Revista con la A

25 de enero de 2017
Número coordinado por:
Lucía Melgar
49

¿Qué presente y futuro para las niñas?

El llamado de la ciencia-ficción

Bethsabé Huamán

Bethsabé Huamán

Amparada en la confianza que la tecnología parecía ofrecer para la liberación de la mujer en los ochenta, para la liberación de los roles de género asumidos como naturales, el cyborg, “una especie de yo personal, posmoderno y colectivo, desmontado y vuelto a montar”, era la promesa de un nuevo comienzo.

En el “Manifiesto Cyborg” (1985) de Donna Haraway -en clara alusión al Manifiesto Comunista-, ella propone frente a la novela burguesa realista la apuesta por la ciencia-ficción posmodernista como agenda política del feminismo. En la ciencia-ficción que ella plantea, el organismo no está restringido a su naturaleza sino que opta por un componente biótico, un cuerpo que no está históricamente constituido, porque las mujeres “somos extraordinariamente conscientes de lo que significa” (Haraway 7). Amparada en la confianza que la tecnología parecía ofrecer para la liberación de la mujer en los ochenta, para la liberación de los roles de género asumidos como naturales, el cyborg, “una especie de yo personal, posmoderno y colectivo, desmontado y vuelto a montar” (Haraway 11), era la promesa de un nuevo comienzo, de una liberación, tanto tiempo deseada. Más allá de si hoy, en los comienzos del siglo XXI, podemos todavía asumir la tecnología con optimismo liberador, me parece que es importante recuperar el llamado de la ciencia-ficción que hiciera Haraway treinta años atrás.

La ciencia-ficción como tal fue concebida al inicio como un género menor, no literario, adscrito más a la ciencia y su divulgación que al arte de la palabra. Es así que por mucho tiempo se le disputó su condición literaria -y habrá hoy quien todavía sostenga esa postura-. A su vez era un género pensado desde las grandes potencias, aquellas que tenían la capacidad económica, y se asume que intelectual, para desarrollar ciencia, cuyo epítome era la llegada al espacio. Es decir, las dos grandes potencias: Estados Unidos y la entonces URSS. Desde esa lógica, la idea de la ciencia-ficción en América Latina estaba fuera de órbita, aunque muchos de los avances tecnológicos han surgido precisamente de personas y conocimientos desarrollados en tierras americanas, pero luego apropiados, comprados, difundidos en otros lados.

El género de la ciencia-ficción se rastrea con cierto consenso en muchos textos llamados en principio fantásticos, como el Frankestein (1818) de Mary Shelley, que sería el inaugurador o predecesor de lo que en 1926 empezaría a llamarse ciencia-ficción como tal en Estados Unidos en relación a la revista Amazing Stories. Sin embargo, una vez construido el género y mirando en retrospectiva a sus precursores, en el ejercicio inverso al tiempo propuesto por Borges, el primer texto de ciencia ficción se encuentra en México, en “Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la luna y dirigidas al bachiller don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de Kyries funerales en la parroquia de Jesús de dicha ciudad y, al presente, profesor de logarítmica en el pueblo de mama de la península de Yucatán, para el año del señor en 1775”. Con ese larguísimo título, Manuel Antonio de Rivas, religioso de la orden de los franciscanos, escribió un texto fantástico en el que un habitante de la tierra llegaba a la luna en una “máquina volante”. El texto conllevó un proceso inquisitorial puesto que, en él, Rivas se atrevía a imaginar el infierno en un lugar no señalado por las santas escrituras y, por tanto, cuestionaba la veracidad de sus palabras. Felizmente liberado de los fuegos inquisitoriales, después de ese muchos otros textos latinoamericanos han fantaseado con el mundo de las estrellas.

