Revista con la A

25 de julio de 2017
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán
52

Presidentas: Las mujeres en el poder

Editorial

Hace muchos años, sentí el veneno del teatro. Me llegó de manos de la mayor de mis hermanas quien por entonces formaba parte de un grupo de Teatro universitario e independiente, el grupo Zambulu que dirigía Guillermo Adeva, un amigo de la pandilla que mi hermana tenía en el pueblo de la sierra de Madrid donde veraneábamos. No recuerdo cómo fue, supongo que necesitaban gente porque estaban preparando la obra de Juan Antonio Castro, Tiempo del noventa y ocho, obra coral y crítica, obviamente, porque el teatro siempre ha sido un canal de protesta, en tiempos del franquismo fundamental… como ahora… El caso es que me hicieron la prueba y me quedé. Presentamos la obra al I Certamen de Teatro Universitario que se celebró en 1971, tiempo de Colegios Mayores donde podíamos asistir a la proyección de pelis prohibidas, a obras de teatro censuradas para los teatros comerciales… Tiempos de rebeldía, de rebelión, de protesta, de lucha, de compromiso público… Tiempos de Teatro. El caso es que ganamos el primer premio y que el veneno del teatro se introdujo por mis venas, señalándome que había que aprender más, mucho más. Primero fue la prueba para entrar en la Escuela de Arte Dramático, luego el refuerzo de aprendizajes en Karen Taft, en la calle de la Libertad -mejor lugar imposible-… Y sobre todo trabajo, mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho tiempo, mucha dedicación… Toda la dedicación, porque el teatro exige 24 horas al día siete días a la semana, trabajes o no trabajes, quiero decir tengas trabajo o no lo tengas, el teatro exige una formación permanente… El caso es que había que elegir y yo elegí dedicarme otras cosas… Pero siempre mantuve el “ojo echado”, la “pasión despierta”… Desde entonces, hasta hoy, siempre que he ido al teatro he observado que las mujeres espectadoras eran, y son (somos), mayoría, que las obras que se representan son textos escritos por hombres y que los actores y actrices son dirigidos por hombres, que los personajes femeninos son narrados por hombres que lanzan sus interpretaciones que acaban por impregnar la idea de “ser mujer” fortaleciendo los estereotipos… ¿Es que las mujeres no dirigen, no escriben? La respuesta es evidente: sí, las mujeres escriben, dirigen, actúan, están preparadas para desarrollar todas las funciones que requiere la actividad teatral (música, escenografía, atrezzo, iluminación…), el problema, como en los demás ámbitos de la vida, es que la igualdad todavía no ha llegado al teatro… Ese espacio de libertad donde también está pendiente que se acepte que las mujeres formamos parte integral de él, que estamos ahí no sólo para aplaudirlo e interpretarlo sobre todo cuando somos jóvenes, sino para desarrollarlo en toda su amplitud y a todas las edades. En el teatro, salvo raras excepciones -como es el caso de Nuria Espert a quien entrevistamos en este número de con la A-, las mujeres estamos infra-representadas e incluso infra-valoradas demostrándose, una vez más, que la misoginia impregna todos los espacios, incluso aquellos en los que la Igualdad y la libertad se enarbolan como bandera… Hay fraternidad, sin duda, pero falta sororidad… Una vez más.

Alicia Gil Gómez

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