Revista con la A

26 de septiembre de 2017
Número coordinado por:
Rosario Segura Graiño
53

Los estudios feministas, de las mujeres y de género en el estado español

Controversias feministas: igualdad, libre elección e identidades colectivas

Pilar Ballarín

Pilar Ballarín. Hace apenas cuarenta años, algunas fuimos testigos del páramo en que se encontraba la Academia en cuestiones que hoy -con ambivalencia- ya se reconocen como feministas

Hace apenas cuarenta años, algunas fuimos testigos del páramo en que se encontraba la Academia en cuestiones que hoy -con ambivalencia- ya se reconocen como feministas. En las bibliotecas universitarias de Granada no existía ningún apartado específico para temas relacionados con las mujeres. Las obras de este tipo se encontraban en folklore y costumbres. Los libros eran muy escasos y no había ninguno de teoría feminista o metodología. No se recibían las revistas feministas internacionales más conocidas sobre Estudios de las Mujeres. Esta situación podía trasladarse al conjunto de las universidades del Estado.

Las cosas empezaron a cambiar cuando, conscientes de ello, las feministas comenzaron a organizarse en el espacio académico. El compromiso de algunas profesoras con la transformación de un conocimiento no androcéntrico, que explicara también a las mujeres, que las rescatara del silencio y mostrara su contribución a la cultura, se hizo sentir en algunas universidades en los años 80 del siglo XX y creció con rapidez en los 90.

Las feministas universitarias habían dejado de ser una anécdota y, ocupando el espacio universitario, habían puesto en cuestión la neutralidad de la ciencia, de ese saber, reflejo del pensamiento dominante, masculino

El feminismo académico se consolidaba, crecía en grupos, publicaciones, investigaciones, cursos, asignaturas en los planes de estudio, doctorados, creaba colecciones y revistas específicas, programas de intercambio, etc. Las feministas universitarias habían dejado de ser una anécdota y, ocupando el espacio universitario, habían puesto en cuestión la neutralidad de la ciencia, de ese saber, reflejo del pensamiento dominante, masculino, jerarquizante en sus análisis, que reproducía y reproduce un mundo dividido en función del género. Desvelaban cómo la estructura interna universitaria, el orden creado a lo largo de los siglos, a pesar de las adaptaciones a los nuevos tiempos, seguía siendo un mundo regido por un pensamiento y unas prácticas patriarcales, con unos mecanismos y símbolos precisos que aseguraban su reproducción. Se abrían así nuevas perspectivas desde la práctica académica y política produciendo uno de los cambios más significativos, creativos y transformadores desde hacía bastantes siglos.      

Todo ello, que parecía ser aplaudido por quienes buscaban modernizar la universidad -aunque vilipendiado por la mayoría acrítica-, no tardó en valorarse como un “exceso” epistemológico y metodológico, como destaca Fraisse (2016). La amplia aportación de conocimientos que, desde el feminismo, se ha proyectado a los distintos ámbitos del saber, ha pasado de ignorarse y tacharse de “ideológica” (diluyendo su dimensión científica y enfatizando una pretendida dimensión manipuladora) a percibirse como “peligrosa” (porque atenta contra la propia condición de la ciencia). ¡Las feministas “ya se están pasando”!.

El camino nunca fue fácil y, aunque el balance es muy gratificante, no hay que ocultar que el cansancio puede hacer mella en quienes llevan nadando contra corriente más de cuarenta años y ven que, lejos de bajar la guardia, hay que mantenerse muy alerta cuando soplan vientos de regresión. Porque el patriarcado cuenta con todos los instrumentos para mantener su dominación y, mientras pensamos como combatirlo, un sutil entramado crece para mantener los códigos de género -aquellos que reproducen normas diferenciales para chicos y chicas-, que se expanden y mutan a través de los medios de comunicación, redes sociales, música, videoclips, cine y otras prácticas “culturales”. El amor romántico, la violencia estética, la hipersexuación, la prostitución, la violencia machista y los micromachismos crecen en nombre de las “costumbres de toda la vida”.