América Latina, influenciada por las revistas y los cómics que circularon, tuvo una importante tradición de ciencia-ficción relegada por los de afuera, las grandes potencias que no podían concebir una ciencia en un área “no desarrollada”, y también por los de adentro, en el ámbito nacional, como un subgénero o como una apuesta irreal, caótica, menor, que no hablaba de la realidad. Podemos preguntarnos, ¿por qué la ciencia-ficción debería estar a la cabeza de la propuesta feminista? Una primera razón política ya salta a la vista, el monopolio del poder sobre el futuro, sobre los caminos hacia los que el mundo desea dirigirse. Una segunda razón, también política, es que en esos caminos la mujer pueda ser capaz de pensar un futuro en el que la dominación y la discriminación no se perpetúen. Lamentablemente, muchas veces es desalentador el papel que parece ocupar la mujer en la imaginación del futuro, de ahí que Haraway instigara a que seamos nosotras quienes tomemos la pluma.

Nada de lo que no puede ser pensado, imaginado o anhelado puede ser construido, logrado o alcanzado algún día

La premisa que subyace a esta insistencia está vigente en las palabras de Haraway: es la posibilidad de pensar el futuro que determinará, hasta cierto punto, el rumbo al que encaminemos nuestra sociedad, pues nada de lo que no puede ser pensado, imaginado o anhelado puede ser construido, logrado o alcanzado algún día. Ello parece especialmente interesante para las mujeres en cuanto a proponer nuevas formas de pensar el género, la sexualidad, la identidad en un futuro ideal… o, en todo caso, como espacio donde ellas también puedan presentar sus fantasías y sus ideas de futuro. Como era de esperarse y como ocurre en casi todos los órdenes de la cultura, las mujeres no son una mayoría apabullante en la ciencia ficción, hay pocas pero hay. Señalaré dos de las más importantes, invitando con ello a su lectura y difusión, pero también a hacernos partícipes de lo que como lectores podemos ayudar: a imaginar nuevos mundos posibles.

Los países latinoamericanos que lograron una tradición en la ciencia-ficción, desde mediados de los años cincuenta, son: Cuba, México y Argentina. Cuba mucho más influenciada por los libros y la tradición de la ciencia-ficción rusa; México y Argentina influenciados por la ciencia-ficción norteamericana. No quiere decir que no podamos encontrar textos importantes en otros países, que sin duda los hay, como en Chile, Perú o Colombia, pero sólo en los tres primeros mencionados se consolidó una corriente importante que produjo también revistas, concursos y seguidores que hasta hoy, cada vez con más éxito y reconocimiento, siguen cultivando el género de la ciencia-ficción.

Daína Chaviano (La Habana, 1957). Fue editora de la revista Nova, recopiladora de antologías de ciencia ficción y asesora del taller de ciencia ficción de Oscar Hurtado. Algunos de los títulos que ha escrito son: El hombre, la hembra y el hambre (1998); Casa de juegos (1999); La isla de los amores infinitos (2006); El abrevadero de los dinosaurios (2005); Fábulas de una abuela extraterrestre (2003).

Angelica Gorodischer (Buenos Aires, 1928) tiene una larga trayectoria como escritora, muchos de sus textos se inscriben en la ciencia ficción de la que es gran representante. Ganadora de innumerables premios literarios, algunas de sus obras más importantes son: Kalpa Imperial (2001); Floreros de alabastro, alfombras de bokhara (1985); Fábula de la virgen y el bombero (1993); Prodigios (1994); Casta luna electrónica (1977); Técnicas de supervivencia (1994).

Les invito a leerlas.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

– Haraway, Donna. “Manifiesto Cyborg. Ciencia, tecnología y feminismo social a finales del siglo XX”. Tomado de Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature. (1985).

– De Rivas, Manuel Antonio. Sizigias y cuadraturas lunares. Mérida: Universidad Nacional Autónoma de México, 2009.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Bethsabé Huamán Andía (Lima, 1977). Magister en Bellas Artes por la Universidad de Nueva York (2012) y en Estudios de Género por El Colegio de México (2007), Licenciada en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (2003). Ha publicado los conjuntos de relatos Sábadopm (2003) y Memento mori (2009). El 2010 fue ganadora del Concurso de Ensayo Nelly Fonseca Recavarren organizado por el Centro Cultural de España y el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, siendo publicado su trabajo bajo el título La voz que responde. Poemas y enigmas de Nelly Fonseca. Actualmente estudia el doctorado en literatura en la Universidad de Tulane.

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