Revista con la A

25 de julio de 2017
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán
52

Presidentas: Las mujeres en el poder

Escribir en un país roto

Adriana González (Foto: Gabriela Bautista9

Adriana González
(Foto: Gabriela Bautista)

A) Estoy escribiendo a unas pocas cuadras del lugar donde, hace poco más de un mes, fueron encontrados los cuerpos de cinco personas con huellas de tortura.

Durante dos o tres días se habló del asesinato de un joven periodista y de “cuatro mujeres”. Poco a poco emergieron los nombres de ellas. Antes de revelar quiénes eran, la televisión y la prensa hablaron de una fiesta de dieciséis horas durante la que habían convivido con quienes iban a asesinarlas. Pronto se supo que esa fiesta nunca sucedió y que la investigación adolecía de muchas fallas, pero el golpe estaba bien calculado; los detalles morbosos siguieron apareciendo y fueron desmentidos durante las semanas siguientes. Desde los primeros días fue obvia la intención de culpar y desprestigiar a esas mujeres, de reafirmar una convicción que esos medios presuponían en su público: si ellas habían estado bebiendo y coqueteando o estaban vendiendo sexo, era obvio que buscaban que las asesinaran, y quienes lo hicieron sólo satisficieron ese oscuro deseo que las destinaba a ser víctimas. El hecho de que una de ellas y el periodista fueran perseguidos políticos se borra bajo esta escena (¿este montaje?) calculada para estimular la moralina y el morbo. De paso se exhibe la red de complicidades que constituye a la casta política: los perseguidos por el gobernador de Veracruz son ejecutados en la ciudad de México, cuyo gobierno se encarga de enmarañar la investigación.

¿Cómo se determina la verosimilitud de un relato en este país de versiones oficiales?

Familias, planes, deudas o ahorros, pasiones políticas, intereses artísticos, los incalculables pensamientos y anhelos y angustias de cinco vidas canceladas por esta trama mediocre. Si dos de las víctimas denunciaron los abusos del gobierno de Veracruz y trabajaron por otro país posible, si cada una de esas cinco personas vivió pensando que tenía la libertad y la capacidad de hacerse una vida a su medida y de acuerdo a sus deseos, el final al que fueron condenadas quiere decirnos que no hay variantes ni opciones. El libreto se escribe sin imaginación y con dos tonos: sangre y dinero.

Pensando en esto imaginé al poder como un cíclope: un solo ojo voraz. Sordo. De muy limitadas entendederas: sus ideas son pocas y las repite fervorosamente. Siempre a favor de lo malo conocido. Confiado en la contundencia de su brutalidad, que sofoca cualquier pensamiento.

De ahí a recordar la escena entre Nadie y el cíclope, que acaba ciego mientras el héroe escapa muerto de risa, no habría más que un paso muy fácil de dar, sobre todo para hacer un homenaje a una de las víctimas: Nadia Vera, burladora de cíclopes.

Pero esas ficciones no pueden devolver la vida a ninguno de los cinco. En estos días, cuando la renuncia a la mínima apariencia de legalidad, verosimilitud y honradez se ha vuelto consigna del cíclope, se necesita una esperanza más creíble, un relato capaz de articular una crítica, vislumbrar alternativas.

B) Hace muchos años, en la Facultad de Filosofía y Letras, una amiga me hizo notar que entre clases, grupos de estudio, talleres, conferencias y pláticas en la cafetería se estaba haciendo un enorme trabajo colectivo: miles de mujeres estaban aprendiendo a traducir poesía, a leer en alemán, a discutir teoría francesa, a hacer antologías de crónica latinoamericana, a criticar desde las jarchas mozárabes hasta la literatura recién publicada en lenguas indígenas. Más allá de ambiciones y logros individuales, se estaba construyendo una comunidad que, además, ya contaba con una tradición de algunas décadas. Otras similares crecían en facultades cercanas.

Ayer, en una de mis clases tocaba explicar qué es el sistema de sexo-género y la heterosexualidad obligatoria. Vi cómo los muchachos se armaban de valor para opinar en ese grupo de mayoría femenina y vi que el viejo prejuicio contra el feminismo es ya obsoleto, al menos en ese salón, a esa hora y con esos estudiantes. Cuando terminó la clase se fueron a otra donde quizás hablaron de la relación entre democracia y argumentación: donde se acaban el razonamiento y la palabra empieza la violencia.

