Revista con la A

25 de julio de 2017
Número coordinado por:
Bethsabé Huamán
52

Presidentas: Las mujeres en el poder

Ana de Austria y de Mendoza y Burgos

Ana de Austria

Ana de Austria

Ahora que por estos lares empieza el calor, podemos probar a subir en el mapa de España hacia lugares más frescos. Así que les llevo a Burgos. Aunque es una provincia de Castilla y León con una historia larga y compleja, en esta ocasión sólo les acompañaré a un periodo concreto, el pasado de una abadía con una abadesa ilustre: Santa María la Real de las Huelgas y Ana de Austria y de Mendoza.

Al monasterio de Las Huelgas, como se le conoce popularmente, se llega atravesando vías de circunvalación con la sensación de internarse en una gran ciudad. El río Arlanzón no se vislumbra aunque está a quince minutos caminando. El monasterio y su paisaje nos trasladan al Medievo. Se construyó en el siglo XII (aunque hay partes reformadas posteriormente), cuando en Castilla reinaba Alfonso VIII, aquel que luego vencería al ejército almohade en la batalla de Las Navas de Tolosa de 1212. Antes, en 1170, había sido esposado con quince años con Leonor de Plantagenet que tenía ¡diez años! Y es que Leonor, a su vez, era hija del rey Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania así que Castilla reforzaba su relación con Inglaterra (política medieval para mantener el equilibrio de poder entre reinos, ya saben). Diez años después de su matrimonio, Leonor de Plantagenet promovió la construcción del Monasterio que hoy visitamos y que concluyó en 1189.

Alfonso quería un panteón regio para él y sus descendientes, Leonor quería un espacio donde las mujeres tuvieran los mismos niveles de mando que los hombres en lo que a instituciones monásticas se refería. Ambos lo consiguieron. A partir de 1199 el Monasterio de las Huelgas se incorporó a la Orden del Císter, poniéndose bajo la jurisdicción de la abadía de Cîteaux, y fue el monasterio Cabeza y Matriz de todos los conventos femeninos cistercienses de Castilla y León. La abadesa de las Huelgas estaba jerárquicamente por encima de la curia episcopal y aunque no podría administrar los sacramentos, ni dar misa, sí concedía las licencias para que los sacerdotes lo hicieran. También podían nombrar cargos civiles como, por ejemplo, alcaldes en su territorio. En realidad, ejercía la jurisdicción sobre cuantas personas regulares, eclesiásticas o seculares hubiera en su señorío civil. Estos privilegios fueron consagrados, no sin una fuerte oposición por parte de otros monasterios, por el papa Clemente III (y permanecieron hasta el siglo XIX), y allí se establecieron, bajo la orden del Císter, damas de la nobleza y una de las hijas de Leonor y Alfonso, Constanza, que primero fue monja y luego abadesa.

El conjunto arquitectónico, con una protectora cerca almenada, es una mezcla de románico, gótico primitivo, mudéjar, arte almohade y renacentismo. Hay una iglesia, el propio monasterio y las dependencias de clausura para las monjas que aún conviven. La iglesia consta de una cabecera con cinco ábsides, crucero y tres naves. El coro de clausura está situado en la nave central junto al Panteón de Reyes y consortes. Allí están Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet, acompañados por los infantes de sangre real. Mención especial merecen los sepulcros de don Sancho, hijo de Fernando III y arzobispo de Toledo; la tumba de doña Blanca de Portugal y de doña Berenguela (hija de los fundadores), así como el sepulcro de don Fernando de la Cerda y de la infanta Leonor. La nave del Evangelio era para Panteón de Infantes y la de la Epístola para las monjas. Fíjense que la puerta de la sacristía tiene una bella traza árabe en su decoración. En la sala capitular, austera (como corresponde a la orden cisterciense), está expuesto el Pendón de Las Navas. Los claustros valen la pena, hay algún capitel asombroso y es agradable pasearlos.

Ya les digo que Constanza fue abadesa, pero pasaron los siglos y en 1611 también lo fue -la número 46- María Ana de Austria y de Mendoza ¿Quién era ella? Pues era la hija que tuvieron en 1568, fuera del matrimonio, Juan de Austria (hermano bastardo de Felipe II por parte de padre) y María de Mendoza. Es decir era noble (nació en el palacio de la princesa de Éboli de quien hablaremos en otra ocasión) pero también bastarda -la nombraban como Ana de Jesús- y, como casi todas las de su condición, en cuanto el rey, Felipe II, se enteró de su existencia terminó encerrada en un convento para evitar que se propagara la línea ilegítima de la familia real. Así se las gastaban. Ella tenía seis años y el primer convento fue el de Nuestra Señora de Gracia de Madrigal. A la muerte de su padre, en 1583, se desveló el secreto y Felipe II permitió que se la llamara Ana de Austria y Mendoza, pero siguió enclaustrada a pesar de su manifestación de no querer profesar como monja porque le gustaría vestir trajes hermosos, lucir joyeles deslumbrantes, atraer las miradas de los caballeros que arriesgan la vida por “su dama” en torneos y juegos de caña, o susurran palabras de amor, aprovechando el trenzado de la danzas.

