Revista con la A

26 de septiembre de 2017
Número coordinado por:
Rosario Segura Graiño
53

Los estudios feministas, de las mujeres y de género en el estado español

El espacio común es nuestro

Brenda Navarro

Brenda Navarro. Cuando Catharine A. MacKinnon escribió su libro “Hacia una teoría feminista del Estado”, en 1989, ni Ada Colau ni el Ejército Zapatista de Liberación Nacional habían transgredido el espacio público en Barcelona y en Chiapas. Desde entonces, el mundo de la política ha visto colapsar una y otra vez a diversos políticos por casos de corrupción, guerras, crisis financieras, luchas de poder entre fuerzas políticas, etc. Pero ninguno, incluso los que hicieron uso de su posición de poder para beneficiarse en lo privado y llenaron los medios de comunicación con alguno de sus “deslices”, dejó de ser una persona a quien se dirigían por su nombre de pila y su apellido

Cuando Catharine A. MacKinnon escribió su libro “Hacia una teoría feminista del Estado”, en 1989, ni Ada Colau ni el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) habían transgredido el espacio público en Barcelona y en Chiapas, México. Desde entonces, el mundo de la política, hasta la fecha, ha visto colapsar una y otra vez a diversos políticos por casos de corrupción, guerras, crisis financieras, luchas de poder entre fuerzas políticas, etc. Pero ninguno, incluso los que hicieron uso de su posición de poder para beneficiarse en lo privado y llenaron los medios de comunicación con alguno de sus “deslices”, dejó de ser una persona a quien se dirigían por su nombre de pila y su apellido. Se les nombró dentro del espacio público como se nombra a las personas que poseen derechos y se les cuestionó, la mayoría de las veces, por sus acciones, por sus errores y por las posibles consecuencias públicas que de ello derivasen. Ninguno fue cuestionado por su género per se, ni se les preguntó por los trabajos de cuidados que realizan, ni desde ningún frente se les habló como si todos tuvieran algo qué enseñarles.

Pienso en esto cuando trato de hacer una somera revisión de la percepción de la opinión pública respecto a quien históricamente se recordará como la primera alcaldesa de la ciudad de Barcelona y, también, cuando intento relacionar este hecho con aquella hipotética candidata a la presidencia de México para el año 2018, que ahora mismo se está dialogando entre diversas comunidades indígenas de mi país [1]. A primera vista, podríamos decir que Ada Colau y la hipotética candidata presidencial no tienen mucho que ver, y es posible que no, pues sus conocimientos situados son distintos, pero ambas son mujeres y las dos habitan el espacio público, por lo que están expuestas al escrutinio que en sus muchos intentos por denostarlas, tratan de mostrarlas como personas a las que hay que tutelarles sus derechos porque, ¿por qué no decirlo abiertamente?, siguen sin considerarlas sujetas políticas.

Mackinnon lo dice en su texto: “Por independiente de la clase que pueda presentarse el Estado liberal, no es independiente del sexo. El poder masculino es sistémico. Coactivo, legitimado y epistémico, es el régimen.” (Mackinnon, 1995) y el régimen, en tanto España, Cataluña, Barcelona; como en México, en comunidades indígenas, movimientos políticos y sociales, espacio-tiempos determinados, se ridiculiza a las mujeres que se presentan como iguales y sistemáticamente las quieren reducir al concepto de mujer que tan cómodo les viene y las obliga a cuestionarse, al cuestionarlas el por qué se han atrevido a pisar ese espacio público que les ha negado. ¿No es mejor quedarse en casa o en alguno de sus movimientos altruistas que ofenden pero no mueven ni inciden directamente en las estructuras? ¿No es mejor ser madre y activista de tiempo completo? ¿No es mejor taparse la cara y morirse de hambre en el silencio? ¿Acaso no es mejor cederle el lugar a los candidatos hombres que sí tienen posibilidades de cambiar al país? ¿Para qué hacer tanto lío de sus dobles o triples jornadas de trabajo? Mejor darse vuelta y marchar hacia donde no molesten y no se les pueda cuestionar si tienen estudios oficiales, si tienen capacidad para dirigir y liderar instituciones públicas, si tienen la actitud y fortaleza para dejar de ser “tuteladas” en sus derechos. Ambas mujeres, a pesar de las diferencias  socioculturales, económicas y geopolíticas que existen entre ellas, son igualadas dentro de la opinión pública porque el Estado quiere mantenerse masculino, -cualquier Estado, sin importar el color del partido que ahora los dirija- legitimar sus formas, normas y relaciones de poder. No en vano, a Colau se le cuestiona sus conocimientos desde la RAE y a la posible futura candidata presidencial en México se le equipara con un personaje de melodrama rosa que no sabría ni hablar ni escribir bien, e incluso se le acusa -sin siquiera existir todavía- de ser parte de un juego político para debilitar al posible candidato de centroizquierda.

