Revista con la A

25 de enero de 2017
Número coordinado por:
Lucía Melgar
49

¿Qué presente y futuro para las niñas?

Editorial

De nuevo resuenan tambores de guerra… Siempre han estado ahí, a veces destrozándonos las vidas (no existe país que no haya padecido situaciones de guerra a lo largo de su historia), otras, retumbando en nuestros oídos sordamente, como un rum-rum lejano ante el que permanecemos impasibles porque son otras y otros quienes perciben sus estruendos en sus carnes, en sus vidas… Mientras, la cultura de la guerra naturaliza sus impactos a través de todos los medios de los que dispone, todos: culturales, sociales, educativos, económicos, mediáticos… en esta sociedad denominada de la información siempre sesgada por los intereses del Poder, apoyados además por las redes sociales y los Mass Media que contribuyen a que la idea del enemigo, que siempre es el otro distinto, diferente, se acomode en nuestro imaginario. Una cultura de guerra que atraviesa fronteras y se instala en nuestra vida cotidiana fomentando las relaciones de violencia de todo tipo: directa, estructural y cultural. Violencia instaurada por un sistema patriarcal y androcéntrico que desde sus orígenes -cifrados en la primera revolución económica de la humanidad, el Neolítico, que tuvo como resultado el paso de una sociedad nómada a otra sedentaria, en la que la posesión de los medios de producción distinguió a aquellos seres humanos con poder de aquellos otros que carecían de él- basó en ella, en la violencia, su legitimación y permanencia. Una sociedad patriarcal cuyo primer distintivo fue poseer el cuerpo y la vida de las mujeres para arrebatarles el origen de la descendencia con el fin de legitimar que el padre (hasta entonces figura indeterminada) tuviera un dominio absoluto sobre la línea de parentesco… Han pasado más de 10.000 años y seguimos si no igual muy parecido. A pesar de los intentos que diferentes movimientos sociales iniciaron en el pasado siglo XX (estoy pensando en el movimiento de la Nueva Escuela iniciado a finales del siglo XIX y consolidado a principios del XX que dio al traste tras la explosión de la primera guerra mundial; en el movimiento de Educación para la Paz, iniciado paralelamente a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, tras la segunda guerra mundial, que todavía hoy sigue intentando impregnar con sus principios esta sociedad, la occidental, abocada al desastre por sus afanes depredadores y colonizadores), a pesar del auge de los movimientos feministas resistentes a la guerra y defensores de la Paz (recordemos que -desmontando los estereotipos infundados que el discurso patriarcal transmite-, el movimiento sufragista era pacifista; recordemos al movimiento internacional de Mujeres por la Paz (WILPF) con más de 100 años de historia, a Mujeres de Negro, a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y a tantas y tantas mujeres que luchan en todos los rincones del mundo por poner punto final a esta barbarie de la Guerra, con mayúsculas, y de la guerra cotidiana en la que viven las mujeres en situación de violencia y sus criaturas y los hombres de paz…), la guerra, la violencia, sigue siendo el recurso del Poder para imponerse, legitimarse y perpetuarse.

El pasado 7 de noviembre, organizada por la Red feminista contra la violencia en la que participan numerosas organizaciones de mujeres, más de 200.000 personas ocuparon las calles de Madrid para decir, una vez más, basta a la violencia machista… pero la violencia sigue… los asesinatos de mujeres a manos de los bárbaros machistas continúan, los malos tratos siguen afectando, día a día, a millones de mujeres de todas las edades, en todo el mundo…

¿Cómo decir a nuestros gobernantes -presentes y quizás futuros- para que se enteren de una vez por todas, que no queremos guerra, que no estamos dispuestas a tolerar que se nos siga asesinando, maltratando, violando, abusando, cosificando…? ¿Cómo decirles, para que se enteren, que utilicen los recursos de los que les dotamos la ciudadanía con nuestros impuestos para que combatan las agresiones de grupos bárbaros con los medios policiales, jurídicos y los servicios de inteligencia que han demostrado efectividad y competencia para combatir el terrorismo? ¿Cómo decirles que no nos queremos hacer cómplices del comercio armamentista ni de las políticas de ocupación que diezman las materias primas de los países en vías de desarrollo y el ecosistema? ¿Cómo decirles que desenmascaren y persigan a quienes financian a los grupos que se pretenden combatir, a quienes les dotan de armamento, logística e infraestructura? ¿Cómo decirles que las y los refugiados, todos los seres humanos -tanto quienes huyen de las guerras como de la miseria-, que buscan refugio por las fronteras del sur y de oriente no son terroristas, que hay que darles asilo y cumplir los tratados internacionales? ¿Cómo decir a esta Europa de los 28 que no es posible que levanten muros que incrementan el dolor y la desesperación? ¿Cómo decir a esta Europa de los 28 que no es posible que consideren que erradicar los niveles de violencia contra las mujeres no es prioritario en sus políticas? ¿Cómo decirles que es preciso que realicen, ya, un Pacto europeo contra la violencia machista, que crucen los datos de los agresores, que realicen estadísticas para visibilizar el impacto del problema y que pongan los medios paliativos y preventivos para erradicarla? ¿Cómo decirles que la violencia contra las mujeres también es terrorismo y como tal una cuestión de Estado, de primer orden? ¿Cómo decirles que el Terrorismo machista produce más muertes que los “otros” Terrorismos y que, por tanto, es preciso activar todos los recursos para erradicarlo? ¿Cómo decirles que es preciso y urgente Educar para la Paz y que la Igualdad es el principio motor de los sistemas democráticos? ¿Cómo decir a los partidos con representación parlamentaria europea que no se puede defender discursivamente una idea y votar lo contrario en el Parlamento europeo…? ¿Cómo hacer que se enteren y obren en consecuencia?

Dentro de unas semanas en España tendremos elecciones… Un buen momento para decírselo con nuestros votos, pero quizás tengamos que salir a la calle de nuevo porque el tam-tam de los tambores de guerra y los gritos de dolor de las víctimas inocentes de los terrorismos, incluido el terrorismo machista, parece que les haya hecho ensordecer ante el clamor ciudadano que rechaza la guerra y el terrorismo de cualquier índole, también el machista.

Alicia Gil Gómez

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