B 115

Para empeorar las cosas, en Madrigal se vio enredada en una trama de los partidarios del rey Sebastián de Portugal -el famoso episodio con el denominado pastelero del Madrigal-. De aquel suceso hay quien mantiene que nació una hija que se llamó Clara Eugenia. El caso es que el rey temió que le arrebataran el trono de Portugal y la monja Ana de Austria y Mendoza terminó recluida en otro monasterio en Ávila durante cuatro años (en principio era a perpetuidad), sin poder salir de su celda, a pan y agua los viernes, perdiendo el título de excelencia y la confianza real.

Cuando subió al trono Felipe III, algo más generoso que su antecesor, la perdonó, Ana volvió al convento de Madrigal donde llegó a ser priora y, entonces, fue cuando, en 1610, el rey decidió que era una buena candidata para resolver los problemas en los que se encontraba en ese momento el poderoso convento de Santa María la Real de las Huelgas. Por cierto, lo de las Huelgas viene, por si no lo saben, de que antes de erigir el monasterio era un terreno de cultivo no trabajado y dedicado a pastos.

Lo cierto es que la comunidad del convento estaba dividida en ese momento entre las monjas partidarias de mantener sus privilegios y derechos y las que querían someterse a los ordinarios. Ante el caos generado, el Consejo Real, todas las jerarquías implicadas y las monjas por unanimidad, decidieron que Ana de Austria era la solución. La convencieron, dejó el hábito de San Agustín, tomó el de San Benito y fue nombrada Abadesa por el Obispo de Osma. Tenía 42 años. A partir de entonces, disfrutó de casa-palacio en el monasterio cisterciense; de rentas considerables, de las que dispuso con libertad, y gozó de la protección de los reyes y de la de los poderosos cardenales Zapata y Farnesio, el primero de la familia de su madre, María de Mendoza y el segundo ligado a la estirpe paterna.

Entre sus primeras tareas en el Monasterio de Las Huelgas estuvo la redacción del reglamento para el personal masculino del Hospital, articulado en trece puntos que en resumen preceptuaban sobre afabilidad, respeto, vivir sanamente en comunidad, no tener en su servicio y compañía a mujer mala ni joven, cuidar con esmero de los pobres, regular los honorarios de los frailes cuando salían en misión, severas normas de administración, no usar armas, no salir por la noche del Monasterio sin permiso del Comendador, y devolver a Roma a los procuradores que ella consideró que no eran necesarios. Ana de Austria impulsó nuevas construcciones: una nueva iglesia e incluso una capilla funeraria para su padre, Don Juan de Austria. Su gestión fue un éxito, defendió los privilegios del Monasterio y aumentaron las filiales de Las Huelgas: Brigüega en 1615, Madrid en 1616 y Consuegra en 1617.

Dicen que falleció a finales de 1629. Pero el sepulcro que erigió para su padre, y donde ella misma debía estar, permanece vacio. Él está enterrado en El Escorial. Ella no se sabe. Es uno de esos misterios que la escritora Mercedes Fórmica liga a un supuesto viaje de Ana a Sevilla en búsqueda de su hija, Clara Eugenia, mientras otros rumores hablan de que, en realidad, quería dirigirse a Italia y le cogió la muerte en la capital hispalense. Lo que sí sabemos es que su sepulcro de la capilla de las Huelgas sigue vacío.

Ir al Monasterio de Las Huelgas es un placer en sí mismo, pero si tienen más tiempo aprovéchenlo. Desde el Monasterio pueden llegar a la catedral edificada sobre otra románica a partir de 1221, es decir 32 años después de finalizar la construcción del Monasterio. Aunque se considera la primera catedral gótica, no fue terminada por completo hasta el siglo XVIII así que en su visita pueden disfrutar de toda una lección de historia del arte.

Desde la Catedral aprovechen para subir al Cerro de San Miguel y tendrán una perspectiva de la ciudad desde el Castillo de Burgos, una fortaleza militar del siglo IX que marca el nacimiento de Burgos. Desde allí, la vista de la catedral es impresionante.

Y si aún tienen tiempo, a tres kilómetros de la ciudad, en un extremo del parque de Fuentes Blancas, pueden llegar a la Cartuja de Miraflores, edificada en el palacio y tierras que el rey Juan II de Castilla donó a los cartujos el año 1441. Su sepulcro, como el de su esposa, Isabel de Portugal y el infante don Alfonso de Castilla son obra de Gil de Siloé y por asombrarse ante ellos vale la pena la visita.

Burgos se merece más de un viaje, pero con éste habrán recorrido sitios emblemáticos, desde el siglo IX al XV, en una inmersión histórica llena de mujeres imponentes. Ana de Austria y Mendoza, una de ellas.

Para saber más:

 

REFERENCIA CURRICULAR

Pepa Franco Rebollar es consultora social; empresaria desde hace más de veinte años; experta en intervención social y políticas de género. Coordina proyectos de investigación, formación y apoyo a las organizaciones sociales, entidades y organismos de la Administración. Además de su profesión, de sus amistades y de su familia, le apasiona la Literatura y la Historia.

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