C) Si algunos de estos ciudadanos que se quieren libres, quienes se han unido a las manifestaciones incesantes en este país herido, quienes trabajan para encontrar justicia, encuentran la noticia del crimen en un periódico, reciben un mensaje aterrador: el periodista, la luchadora social que habían recibido amenazas del gobierno de Veracruz no sólo fueron asesinados brutalmente, no sólo han sido calumniados y desprestigiados: otras personas que leen esos periódicos o ven los noticieros asienten. Los medios se dirigen a ellos, pisoteando la posibilidad de opiniones divergentes. Hablar con compasión y sensibilidad parece una hazaña temeraria. Esos espectadores no sólo comparten la misoginia, sino que parecen incapaces de criticar la pésima calidad de la información que están recibiendo. Como si no percibieran la manipulación. Volviendo a la metáfora del cíclope, esta es una de sus mayores fortalezas: gobierna a una población a la que mantiene en la pobreza y en la ignorancia para dominarla fácilmente. Escenas como este crimen halagan a esos hombres que se sienten superiores a las mujeres y las juzgan desde una doble moral muy cómoda, les convencen de que las víctimas de la violencia son infinitamente distintas de esas personas que se sienten tan tranquilas para seguir con sus rutinas. El machismo es eslabón crucial de su complicidad con este régimen autoritario.

D) ¿Por qué víctima es una palabra femenina? ¿Se puede decir víctimo, o la tortura convierte a quien la sufre en un cuerpo abierto, sangrante y femenino? ¿Es verdad que la violencia tiene género? ¿Es el violencio, como el ejército o el verdugo? ¿Al ejercerse sobre mujeres consigue su lenguaje más persuasivo?
¿Cómo escribir con este idioma lastrado de prejuicios sin jalarlo y doblarlo y recortarlo y darle la flexibilidad que no heredó de tantas ancestras obligadas al recato o al silencio?

E) Leo una nota sobre un profesor cuyas estudiantes sufren agresiones que suelen desembocar en los frecuentes feminicidios de esa zona, el Estado de México. En unos años de trabajo ha logrado que estas jóvenes organicen manifestaciones a las que van vestidas para una fiesta, pero maquilladas como si las hubieran golpeado. Es una manera elocuente de quejarse, pedir que cesen los maltratos. Pero, me dice una amiga, ojalá no volvieran a escenificarlos. ¿Quiénes, cómo vamos a pensar en otras tramas y en otras protagonistas?

Ese mismo día encuentro otra nota sobre mujeres yazadíes que decidieron armarse contra el Estado Islámico: antes que ser violadas, prefieren convertirse en soldadas, manejar armas. ¿Cómo es la vida en sus campamentos? ¿Qué incidentes las convirtieron en brigadistas? ¿De qué estarán hablando dentro de cinco años? Ellas también se han cansado de las sagas del sufrimiento femenino.

Ahí, donde fallan las historias heredadas y son necesarios otros desenlaces y otros personajes, donde los mitos son insuficientes, donde las palabras empiezan a gastarse y a sonar obsoletas, surge la oportunidad de escribir historias nuevas o dar un vuelco a las consagradas. Criticar la manera en que somos dominadas, descubrir las alternativas, imaginar la esperanza, inventar las salidas. Mirar al cíclope sin miedo. Y recuperar la tradición que afirma que la literatura surge de la negación a aceptar que las cosas sean solamente como son.   

A la memoria de Alejandra Negrete, Mile Martín,
Nadia Vera, Rubén Espinosa y Yesenia Quiroz.

REFERENCIA CURRICULAR
Adriana González Mateos es doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Nueva York y es profesora investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen por Cuentos para ciclistas y jinetes (Aldus 1995), Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas por Borges y Escher (Aldus, 1996) y el Premio Nacional de Traducción de Poesía por La música del desierto, de William Carlos Williams (en colaboración con Myriam Moscona, Aldus 1996). Ha publicado And then… Andenes. Crónicas DF/NY (UNAM 2015) y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).  

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