Las políticas de igualdad y la paridad iluminaron las primeras décadas del siglo XXI. Se disponían ya de abundantes argumentos teóricos para legitimar unas leyes que sirvieran de freno a las distintas formas de discriminación y violencia que seguían ejerciendo los varones sobre las mujeres. Pero los avances sociales y políticos de las mujeres y su crecimiento numérico, en espacios considerados por los hombres como propios y exclusivos, produjo que, quienes consideraban “naturales” sus privilegios, reforzaran sus posiciones. Las políticas neoliberales, el mercantilismo, la crisis económica hicieron el resto. Como bien dijo Celia Amorós (2008: 37) “El capitalismo rifa, el patriarcado distribuye los boletos”. La reacción patriarcal estaba servida y acabar con los “excesos de las mujeres” su objetivo. Por ello, aunque sea brevemente, es de interés observar su impacto en algunos aspectos teóricos que sustentan la política de las mujeres.

a) La igualdad se distorsiona

La igualdad legal entre varones y mujeres pronto fue distorsionada. Subsumida en la multitud de desigualdades entre las que se “disuelve” porque se consideran otras más urgentes. La desigualdad se percibe como algo lejano, propio de otras culturas en las que se producen formas de explotación superpuestas, lo que lleva a minimizar la desigualdad en el entorno más próximo y conduce, indirectamente, a estigmatizar el creciente interés político con el desarrollo de la igualdad. Se han identificado los propósitos con los hechos, la igualdad legal con la real, olvidando que, lejos de estar ya conquistada, hay que construirla. De este modo, se ha instalado una errónea idea de la “igualdad” como equiparación. La presencia “equilibrada” se pone de relieve como valor democrático y no faltan quienes abogan por promover la presencia de varones en espacios con mayor presencia de mujeres. Se olvida que el discurso de la igualdad busca corregir la discriminación histórica sufrida por las mujeres en el marco de una sociedad patriarcal, marcada por la dominación que han ejercido y ejercen los varones sobre ellas.

 b) El género se pluraliza y se multiplican los feminismos

El género, instrumento de análisis que facilitó al feminismo reconocer cómo se producen las diferencias que sustentan las desigualdades, pronto fue objeto de mal uso y abuso, favoreciendo una equívoca dualidad sexual y gramatical que reforzaba las dicotomías que se pretendían evitar. Pronto, el marco de la postmodernidad, multiculturalismo, postcolonialismo, teoría queer; teorías críticas a un feminismo que consideran hegemónico, institucional y opresivo de la diversidad, alimentan un espacio en que se multiplican enfoques que se denominan antihegemónicos y se diversifican los feminismos, fragmentando el sujeto “mujeres”. Es así que, aquellas feministas empeñadas en “disolver” el género, fruto de la construcción social sobre cuerpos sexuados, vienen asistiendo, con cierta sorpresa, a la multiplicación de identidades genéricas y comprobando cómo actúa el rearme patriarcal. Los “géneros” en plural disuelven el “nosotras las mujeres” como sujeto político y ésta es una cuestión crucial.

c) La libre elección apuntala la regresión

 Considerada la igualdad como un valor conseguido, la libertad se convierte en la principal reivindicación que ahora se esgrime: como todos y todas “somos ya iguales”, somos “igualmente libres” y, por tanto, las decisiones de cualquier mujer son fruto de su libre elección o consentimiento. De este modo, se presume que las mujeres “eligen” ser putas, dedicarse a funciones maternales en exclusiva, alquilar sus vientres y someterse a tiranías y a prácticas de sometimiento de todo tipo. Hemos entrado en “el patriarcado del consentimiento” (De Miguel, 2015:11) y las elecciones individuales se consideran acciones feministas ¿sin dejar de ser “idénticas”? ¿Qué significado social, cultural, idea de bien común o justicia sexual -como señala Alicia Miyares (2015)- podemos otorgarles?

Siempre hay caminos que rastrear, aunque algunos no sean nuevos es bueno mirarlos con otros ojos, pero siempre con la sospecha de que si se alejan de la acción política suelen ser una trampa y que “cuando se escucha demasiado la palabra ‘género’ y la palabra ‘feminismo’ no acontece, hay que pensar mal”, como nos recuerda Amelia Valcárcel (2009: 222).

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Amorós, Celia (2008): Mujeres e imaginarios de la globalización: reflexiones para una agenda teórica global del feminismo. Argentina: Homo sapiens.

De Miguel, Ana (2015): Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Madrid: Cátedra. Colección Feminismos.

Fraisse, Geneviève (2016): Los excesos del género. Concepto, imagen, desnudez. Valencia: Cátedra.

Miyares, Alicia (2015): “La revancha del patriarcado”. En Rodríguez, Rosa M. (Ed.): Sin género de dudas. Logros y desafíos del feminismo hoy. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 116-135.

Valcárcel, Amelia (2009): Feminismo en el mundo global. Valencia: Cátedra. Colección Feminismos.

 

REFERENCIA CURRICULAR:

Pilar Ballarín Domingo es Catedrática de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Granada. Miembro del Instituto de Estudios de las Mujeres y de Género de esta Universidad del que fue Directora (1989-1992 y 2005-2008). Directora General de Evaluación Educativa y Formación del Profesorado en la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía (2000-2004).

 

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