es crítica cultural y coordinadora para América latina de con la A.

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