Revista con la A

25 de julio de 2017
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán
52

Presidentas: Las mujeres en el poder

El cine y la revolución feminista

cineastas-38Cuando Walter Benjamin en su ensayo “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936) [1] habla de la pérdida del aura, “el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra” (3) ésta se presenta como la pérdida de la unicidad, de la función ritual, de lo original y auténtico. Este significativo cambio prometía para Benjamin un potencial revolucionario porque pensaba que el cine y la fotografía ponían a la masa en contacto con el arte, al pasar éste de un ámbito privado y elitista al ámbito público y democrático: “por primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual (…) En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política” (7).

Posteriormente, otros autores, como Fredric Jameson, verían en el cine más bien un instrumento de la ideología dominante, una imposición de pensamiento servil hacia el poder norteamericano que ya, a principios del siglo veinte, había sabido dimensionar el potencial político del cine, su alcance, no precisamente como pensaba Benjamin a favor de las masas, pero sí para actuar sobre ellas. Desde entonces, el cine ha sido uno de los principales vehículos de difusión del “sueño americano”. Podríamos pensar que hoy en día el cine sería un enemigo en contra de la revolución feminista, aquella que busca un trato equitativo entre hombres y mujeres, aquella que aboga por la desexualización del cuerpo femenino, que insiste en el rechazo a la violencia contra la mujer. El cine es gran difusor de la masculinidad dominante, aquella que sigue viendo a la mujer como objeto sexual, que sigue fomentando la violencia al generalizarla, al hacerla nimia como un hecho más de la vida, inmodificable. Sigue, además, imponiendo símbolos sexuales que contradicen los avances de las mujeres en la sociedad donde son profesionales, artistas, presidentas. En las películas de corte hollywoodense las mujeres siguen atadas al amor masculino como casi único fin y horizonte de vida. Los ejemplos aquí son excesivos así que la lectora o el lector podrá fácilmente asociar distintas películas que cumplen ese rol.

El cine, por sus amplios presupuestos, por sus sumas millonarias, es un arte más elitista que nunca, sólo accesible a los que cuentan con las relaciones o los medios para financiarlos o aquellos que poseen los contenidos, las historias, que la hegemonía capitalista está interesada en invertir y difundir. Si bien hay movimientos independientes, películas de bajos presupuestos, un acceso al cine “artesanal” (en cámaras digitales), éste no tiene forma de distribuirse, ni difundirse en un escenario donde Estados Unidos controla el monopolio de las salas de cine en el mundo. Varios de los grupos de mujeres involucradas en la cultura del cine (Asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales -CIMA-) han denunciado la segregación que padecen, el poco acceso, sus limitados alcances. CIMA señala que en España sólo un 8% de las películas que se producen en el país son dirigidas por mujeres y que su participación en guiones y producción no llega al 20% [2]. Hacer cine siendo mujer es un reto gigantesco, especialmente si tu propuesta estética pasa por temas incómodos al sistema. De todas formas, las películas se realizan pero son fácilmente echadas a un lado o caen en el olvido.

Sin embargo, me interesa repasar dos casos que parecen alentadores en este horizonte desalentador. Uno es el caso de los hermanos Wachowski que se hicieron mundialmente conocidos por el éxito de taquillas que fue Matrix (1999), así como sus dos siguientes secuelas. Esta trilogía de ciencia ficción narra un mundo en el que los seres humanos viven en la realidad virtual mientras que sus cuerpos son utilizados como fuente de energía para las máquinas que gobiernan el mundo. Los hermanos Wachowski, Andrew y Lawrence, ahora son Andrew y Lana, porque Lawrence se cambió de identidad y ahora es una mujer de pelo rojo que todavía hace películas. Este es un primer acto valiente, pero además ejemplar, que puede inspirar a otras personas a asumir su verdadera identidad.

Andrew y Lana han hecho otra película de ciencia ficción titulada Cloud Atlas (2012). Lo interesante es que tanto en la súper taquillera, como en ésta, uno de los hilos conductores es el amor. Tanto Neo, como aquí seis historias diferentes en seis tiempos de la historia de la humanidad que van cambiando a lo largo de la película, se movilizan por el amor, que anima y determina lo que los seres humanos hacen y pueden hacer. Si bien esto no parece nada nuevo porque lo vemos en todas las películas románticas, aquí el amor es una fuerza cósmica, que tanto como la luz o la gravedad impulsa el curso del universo. Es una fuerza mucho más poderosa que otras porque es constante y logra sobrevivir a los agujeros negros.

Igual situación vemos en Interstellar (2014), dirigida por Christopher Nolan. La humanidad, a punto de desaparecer, encuentra su última oportunidad en un vuelo espacial que debe alcanzar un agujero de gusano que los llevará a millones de años luz de distancia, en un espacio de tiempo muy breve, para identificar cuál es el planeta que puede albergar a la humanidad, una vez que la tierra deje de ser absolutamente habitable. Nuevamente es el amor y la conexión del padre con su hija lo que permite la comunicación vital que dará a los seres humanos la información necesaria para sobrevivir. Y, de otro lado, es el amor también el que de pronto se ve elevado a fuerza cósmica, como la gravedad, como la velocidad de la luz, para determinar el curso del universo y que no es alterado ni por el tiempo, ni por el espacio.

Sí, el amor, parece algo nimio, tonto y ya lo vimos en El quinto elemento (1997) de Luc Besson, pero parece que desde entonces al presente se ha ido intensificando, especialmente en la fabulación sobre el futuro. Si pensamos que Donna Haraway invocaba la ciencia ficción como el espacio desde el cual se podía buscar la revolución feminista, parece que se está abriendo en este género una ventana que, tal vez como el agujero de gusano, nos pueda ayudar a avanzar miles de años luz hacia un mundo de equidad. Al menos lo que las películas parecen proponer es que movidos por el amor, la ruptura de los roles binarios de género y la superación de las diferencias, se avisora un nuevo futuro. Y en ello la posibilidad revolucionaria del cine, que tanto Benjamin como Haraway anunciaban, pueda ser todavía posible. Tal vez sea hora de empezar a buscar las estrellas.

NOTAS

[1] Benjamin, Walter. “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”. www.philosophia.cl/Escuela de Filosofia Universidad Arcis

[2] http://cimamujerescineastas.es/

 

 

bethsabeREFERENCIA CURRICULAR

Bethsabé Huamán Andía es Crítica de cine. Escritora y Feminista. Licenciada en literatura, magister en estudios de género y estudiante del programa de doctorado en español y portugués en la Universidad de Tulane, Nueva Orleans.

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