Las mujeres somos las que configuramos la mayor parte del espacio público aunque los resultados no nos favorezcan

Sin embargo, a pesar de que los diversos feminismos siguen debatiéndose entre si el Estado es una herramienta para transformar la situación de las mujeres o si debe combatirse de frente sin claroscuros, la apuesta tendría que ir más enfocada en reconocernos como sujetas que ocupamos espacios comunes: todos los días pisamos las calles, nos trasladamos de un lugar a otro, tomamos decisiones económicas, votamos en donde se nos permite votar (yo como migrante no puedo votar en España, muchas de las mujeres indígenas no pueden votar en México, por ejemplo), participamos de las acciones sociales y colectivas a pesar de que sean mayoritariamente los hombres los que tengan la posibilidad de ejercer el mando; si acaso, de menos, somos las que configuramos la mayor parte del espacio público aunque los resultados no nos favorezcan.

Tenemos mucho más en común que diferencias y eso se traduce en diversas posibilidades de respuestas y de enunciaciones de nosotras mismas. Lo común, las comunidades, el repensarnos no sólo en esferas dicotómicas, sino en abanicos que incluyan otredades, -en esto las luchas zapatistas han sido transgresoras y la candidatura de una mujer indígena para ser presidenta es otro ejemplo claro de ello- capaces de abrir más espacios comunes que no pertenezcan al Estado, sino que provengan del deseo de sostenernos las unas a las otras, de organizarnos para configurar las instituciones que necesitamos y no las que tenemos, de re-configurar al Estado y no que este nos configure a nosotras. Ser las productoras y no las reproductoras de redes que sostengan la vida. Que nadie nos enseñe porque nosotras también tenemos mucho que enseñar, que la nueva teoría feminista del Estado no siga las reglas, que invente aquellas en las que no seamos cuestionadas por ser mujeres, sino por nuestras acciones y seamos nombradas con nuestro nombre, no por nuestro género. Ser comunes, porque lo común es nuestro. Que la gestión de Colau hable por sí sola y que se le critique por su gestión y no por ser mujer. Así mismo, que si existe una candidata presidencial en México sea respetada como sujeta política, porque ya sabemos que de comunidad y espacios comunes, ella hablará por sí misma.

 

NOTA

[1] Este texto fue escrito antes de que se supiera el nombre de la vocera del CNI-EZLN en México, que se anunció será María de Jesús Patricio. Más información en:

http://www.jornada.unam.mx/2017/05/29/politica/005n1pol

 

REFERENCIA CURRICULAR

Brenda Navarro es fundadora del proyecto editorial Enjambre Literario (enjambreliterario.com), actualmente estudia el Máster de Mujeres, Género y Ciudadanía en la Universidad de Barcelona. Es especialista en Economía Feminista y socióloga por la Universidad Nacional Autónoma de México. Pertenece a la Asociación Internacional de Feministas Economistas (IAFFE) y es socia de Clásicas y Modernas, Asociación para la igualdad de género en la cultura, en España.

 

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